Muñoz Molina en tiempos de griterío

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“Cuando el debate degenera en griterío las voces templadas son las primeras en dejar de escucharse: primero, porque las tapa el volumen de los que hablan a gritos; después, porque desisten; en el último caso, porque se silencian mediante el anatema y la censura”. La frase está en el nuevo libro de Antonio Muñoz Molina, Todo lo que era sólido, una serie de reflexiones acerca de lo ocurrido en España durante los últimos años, todo lo que creíamos sólido y nos ha llevado a la situación que pasa en la actualidad el país. El libro desmenuza el despilfarro, la baja calidad moral y profesional de nuestros políticos, la complicidad del periodismo con muchos de ellos, pero también la responsabilidad personal de cada uno para llegar a este calamitoso estado.
La frase que encabeza este post creo que refleja a la perfección lo que sucede en este momento. Y me explico. En Más Vale Tarde, nuestro programa de La Sexta, nos ocupamos en la última semana de la polémica de los escraches. Dimos voz a González Pons, Iñaki Oiarzábal y a Cristina Cifuentes, tres de los protagonistas del debate. Y también hablamos con tres abogados de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y Stop Desahucios, incluso uno de ellos estuvo en el plató. Hicimos periodismo, ofreciendo las versiones de unos y otros para que el público contase con todos los puntos de vista y se formase una opinión. Pues bien, como dice Muñoz Molina, el debate ha degenerado en griterío. El mero hecho de dar voz a tres políticos del Partido Popular nos ha convertido –según el punto de vista de un buen puñado de espectadores– en cómplices de los bancos, amigos de los poderosos y hasta en terroristas.
No creo que sea justo. Ser periodista no es adoctrinar: es poner a disposición del espectador todos los puntos de vista para enriquecer el debate. Y bien saben los que nos tildan ahora de amigos de los poderosos, que si ha habido una cadena y un programa que ha dedicado espacio al drama de los desahucios ha sido La Sexta y Más Vale Tarde. Pero contra el griterío, poco puede hacerse. Nosotros seguiremos haciendo periodismo.

Crimen y testigo: Cruz llega a a red

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“Reportera de sucesos de libreta y paraguas. La calle es mi territorio natural”. Así se presenta Cruz Morcillo en Crimen y Testigo su recién estrenada web. Fiel a sí misma, a su pulcritud y a su precisión de cirujano usando el lenguaje, se define a la perfección en muy pocas palabras. Yo carezco de esa habilidad, así que os voy a hablar de Cruz usando alguna palabra más.
Conocí personalmente a Cruz mucho después de comenzar a leerla. Su compañero en ABC Pablo Muñoz y ella forman desde hace varios años la mejor sección de sucesos de la prensa nacional y son una referencia obligada para todos los que nos dedicamos a la información policial y de tribunales. Hasta que la conocí, unas cuantas fuentes de información me habían hablado maravillas de ella. Recuerdo a un viejo comisario socarrón, hoy jubilado, que me dijo: “me fío de muy pocos periodistas y Cruz y tú sois de los pocos que hay de fiar, pero entenderás que la prefiera a ella”.
ABCPablo y Cruz– e InterviúLuis Rendueles y yo– competíamos en la cancha de la información. Cinco días nos pegaban ellos y un día lográbamos pegar nosotros. Siempre con respeto mutuo, con esa competitividad tan feroz como elegante que ya no se estila en casi ninguna parte. Sin ir a lloriquear a ninguna fuente porque hoy hubiese preferido a ABC… Cuando conocí personalmente a Cruz entendí la razón por la que habíamos pasado tanto tiempo respetándonos desde la pugna diaria: Cruz es heredera de viejos códigos que apenas sobreviven ya en nuestro oficio. Cruz se crió profesionalmente en una redacción en la que se fumaba, se chillaba, en la que las mujeres eran tan machistas, deslenguadas y procaces como los hombres y en la que su jefe –el eterno, el enorme, el maravilloso Ricardo Domínguez, aquel que encabezaba las expediciones a Portugal durante el juicio por los crímenes de Puerto Hurraco– le enseñó que uno se hace periodista en la calle; que las fuentes hablan más por las noches, pero que hay que cuidarlas a todas las horas del día; que en este oficio no hay tiempo para la autocompasión ni para el victimismo; que si te pegan un día, trabaja más horas al día siguiente y pega tú; que colgarse una medalla por dar una exclusiva no merece la pena si traicionas a una fuente, aunque luego se te quede cara de imbécil cuando ves tu exclusiva en una nota de prensa…
Hace unos años, le llegó a Cruz la oportunidad de comenzar a colaborar en televisión. Ella tenía dudas, se sentía incómoda en un medio que le era desconocido y hasta hostil, pero su solvencia le hizo convertirse pronto también en referencia en ese medio. Después llegó Palabra de Vor –escrito junto a Pablo Muñoz–, un libro imprescindible para entender el fenómeno de las mafias rusas y que yo sigo consultando cada vez que tengo que hablar del tema…
Hablo con frecuencia con Cruz y la veo menos de lo que desearía. He coincidido con ella últimamente en dos comidas de despedida de viejos comisarios, donde la he visto emocionarse –y eso que siempre me tengo que ir antes de los postres por el horario de mi programa–, recordando cómo la trataban cuando acababa de llegar a este mundo y cómo su lealtad y su trato a las fuentes la hicieron ganarse la confianza de tipos que tienen las desconfianza por profesión. Generosa siempre, me ha ayudado cuando se lo he pedido; alerta siempre, sigue protegiendo a sus fuentes aún cuando yo vaya a verlas a los dos minutos de salir ella del mismo despacho… Cruz hace bueno aquel dicho de los viejos reporteros, hoy impronunciable por su incorrección política: “En el pan como hermanos, en la información como gitanos”.
En tiempos como los que corren ahora para los reporteros de libreta y paraguas, Cruz ha encontrado en la red un sitio en el que poder contar todo aquello que no cabe en las páginas de su adorado ABC o lo que algún papanatas que ha hecho carrera de despacho en despacho, sin pisar la calle, decide que no tiene interés para el lector. Así que Crimen y testigo ya está añadido a mis sitios favoritos de Internet. A Cruz hay que seguirla siempre.

Ni periodismo, ni investigación

Cuadernos de Periodista, la revista de la Asociación de la Prensa de Madrid, me ha invitado a colaborar en su último número, en el que varios profesionales reflexionamos acerca de la sentencia emitida el pasado 30 de enero por el Tribunal Constitucional que deslegitimaba el uso de cámaras ocultas para le elaboración de un reportaje de televisión. Juan Cruz, Melchor Miralles, Juan Carlos Pablos Povedano, Marc Carrillo, Rafael de Mendizábal, Lucrecio Rebollo y yo exponemos nuestro punto de vista. Aquí tenéis la reproducción de mi artículo íntegro:

Hace unos días, me cité con un recluso en una cafetería, aprovechando uno de sus permisos penitenciarios. Cuando apenas habíamos cruzado unas palabras, me espetó: “¿no me estarás grabando con una cámara oculta?” Muy pocos días después, estaba hablando por teléfono con un inspector jefe de policía acerca de un asunto delicado y que requería toda la confidencialidad posible. Al minuto de empezar la conversación, me dijo: “¿me estás grabando?, porque me metes en un lío si lo haces”.

Son dos ejemplos recientes que ilustran perfectamente adónde han llevado mi oficio los profetas de las cámaras ocultas, esos que anunciaron el “final del periodismo de investigación” tras la sentencia del Tribunal Constitucional que deslegitimó el uso de este dispositivo en un reportaje emitido por Canal 9. Se equivocan, porque ese reportaje no era, ni periodismo, ni investigación. Ni ese ni la gran mayoría de los trabajos en los que se emplea esa técnica. Hay, por supuesto, excepciones de las que hablaré más adelante.

Vaya por delante que soy de los que piensa, como David Randall –autor de ‘El Periodista Universal’ (Siglo Veintiuno Editores)–, que solo hay dos tipos de periodismo: el bueno y el malo. Así que nunca he creído en la existencia de ese subgénero llamado periodismo de investigación, porque el buen periodismo implica en ocasiones la realización de tareas destinadas a investigar: búsquedas en  fuentes abiertas y cerradas, acceso a documentación reservada… Pero todo eso no es más que una forma más de ejercer el periodismo. Mi especialidad –la información de sucesos, tribunales y terrorismo– exige muchas veces esas tareas; lo que no me ha exigido jamás en más de veinte años de ejercicio es el uso de cámaras ocultas. Quizás, yo sea un mal representante del periodismo de investigación, pero no me consta que, por ejemplo, Matías Vallés, Felipe Armendáriz y Marta Goñi, los periodistas del Diario de Mallorca que recibieron el premio Ortega y Gasset por sus trabajos sobre los vuelos secretos de la CIA y sus escalas en Palma, empleasen las dichosas cámaras. Tampoco las usaron Jesús Mendoza y José María Irujo, los reporteros de Diario 16 que destaparon las corruptelas del ex director general de la Guardia Civil Luis Roldán y que también merecieron el galardón concedido por Prisa. Como tampoco Mónica Ceberio ha tenido que emplear una cámara oculta para revelar recientemente en el diario El País los encuentros entre presos etarras y víctimas… Son perfectos ejemplos de buen periodismo –no sé si de investigación o no– hecho en España sin necesidad de que los profesionales se hagan pasar por algo que no son. Y, naturalmente, ni Bob Woodward ni Carl Bernstein grabaron a Mark Felt –el agente del FBI al que los reporteros conocían como Garganta Profunda– con una cámara oculta para destapar el caso Watergate, paradigma del periodismo de investigación, guiados por las confidencias del agente federal, que decidió colaborar con ellos sabiendo perfectamente que trataba con dos periodistas del Washington Post.

Una buena parte del ejercicio del periodismo –con el apellido que le queramos poner– responde a una premisa tan sencilla como olvidada y que desde el punto de vista del profesional de la información sería algo así: “tú (fuente) me cuentas a mí (periodista) algo, a sabiendas de que yo me dedico a difundir noticias y, por tanto, lo que me cuentes, con mis prevenciones, mis filtros y mis comprobaciones, tiene muchas posibilidades de ser publicado”. Y siguiendo este esquema se han escrito páginas gloriosas de la historia del periodismo, se ha desvelado la existencia de cárceles secretas, se han derribado gobiernos, se han desmantelado estructuras mafiosas… Aquí y en cualquier lugar del mundo. Porque el periodismo –sin apellidos– se basa en algo que los años del plomo de las cámaras ocultas han puesto en serio peligro, tal y como contaba en las primeras líneas de este artículo: la confianza entre el periodista y las fuentes de información. Esa relación, siempre complicada, fue demolida cuando unos presuntos profesionales de la información decidieron cuestionar la metodología –“convencional” la llamaban, de forma despectiva– de nuestro viejo oficio y comenzaron a grabar con cámaras ocultas, a suplantar personalidades y a emplear herramientas más propias de la agencia TIA de Mortadelo y Filemón que de periodistas. Lo que hicieron fue, sencillamente, tomar atajos: en lugar de buscar la fuente correcta, de dar los rodeos necesarios para llegar al objetivo final, el de la noticia, el de la información precisa, prefirieron el efectismo de la cámara oculta, muchas veces espoleados por los ejecutivos de televisión, que vieron un nuevo maná en esos reportajes, a los que rápidamente disfrazaron de periodismo de investigación.

La sentencia del Tribunal Constitucional desató reacciones apocalípticas en muchos profesionales y hasta en sus representantes colegiales. Alguno de ellos llegó a decir que “el fallo es un golpe casi definitivo al periodismo de investigación, herido por la crisis económica”. La crisis económica, que ciertamente se ha cebado especialmente en los medios de comunicación, ha herido –esperemos que no de muerte– al buen periodismo del que hablaba antes y que, no cabe duda, es muy caro. Ese periodismo es el que hacen reporteros a los que hay que pagar mucho dinero, no por lo bien que ocultan una cámara en un bolígrafo, sino por la cantidad y la solvencia de sus fuentes de información o por los recursos de los que disponen para llegar hasta el fondo de una noticia. Precisamente, el periodismo barato es el de la cámara oculta. Cualquier tipo, a poco arrojado que sea y sin mayor cualificación que la de su valor, es capaz de llevar encima uno de estos dispositivos.  Y si la cosa se pone fea, como le ocurrió en las aguas del Estrecho de Gibraltar a uno de estos gurús de las cámaras ocultas, se llama a la Guardia Civil, que acude al rescate… con los medios que todos pagamos.

La cámara oculta es equivalente a los pinchazos telefónicos que provocaron el cierre de News of the World. Y lo digo desde la óptica profesional, no desde el Derecho, ni siquiera desde la deontología. Escuchas y cámaras ocultas son herramientas que deben ser empleadas por profesionales de la investigación privada o de las fuerzas de seguridad. El profesional de la información debe tener otros recursos para alcanzar su objetivo que, no lo olvidemos, es el de dar cuenta de algo que es veraz, tiene interés y, ciertamente, muchas veces a casi nadie le interesa que salga a la luz.

El uso de la cámara oculta dio pronto lugar a perversiones de todo tipo. Esa cámara ya no solo se empleaba para grabar a individuos sospechosos de algo –ya fuese la naturópata que ha provocado la sentencia del Tribunal Constitucional o la organizadora del concurso de Miss España–, sino que cualquier ciudadano podía ser abordado por un tipo que nunca se presentaba como periodista y le preguntaba acerca de su opinión sobe el terrorismo o sobre el consumo de drogas, llevando pronto al entrevistado hasta el terreno que él quería. Recuerdo de manera especial un reportaje en el que se presentaba a un taxista de una ciudad del País Vasco como un peligroso filoetarra por el viejo método de descontextualizar o aislar convenientemente sus frases a conveniencia de la tesis del programa.

Los defensores de esta clase de periodismo hablan, para sostener su legitimidad, de la libertad de expresión y de “esos lugares a los que no se puede llegar por otros medios”. Seguramente tengan razón y hay lugares y personajes a los que solo se puede acceder mediante la simulación y el engaño y en los que se hace imprescindible el uso de las cámaras ocultas. Pero, desde luego, esos lugares no son la consulta de una naturópata, ni el despacho de la organizadora de Miss España, dos ejemplos de alabados reportajes hechos con estos medios. En España, el periodismo de cámara oculta ha servido para destapar que se vende droga en las discotecas, que se trafica con mujeres o que en los comercios regentados por chinos se vende alcohol a menores… Todas ellas, como ven, enormes revelaciones que ninguno habríamos sospechado si no llega a ser por estos periodistas de investigación. Porque nunca he visto llegar con una cámara oculta –al menos en España– a lugares o personajes verdaderamente peligrosos; a esos lugares quienes llegan son los reporteros de verdad, los que sí se juegan la vida –y muchos la pierden– con una credencial de prensa colgada en el pecho. Y no hablo solo de los reporteros de guerra. Daniel Pearl nunca llevó una cámara oculta. Presentándose como periodista del Wall Street Journal  llegó hasta el corazón del yihadismo en su afán por demostrar las conexiones entre el terrorista del zapato, Richard Reid, y Al Qaeda. Su profesionalidad le costó la vida. Él era un periodista. Como también lo eran los miembros del equipo de Channel Four que en 1995 lograron acceder, haciéndose pasar por trabajadores de orfanatos occidentales, a los centros donde eran abandonadas millones de niñas chinas, a consecuencia de las políticas de control de natalidad del gobierno. Las grabaciones, hechas con cámara oculta y recogidas en el documental ‘Las habitaciones de la muerte’, mostraban a bebés atados, con miembros gangrenados y en unas condiciones sanitarias terroríficas. La emisión de ese reportaje cambió la vida de millones de personas: las adopciones se dispararon en Occidente y muchas niñas tuvieron la oportunidad de una vida mejor. No creo que haya un solo periodista convencional que cuestione en este caso el uso de la cámara oculta.

Los mismos directivos…

Esta semana, los dos periódicos más importantes de España, El País y El Mundo, anunciaron sendos expedientes de regulación de empleo, que afectarán, en el mejor de los casos, a doscientos profesionales de los dos medios. Es una noticia terrorífica –otra más– que llega después del cierre de otros diarios y de otros muchos recortes de plantillas, incluso en esos dos periódicos. Los argumentos esgrimidos por los responsables de las dos cabeceras son similares a los de otros medios en crisis: el modelo de negocio actual es insostenible, el descenso de ventas y la caída de la publicidad, la actual coyuntura económica… Y todos esos argumentos son ciertos. Se venden muchos menos periódicos, la inversión en publicidad se ha desplomado y, probablemente, sea muy difícil mantener en este contexto a gigantescas plantillas, creadas y pensadas para una época en la que los diarios superaban las cien páginas. Pero también es cierto que los responsables de las empresas editoras que ahora anuncian irremediables ERES son los mismos que hace tiempo decidieron que la calidad de sus productos era lo de menos. Por eso –prejubilaciones o despidos mediante– soltaron lastre de capital periodístico y se deshicieron de veteranos cocineros de periódicos, esos profesionales capaces de convertir un diario en algo brillantemente manufacturado, sin errores, con titulares precisos y bien escrito, aquellos tipos que tenían los planillos de cuatro ediciones en la cabeza y ejercían un férreo control de calidad, las verdaderas auctoritas de las redacciones.
Los mismos directivos que anuncian desastres para la prensa escrita fueron los que renunciaron a que en sus medios se contasen historias deshaciéndose de reporteros de verdad, de profesionales con la veteranía y el oficio suficientes como para elaborar noticias o reportajes propios, pero con sueldos lo suficientemente altos como para provocar reflexiones como aquella de un directivo de un gran periódico madrileño: “la diferencia entre un reportero vetarano y un becario es que el reportero trae seis buenas exclusivas al año. El resto de los días es igual que el becario, así que la diferencia de sueldo no compensa”. Así que esos mismos directivos llenaron sus redacciones de becarios o de periodistas baratos salidos de sus prósperos másters.
Esos mismos directivos convirtieron los periódicos en algo casi clónico, en soportes de las mismas noticias con diferentes enfoques, según la adscripción ideológica del medio. Porque los mismos directivos que hoy hablan de sacrificios fueron aquellos que hace mucho sacrificaron el interés de los lectores en beneficio del suyo propio y de sus empresas, llenando sus periódicos de opinadores de mayor o menor calidad, pero que respondían perfectamente a las exigencias de la empresa y de los intereses políticos y económicos a los que servía.
Los mismos directivos que anuncian el final del papel y el reinado de las ediciones digitales son los mismos que llevan más de una década buscando el maná de Internet, la máxima rentabilidad de un producto de masivo consumo, pero al que aún es muy difícil sacar dinero.
Los mismos directivos que hoy empiezan sus recortes cerrando delegaciones, corrieron a abrirlas hace años para repartirse con la prensa local la tarta de la publicidad institucional. Apenas importaba la actualidad de aquellos lugares, lo verdaderamente importante era captar los anuncios de los gobiernos locales y autonómicos. Esos mismos directivos se asociaron con empresarios locales y llegaron a acuerdos para cederse cabeceras y páginas hasta que, por ejemplo, alguno de ellos tuvo que cerrar su diario porque los trabajadores se enteraron de que jamás había pagado a la Seguridad Social por ellos…
Los mismos directivos que hoy convierten a sus profesionales en “sueldos brutos anuales” fueron los mismos que utilizaron a esos profesionales para convertir sus medios en trincheras en las que morían, no ellos, sino los periodistas. Son los mismos que transformaron los periódicos en armas arrojadizas o en sillones de masajes para políticos de uno y otro partido.
Los mismos directivos que hoy hablan de la insostenibilidad del actual modelo de negocio son los mismos que decidieron, en la época de las vacas gordas, que su modelo de negocio pasaba por la televisión. Querían dejar de ser editores –palabra en desuso por la extinción de ejemplares– para convertirse en magnates de la televisión y ampliar su influencia política y social gracias a ese medio. Pero sus negocios fueron ruinosos y dejaron sus compañías llenas de deudas y el INEM lleno de periodistas en paro.
No sé hacia dónde va el periodismo, ni de quién es la culpa de la situación en la que estamos. Pero cuando la historia juzgue lo ocurrido, que no olvide que las decisiones, entonces y ahora, no eran de los profesionales, sino de esos mismos directivos.

Gracias, Javier Espinosa

“De esta crisis sacaremos una parte positiva: los periodistas nos daremos cuenta de que parte de la culpa fue nuestra. Nos creímos, en nuestra arrogancia, ser el cuarto poder. Y no somos nadie, solo somos meros transmisores, no somos showmen como algunos se creen, sino meros correos”. Javier Espinosa, reportero del diario El Mundo, dijo estas palabras tras recibir el Premio Internacional de Periodismo Manu Leguineche. Solo esas palabras y el concepto que de este oficio traslucen le hacen merecedor de cualquier premio y le convierten en uno de los mejores referentes de esta profesión para los que estamos aún en activo y, sobre todo, para los que quieren convertirse en periodistas. Javier tiene sobrada autoridad para hablar así de su trabajo. Lo ha demostrado muchas veces a lo largo de sus más de dos décadas de profesión. La última, hace apenas unas semanas, cuando dos compañeros que estaban a pocos metros de él murieron a consecuencia de un bombardeo en Homs (Siria). Su crónica de ese suceso es un ejemplo de aquella afortunada expresión que dio título al libro de otro maestro de reporteros, Ramón Lobo, El héroe inexistente: leyendo a Javier daba la impresión de que había limpiado los cascotes de su portátil, se había sacudido el polvo y se había puesto a escribir con los cuerpos aún calientes de sus colegas. Y en la crónica no había una sola línea dedicada a él mismo.
Poco después, Javier Espinosa volvió a estar muy cerca de la muerte. Logró abandonar Homs cuando hasta el infame régimen sirio le daba por muerto. En sus crónicas no se dedicó ni una palabra a él mismo, nos contaba cómo los rebeldes se jugaban la vida para ayudar a los reporteros y nos hacía reflexionar sobre una máxima que es una constante en los escritos de Javier: él y el resto de reporteros abandonaban Siria y se irían a descansar a hoteles o a casas pagadas por sus medios, pero los sirios estaban condenados a quedarse allí y su historia, la de esos sirios, es la que hay que contar. Hace muchos años, Javier me dijo una frase que he transmitido a todos los alumnos y compañeros noveles que he tenido: “A tus lectores no les interesa nada saber si para llegar hasta donde has llegado has pasado hambre, frío o había barro o francotiradores en la carretera. Ese es tu trabajo, llegar allí y contar qué pasa”. Y ese es el trabajo de Javier: llegar, escuchar y contar lo que ocurre. Así lo hizo en las guerras del Golfo, en Yugoslavia, en Irak, en Sierra Leona –donde pasó dos días secuestrado–, en Afganistán… Y siempre con una honradez, una profesionalidad y un rigor extraordinarios, sin dar un solo metro a la autocomplacencia y sin apartar el foco de los verdaderos protagonistas de la historia, los hombres, mujeres y niños que se ven envueltos en los conflictos.
Conocí a Javier en el verano de 1987 en la vieja redacción del diario Ya, en la calle Mateo Inurria. Formábamos parte de la hornada de periodistas de prácticas –entonces no nos llamábamos becarios– de aquel año: Juan Carlos Serrano, Javier Espinosa, Techu Baragaño y yo. Juan Carlos y yo fuimos asignados al suplemento de verano; Techu, a maquetación  y Javier a la sección de televisión: picaba la parrilla de la programación y elaboraba informaciones de esa sección con el mismo rigor con el que cuenta ahora los horrores de la guerra. Vivía en un pequeño apartamento muy cerca de la redacción y allí llevaba todos los días decenas de páginas de las secciones de Internacional de periódicos españoles y extranjeros que leía y subrayaba en sus horas libres. Recuerdo bien los recortes de las crónicas de Robert Fisk en The Independent llenos de trazos de rotulador… Javier Espinosa siempre fue un enamorado de su profesión y siempre quiso ser reportero de guerra. Se preparó para ello, estudió árabe, lo sabía todo acerca de conflictos y relaciones internacionales, se suscribió a varias publicaciones extranjeras, se compró un buen equipo fotográfico y mientras, seguía haciendo con total profesionalidad  sus parrillas de televisión y metiendo la nariz en todas las secciones en las que podía y le dejaban, como hacíamos toda esa pandilla de niñatos hambrientos de periodismo llegados a la entrañable redacción de Mateo Inurria. Pero Javier siempre tuvo algo especial, un don y una entrega que le han convertido en quien es hoy: uno de los mejores reporteros del mundo.

Pronto dejó el diario Ya para irse a la revista Época, donde comenzó a ser reportero de guerra. En el invierno de 1992 coincidimos en la guerra de Bosnia-Herzegovina. Él trabajaba para Época y yo para Ya. Javier llegó a Jablanica –una de las sedes de los acuartelamientos españoles– desde España a bordo de un  viejo Seat 127, al que dimos el certificado de defunción en una helada calle de Sarajevo. Aquellas semanas en la capital bosnia junto a Javier, a Santiago Lyon, a Julio Fuentes… aprendí más periodismo que en todos los años que llevaba estudiando y ejerciendo. Las lecciones eran diarias y constantes. No volví a coincidir con Javier: yo me dediqué al reporterismo de sucesos y él continuó siendo reportero de guerra. Durante estos últimos veinte años, cada vez que leo una de sus crónicas, recibo una nueva lección. Gracias, socio.

La culpa no es (solo) del empedrado

Mes a mes, semana a semana, casi día a día recibimos pésimas noticias sobre nuestro oficio, el del periodismo. Hace bien poco cerraba ADN, ayer Público anunció que se acogía a concurso de acreedores, las cifras de ventas y de ingresos por publicidad llevan en caída libre varios años y las redacciones de los diarios adelgazan cada vez más en número de profesionales y en la experiencia y el oficio de los que se quedan.

Hemos echado la culpa de esta muerte lenta de los periódicos a muchas cosas: primero se responsabilizó a la irrupción de los medios gratuitos; después, al crecimiento de Internet y a la aparición de medios de comunicación en la red, que iban a suponer “la muerte del papel”, como anunciaban los gurús de la red, muchas veces con el colmillo bien afilado; ahora es la crisis la que tiene la culpa de que los periódicos y las revistas cierren y de que no haya lectores que se acerquen al quiosco.

Yo no puedo decir quién es el culpable de lo que parece la inevitable muerte de una manera de entender el oficio. Me crié –textualmente– en la redacción del periódico Pueblo, donde trabajó mi padre. Tras pasar nueve meses en una emisora de radio, dí mis primeros pasos profesionales en el diario Ya y desde entonces –salvo una fugaz etapa en la televisión– he trabajado siempre en periódicos y revistas. De hecho, me hice periodista para poder contar historias que la gente leyera en un papel, aunque hace tiempo me di cuenta de que me daba igual que las leyeran en una pantalla de ordenador, en una tableta o incluso en un teléfono. Además, soy lector de periódicos y revistas. Los compro, sobre todo, para buscar historias. Pero ya no las encuentro.

Me considero un privilegiado dentro de mi profesión por muchas razones. Por encima de todo, porque puedo seguir contando historias. En Interviú siguen poniendo papel a mi disposición para que yo pueda contar esas historias que quería contar desde muy joven. Hablo con compañeros de periódicos, excelentes reporteros de sucesos, y se quejan de que en sus diarios nunca hay espacio para sus historias y la red es un medio demasiado instantáneo como para contar relatos con cierto poso. Echo un vistazo a la prensa de hoy: “De Guindos dice…”, “Chacón quiere presentar…”, “Angela Merkel aplaude…” (son tres fragmentos de titulares de portada de Público, el último medio en apuros), “Gallardón propone…”, “Mas avisa de que los ajustes…” Y así, hasta el infinito. En El País tengo la suerte de encontrar una historia, los relatos de mujeres que lograron escapar de la violencia de sus parejas. Al margen de la demolición de Urdangarín –que tengo que leer por obligación– lo único que me llama la atención como lector es esa historia de El País. Y eso me pasa a diario desde hace mucho, demasiado tiempo. Soy incapaz de encontrar en la portada de los diarios una buena historia que me motive como lector.

Un 80 o un 90 por ciento del contenido de los periódicos es casi idéntico en todos ellos: las mismas noticias, las mismas declaraciones de políticos, las mismas propuestas… Como faltan reporteros –porque se han jubilado, prejubilado, los han despedido o son muy caros de contratar– capaces de dar noticias propias o de contar historias, se llenan los periódicos de opinión porque, al fin y al cabo, casi cualquiera puede opinar. Las noticias que se cuentan se quedan antiguas, son del día anterior y las he visto en Internet. No me aportan nada nuevo, ni un análisis propio brillante ni una buena documentación… Así que las páginas de los periódicos se llenan de periodismo de declaraciones en el que el lector todo lo que encuentra es lo que dijo alguien –generalmente un político– o lo que alguien contestó a otro y así sucesivamente. Me encantaría que alguien se atreviese a aceptar el reto que propuso hace tiempo Antonio Muñoz Molina: que durante un mes desapareciesen las declaraciones de los diarios. Así, los periodistas no tendrían más remedio que trabajar en busca de historias o de noticias propias.

La crisis afecta a todo el mundo, sin excepción. A los diarios estadounidenses, también. David Simon hizo decir a uno de sus personajes de The Wire, un redactor jefe del Baltimore Sun: “Habrá que hacer mucho más con menos medios”. Y así es. En EEUU y aquí. Es el signo de los tiempos. Pero allí hay una diferencia. Los grandes diarios estadounidenses siguen apostando por las historias. Cada vez que viajo a Nueva York, compro The New York Times y siempre encuentro una historia en su portada: la de los suicidios de los veteranos de Irak, la del creador de un nuevo código HTML, la de la explosión de los running backs de la NFL procedentes de la Universidad de Miami y su relación con el césped que hay en sus campos… Siempre hay, al menos, una historia que despierta mi interés, ya no profesional, sino de lector raso. Aún en tiempo de campaña electoral, The New York Times se resiste a abrir su edición con noticias políticas. El que se acerca al quiosco y paga el precio que cuesta el periódico, sabe que se lleva algo que no va a encontrar en otro sitio.

No se me ocurriría sugerir que la culpa de la crisis de la prensa la tenemos los periodistas o que el cierre de medios o el mal momento de, por ejemplo, el diario Público es responsabilidad de sus profesionales. Pero sí que echo de menos en mi oficio algo de autocrítica. La culpa no puede ser solo del empedrado. Creo que los medios y los periodistas nos hemos acomodado en este statu quo. Para todos es mucho más cómodo seguir recogiendo declaraciones mientras el oficio, tal y como lo entendemos los que pasamos de los 40, va desapareciendo.

Assange, de Mesías a villano


Lo he escrito en este mismo blog hace ya tiempo: no me gusta Julian Assange ni su ¿organización?, Wikileaks. No me he sentido nunca fascinado por este personaje, convertido en Mesías del derecho a la información y en salvador del periodismo por muchos medios que le entronizaron y llenaron centenares de páginas con sus cables. Medios tan respetables como El País o New York Times contribuyeron a agigantar la figura de Assange: reprodujeron en sus medios miles de comunicaciones filtradas por Wikileaks, que fueron pulidas, editadas y revisadas para evitar que en ellas se colase alguna información sensible, como nombres de confidentes o colaboradores. Pese al celo y la profesionalidad de los periodistas que trabajaron en la edición de esos cables –que no pongo en duda–, se deslizaron algunos datos que no debían haber trascendido nunca. La difusión de algunas de las comunicaciones que hacían referencia a procedimientos contra la mafia rusa en España provocaron ciertos disgustos en medios policiales y, sobre todo, judiciales, porque allí aparecían nombres que no debían conocerse.
En aquellos días, desde Estados Unidos, Reino Unido, Australia, Canadá y otros muchos países se decía que Assange y los suyos estaban poniendo en peligro la seguridad de mucha gente. Los defensores de Wikileaks bramaron y pudieron, una vez más, poner en EEUU su foco y personificar allí el mal: Assange está perseguido, la CIA ha puesto precio a su cabeza”, clamaban. “Temo ser asesinado”, decía el mártir… Naturalmente, la acusación de violación por parte de dos mujeres se enmarcaba también en esa campaña, que tildaba de montaje los cargos, y hasta de colaboradoras de la CIA a las supuestas violadas.
Ahora, Wikileaks ha anunciado que publicará 250.000 cables sin editar, a pelo, con nombres y apellidos de personas que colaboraron, por ejemplo, en la eliminación de terroristas o en operaciones militares de alto riesgo, lo que le ha costado la condena de los mismos medios que hace meses le entronizaron. Recuerdo esos reportajes de El País, en los que Assange relataba desde su confinamiento –en la mansión de un amigo– en Londres el infierno en el que se había convertido su vida o como el mismo diario se refirió a él como “El hombre que hizo temblar el Pentágono” en una entrevista en la que aseguraba que quería luchar “contra los abusos del periodismo”.
A Assange nunca le ha interesado la seguridad de ningún informador, ni siquiera le ha interesado la libertad de información. A Assange le ha interesado solo el propio Assange. Es un megalómano de manual, investido de un aire mesiánico y justiciero. Una de las personas más comprometidas que conozco con la transparencia informativa y las leyes de acceso a la información, mi compañero de Interviú Daniel Montero, me lo dijo un día hablando del tema: “Wikileaks no debería tener un rostro y un nombre con el que se le identifique. Así pierde la esencia de lo que debe ser”. Daniel es más joven, mejor periodista, mejor persona y por eso, seguramente, creía en Wikileaks y su sagrada misión de desenmascarar a los malvados gobiernos del mundo por la vía de la filtración informativa. Yo sigo prefiriendo el periodismo clásico: el del periodista armado con libreta, ingenio, agudeza y mirada crítica, poseedor de valiosas fuentes y con la preparación y los códigos suficientes para saber lo que se puede publicar y lo que no se puede cuando se hace con una documentación valiosa sin necesidad de mesías. Ese es, precisamente, el periodismo que hace Daniel Montero.