Códigos


Ayer, como todos los lunes, la revista Interviú estaba en los kioscos de toda España. En su interior –con una llamada en portada–, llevábamos una noticia que nos ha costado más de un mes de trabajo: el abogado Marcos García Montes ha sido imputado por una jueza de Vigo, que le acusa de blanqueo de capitales. En la ilustración que acompaña a este post tenéis la apertura del reportaje y aquí podéis ver su resumen en la web de Interviú. Durante todo el día de ayer, numerosos medios digitales dieron la noticia, que esta mañana ha salido publicada en varios periódicos. Salvo ABC –un diario que siempre ha respetado los códigos– ningún otro medio mencionó ayer ni hoy a Interviú como fuente original de la noticia.
Los códigos profesionales deben ser cosa de viejos periódicos, como ABC, y de viejos reporteros, como yo, que seguiré respetándolos y citando a los autores de las noticias que reproduzca.

¡Cómo echo de menos a los héroes inexistentes!

Soy reportero de sucesos desde hace más de veinte años, aunque muy ocasionalmente me he apartado de mi especialidad, siempre de manera momentánea, porque se ve que lo único que hago de forma medianamente decente es lo de contar historias de drogas, crímenes y demás. Una de esas veces fue entre 1992 y 1993, cuando pasé una temporada en Bosnia-Herzegovina y en la Krajina, zonas entonces envueltas en una cruenta guerra civil. Fue una experiencia muy enriquecedora en lo personal y en lo profesional, no por la calidad de mis crónicas –entonces trabajaba en el hoy desaparecido diario Ya y en alguna hemeroteca deben conservarse–, sino porque tuve la oportunidad de conocer en Mostar, Sarajevo, Kiseljak, Zenica Travnik, Jablanica y otras cuantas ciudades a magníficos reporteros de guerra, a tipos a los que luego Ramón Lobo –probablemente, el mejor de todos ellos– llamó los héroes inexistentes en un imprescindible libro para todo el que quiera entender este oficio.
Durante la guerra conocí a Javier Bauluz, a Julio Fuentes, a Santiago Lyon, a Ramiro Villapadierna, viajé con Javier Espinosa y traté con muchos otros de los que desgraciadamente no recuerdo los nombres: tipos de la BBC, de ITV, de Reuters, de France Press… Por las noches, en el Holiday Inn de Sarajevo, a la luz de las linternas y las velas, yo me limitaba a escuchar boquiabierto sus historias y a tratar de aprender algo de esa gente que tenía un denominador común: estaban allí para poner voz a la gente de Sarajevo, a los civiles que a diario sufrían el criminal asedio serbio, para los que cruzar una calle para poder ir a por una barra de pan era un ejercicio de supervivencia… No escuché, vi, ni leí en las crónicas de ninguno de esos reporteros hablar de las penalidades a las que los periodistas nos enfrentábamos a diario: el peligro de los francotiradores, de las granadas de mortero, la mortal carretera del aeropuerto, que había que cruzar necesariamente para llegar a Kiseljak, una ciudad controlada por la ONU en la que comprábamos los suministros con los que luego sobornábamos a los soldados de los checkpoints (cigarrilos, botellas…) Nada de eso aparecía en sus crónicas, era material de consumo interno para comentar por las noches, con vaso de rakia y un cigarro. Uno de ellos, un genuino representante de lo que llamaban la tribu, me lo dejó un día muy claro cuando le conté que en la Krajina había estado unas horas detenido por cometer una imprudencia propia de un novato: «Eso no importa una mierda. Nosotros estamos aquí porque nos pagan, pero tarde o temprano nos largaremos a nuestras casas a comer jamón y a salir por la noche… Pero ellos, la gente que ves por las calles todos los días, se quedarán y cuando nos vayamos nadie les escuchará, por eso hay que aprovechar mientras estemos para que les oigan».
Echo de menos a esa clase de periodistas, esos reporteros que se volvían invisibles porque jamás giraba el foco hacia ellos. Estaban en esos lugares porque era su trabajo. Su obligación era llegar allí y contar lo que veían, pero la noticia nunca era si habían llegado tarde, temprano o con dificultades. En los último años la noticia es que un periodista permanezca en Bagdad aunque no sea capaz de transmitir una sola crónica; o escucho minutos y minutos de radio en los que el conductor del programa habla con la enviada especial a Irak para repetirle una y otra vez eso de «cuídate mucho, ten cuidado…»; o veo reportajes de televisión en los que el reportero caminando por las calles ocupa el 60 por ciento del metraje…
Pero lo de hoy ha sido definitivo. La llegada de tres periodistas de la cadena Ser a El Aaiún y su posterior expulsión se ha convertido en la noticia del día y no porque ellos lo hayan querido. Tanto Angels Barceló como Nicolás Castellano se han cansado de repetir que ellos no deben convertirse ni en noticia ni en protagonistas, pero la cadena SER se ha empeñado en ello y junto a la emisora, un buen número de medios que han elevado un gaje del oficio a la categoría de noticia.

Un sensacional proyecto editorial con un objetivo aún mejor

La amabilidad del emprendedor Rafael Jiménez, el jefe de prensa de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona, me va a permitir participar en un proyecto de lujo. En unos cuantos meses, Planeta lanzará a la calle un libro en el que un puñado de periodistas de sucesos abordaremos distintos casos criminales resueltos por el Cuerpo Nacional de Policía en los últimos tiempos. El libro tiene el antecedente de Barcelona Negra, un proyecto del mismo Rafael Jiménez, publicado en 2009, que logró reunir en un volumen historias de Carles Quílez, Andreu Martín, Mayka Navarro… Lo mejor del periodismo de sucesos de la Ciudad Condal reunido en un volumen cuyos beneficios fueron a parar a El Casal de niños del Barrio Chino barcelonés.

En esta ocasión, todos los beneficios irán a parar al Colegio de Huérfanos de la Policía. Para mí y para mi compañero Luis Rendueles –que también estará en el proyecto– es un honor y un orgullo participar en este libro. Además, en mi caso tengo razones poderosísimas para estar encantado con la invitación de Jiménez. En el volumen habrá historias de varios de los periodistas que más admiro: Jesús Duva, Jordi Bordás, Eduardo Martín de Pozuelo, Jesús María Zuloaga… Todos ellos primeros espadas de un género que sobrevive gracias, casi exclusivamente, a profesionales como ellos. Trataré de estar al nivel. Próximamente os contaré de qué escribiremos cada uno.

Veinte años de la salida de El Sol

Primer número del diario El Sol.
Imaginad un periódico en el que los domingos se hiciese cargo de la edición una redacción distinta, que primase los reportajes sobra las noticias; imaginad un periódico lleno de cuidadas infografías que formasen parte imprescindible de la información; imaginad un periódico que los domingos acompañase el diario con promociones –libros, música, cursos…–; imaginad un periódico en el que los redactores hiciesen autoedición y trabajasen sobre la maqueta en sus equipos Apple; imaginad un periódico con un diseño innovador, premiado por la SND, capaz de dar en la portada de su dominical, por ejemplo, un plano cortísimo de los pies de un bailarín como única ilustración; imaginad un periódico en el que la portada, la contra y varios pliegos más incluyesen fotos e ilustraciones a todo color; imaginad un periódico con una redacción plagada de tipos jóvenes, pero curtidos en otras redacciones y capaces de dar noticias exclusivas –sí, eso que se supone que era en lo qué consistía esto del periodismo– casi a diario…
Ese diario existió y salió a la calle exactamente el 22 de mayo de 1990. Tuve la inmensa suerte de pertenecer a la redacción fundacional de El Sol, de formar parte de un proyecto casi visionario, que sentó muchas de las bases de lo que hoy son los diarios. Fue un proyecto tan ilusionante como breve –el último número salió a la calle el 27 de marzo de 1992–, pero para mí –no tengo ninguna duda al afirmar esto– fue la aventura profesional más bonita de cuantas he vivido en estos 24 años de carrera en el periodismo.
Anoche, en un bar situado a apenas un par de manzanas de lo que fue la sede del periódico, nos reunimos unos cuantos integrantes de aquella redacción fundacional. Allí estaba José Antonio Martínez Soler, JAMS, el primer director del diario, que me convenció para integrarme en su proyecto en unos 30 segundos; también estaba Arsenio Escolar, uno de los mejores profesionales que he conocido, responsable de la edición dominical; no faltaron los responsable de ese rompedor e innovador diseño, Pedro Pérez y Ricardo Curtis, y muchos de los componentes de lo que hasta ese momento yo conocía como maquetación y que en El Sol era edición gráfica; también estuvo el responsable de que el concepto de infografía cambiase para siempre gracias a sus gráficos en El Sol, Ricardo Salvador, y algunos de los componentes de su sección; no faltó Eduardo San Martín, otro de los responsables de aquella redacción fundacional; y hubo unos cuantos representantes de aquella joven pero aguerrida redacción: Ramón Lobo, Cecilia Ballesteros, mi hermano Juan Carlos Serrano, Cristina Díaz, Pepa Albarracín, Rosario García Gómez… Faltaron otros muchos de aquel elenco sensacional: Gonzalo López Alba, Alberto Pozas, Mar Hedo, Aurora Losada, Javier Rodríguez Ventosa, Francisco Jiménez, mi hermano Luis Rendueles, Carlota Lafuente, José Manuel Romero y tantos otros que formaban una redacción con un nivel que no he vuelto a encontrar en ninguna de las que he estado después…
Anoche, hizo veinte años que todos nosotros estábamos pendientes de aquella rotativa de Illescas (Toledo) para tener entre las manos el primer número de El Sol. Yo publiqué una información exclusiva: un grupo de trileros estafó a un diplomático unos cientos de miles de pesetas en el centro de Madrid… Hoy, trato cada día de seguir haciendo lo mismo –conseguir informaciones propias, exclusivas, que es lo que me enseñaron–, pero aquello fue irrepetible. Al menos, tengo la inmensa suerte de poder decir que yo formé parte de El Sol.

Los periódicos están para contar (buenas) historias

El País

Nuestra profesión lleva años devanándose los sesos en busca de eso que llaman modelo. Los periódicos tradicionales y las revistas perdemos ejemplares a un ritmo vertiginoso y las ediciones digitales, pese a crecer, no acaban de dar con la fórmula para que su negocio sea rentable. He dicho en este blog y en todos los foros que me han acogido que lo que tenemos que hacer los periodistas es contar buenas historias en el soporte que sea, porque las buenas historias distinguen a los buenos medios de los que parecen abocados a convertirse en soportes publicitarios, capaces de llenar sus páginas de despachos de agencia, de declaraciones de políticos y de periodismo de convocatoria.
Hoy es un buen día para los que creemos en esta teoría. A mediodía de ayer, llegó a las redacciones una noticia que, aparentemente, no era más que un suceso sin mucho recorrido: una mujer ciega cayó en las vías de la estación de Nueva Numancia y sufrió la amputación de un brazo. Leo las secciones de Madrid de los periódicos. Varios diarios despachan el suceso como un puro trámite, pero en dos de ellos –ABC y El País– se cuenta una historia, una emocionante historia. Se pone nombres y apellidos a la víctima, se cuenta por qué era ciega, a qué se dedicaba, lo qué significa para ella perder un brazo, se da su foto… Enhorabuena a El País, a ABC y a sus reporteros: Pilar Álvarez, T.G. Rivas y V. Saura. Siempre que haya profesionales dispuestos a buscar estas historias, el periodismo seguirá vivo.

Las lecciones de vida y de periodismo de Ramón Lobo

Foto: Moeh Atitar de la Fuente

Hoy mismo he leído en Babelia, una extraordinaria entrevista a Gay Talese, un reportero norteamericano que dio voz a personajes que ni por asomo hubiesen soñado con aparecer en medio alguno. En la entrevista, Talese lanza una reivindicación que tenía tanta validez hace cien años como ahora: «Siempre hará falta un buen periodista que mueva el culo y salga a la calle a escuchar a la gente, a mirar el mundo real y a escribir sobre él».
Ramón Lobo es uno de esos periodistas que da voz a los que nunca la tienen. Lo ha hecho siempre. Desde sus primeros pasos como corresponsal de guerra en el conflicto de la ex Yugoslavia hasta hace poco, cuando viajó a Haití para poner su particular lupa en el país caribeño tras el terremoto. Es un verdadero deleite leer a Ramón en El País o en su blog, una de las bitácoras más brillantes, divertidas y sorprendentes de cuantas hay en la red. Hace muy pocos días, una muy buena amiga –nada aficionada a los blogs, ni siquiera al mío– descubrió el blog de Ramón y se convirtió casi al instante en ferviente seguidora.
Ramón pasó tres meses en 2009 en Kabul, la capital de Afganistán. Allí no estuvo con señores de la guerra, ni con generales, ni con políticos. Dio voz a chicas que querían jugar al fútbol, a fotógrafos, a médicos, a niños que volaban cometas… Hizo un total de 35 piezas, que fueron publicadas en El País y ahora son recopiladas en un libro, Cuadernos de Kabul, publicado hace pocos días por RBA.
Me confieso un fan incondicional de Ramón Lobo desde hace ahora mismo veinte años, cuando nos conocimos en la redacción del diario El Sol. Allí, Ramón formaba parte de una maravillosa sección de Internacional, en la que estaban Berna Harbour, Adolfo Lázaro, Carmen Postigo, Cecilia Ballesteros, Aurora Losada... Cuando se nos acabó el sueño de El Sol, El País tuvo el buen ojo de recoger a Ramón, que se convirtió en uno de los mejores corresponsales de guerra del mundo. Producto de sus vivencias en varios conflictos –Yugoslavia, Ruand…–, nació un libro maravilloso, El héroe inexistente, es decir, el anti-divo, el anti-periodista que se convierte en noticia, algo tan en boga hoy.
Hace apenas un par de meses coincidí con Ramón en el Congreso de Periodismo Digital de Huesca. Allí premiaron su blog y yo disfruté en el trayecto en tren desde Madrid hasta Huesca de unas cuantas lecciones de vida, de humildad, de buen humor y de periodismo, las que siempre da Ramón Lobo.

Manolo Lama y Paco González, distintos fusilamientos


La torpeza –seguramente motivada por la inexperiencia a la hora de hacer una conexión en directo– y el mal gusto del periodista de Cuatro y de la cadena SER Manolo Lama ha provocado una tormenta en las últimas 24 horas, en las que hemos asistido a la ejecución pública del narrador estrella de la SER. Lama no tuvo mejor ocurrencia que emplear a un mendigo que estaba en las calles de Hamburgo para hacerle protagonista de una conexión en un tono que a todos nos sonó a mofa.
Fue, desde luego, desafortunado. El propio Lama se ha dado cuenta y hoy ha pedido disculpas en directo, en la web de Cuatro y allí donde le han querido oír. La jefa de programas de la cadena, Elena Sánchez, ha reiterado las disculpas a través de su cuenta en Twitter. No ha servido de mucho, porque el fusilamiento ha proseguido. Y esto ocurre en un país donde las cadenas de televisión llenan de bazofia las noches de los viernes con sus programas del corazón; donde la presentadora estrella de la mañana da lecciones de moralidad después de copiar una novela y publicarla; donde los mal llamados programas de sucesos se han convertido en contenedores de basura, capaces de llevar al plató a casi cualquiera; donde hay realitys en los que se puede ver a parejas retozando bajo los edredones o platós en los que cualquier macarra amenaza a unos y a otras con dar yoyas… Es decir, en un país donde el buen gusto, la seriedad y hasta la honestidad en la televisión brilla por su ausencia. Manolo Lama se equivocó, desde luego, pero aún estoy esperando disculpas de muchos otros que tendrán muchos más motivos que él para pedir perdón.

Como si de una broma del destino se tratara, el mismo día que Lama metió la pata hasta las trancas, Paco González era destituido fulminantemente como director de Carrusel Deportivo, después de diecinueve años al frente del programa. La razón de su cese está en el enfrentamiento que mantuvo con el director de la cadena, Daniel Anido. Las discrepancias entre el periodista y el directivo se saldaron como casi siempre en estos casos: con el cese del periodista. De poco sirve que González y su programa sean líderes y que alrededor de Paco –que ha dado explicaciones a través de Facebook– se aglutine uno de los mejores equipos de la radio española. Cuando un periodista llega a directivo –salvo honrosas excepciones– deja de ser periodista y se convierte en un gestor, en un director de recursos humanos venido a más. Paco, Carrusel Deportivo, la SER y sus oyentes ya han sufrido estas nuevas reglas del periodismo del siglo XXI, en el que, por ejemplo, llegan a los puestos más altos de los grandes periódicos tipos cuya obras completas caben en una servilleta.

Cien tardes con Julia en la Onda

Hoy hemos hecho nuestro Territorio Negro número cien. Cien tardes en Onda Cero, cien tardes con Julia Otero y su equipo. Para celebrarlo, hemos hecho un programa especial que podéis escuchar en la web del programa. Hemos hablado de nuestros inicios en el mundo de los sucesos; hemos contado cómo nos conocimos, hace casi veinte años, Luis Rendueles y yo en la redacción del diario El Sol; hemos hablado de los casos que más nos han impactado en estas dos décadas de profesión; y, naturalmente, hemos contestado a los oyentes que nos han planteado sus dudas a través del teléfono o del correo electrónico.

Una vez más, desde este espacio que tengo en la red y que comparto con algunos de los que nos escucháis en Onda Cero, quiero agradecer la fidelidad que nos habéis mostrado durante estas cien semanas. Sois la razón de ser por la que intentamos hacer un mejor Territorio Negro cada día.

Una gran exclusiva y cómo los peces grandes se enfadan con los peces pequeños


En el periodismo, el pez grande no siempre se come al pez pequeño. Este oficio está lleno de ejemplos que contradicen esta supuesta ley de la natural. En Estados Unidos, las grandísimas exclusivas no son propiedad de los acorazados como el New York Times, el Washington Post o las grandes cadenas. Muy al contrario, en todas las ediciones de los premios Pulitzer se premian trabajos de investigación hechos por magníficos periodistas que trabajan en medios pequeños. Y los medios grandes recogen esas informaciones, citan a los autores y reconocen su trabajo.España, evidentemente, no es Estados Unidos. La distancia entre uno y otro país es gigantesca y esa distancia se multiplica por cien cuando hablamos de prensa. Periodistas, responsables y propietarios de medios tenemos mucho que aprender de nuestros colegas estadounidenses.
Los que no trabajamos en grandes acorazados de la prensa sufrimos muchas veces el ninguneo, cuando no el desprecio, de los colegas de los medios grandes. Si alguna vez damos una exclusiva, ésta es ignorada en el mejor de los casos. Y en el peor, como nos ha pasado recientemente en Interviú, los peces grandes van a pedir explicaciones a las fuentes de información de cómo es posible que los peces pequeños hayan podido comer en ese mar que hasta entonces era de su uso exclusivo.
Hoy ha vuelto a pasar. Los compañeros de 20 minutos, un medio gratuito en el que hay un puñado de buenos periodistas, han informado en exclusiva esta mañana de la destitución de toda la cúpula de la prisión de Alcalá Meco por un escándalo sexual. Instituciones Penitenciarias ha reconocido a primera hora la veracidad de la noticia y ha dado detalles sobre el tema.
He seguido el tema durante todo el día en los diarios digitales. Cuando escribo este post –son las 20.50–, repaso las webs de tres acorazados:
abc.es, como tiene por costumbre, cita en el primer párrafo de la información a 20 minutos. El periódico de Vocento siempre demuestra señorío en este terreno y no tiene reparo alguno en citar a los autores de las exclusivas. Lo sé bien por experiencia.
elpais.com lleva una información propia de Elsa Granda. Muy buena, reproduce un parte en el que se detalla alguno de los sucesos que han acabado con la cúpula de la prisión destituida y cita a 20 minutos. En la noticia de la mañana –que a esta hora sigue siendo la segunda más vista–, se cita al diario gratuito en el cuarto párrafo y para desmentir parte del contenido de la exclusiva.
En elmundo.es se puede leer esto en una noticia actualizada a las 17.03: «Según ha podido saber ELMUNDO.es, Instituciones Penitenciarias ha iniciado una investigación sobre varios funcionarios que podrían haber mantenido relaciones sexuales con las reclusas a cambio de favores». En el siguiente párrafo se puede leer: «El diario gratuito ’20 minutos’ ha publicado que los funcionarios se acostaron con las reclusas a cambio de pasarles droga o de dejarles utilizar el teléfono móvil.» Es decir, elmundo.es ha podido saber lo mismo de lo que ya informó 20 minutos. A esta hora, elmundo.es lleva en su portada una noticia firmada por Europa Press en la que ya no se cita a 20 minutos.
Vergonzoso. ¿Tanto cuesta reconocer el mérito de los compañeros? Este oficio, que nadie lo olvide, sigue y seguirá siendo algo tan sencillo como que uno tenga a alguien que le cuente algo interesante. Y afortunadamente, de vez en cuando, se lo cuentan sin mirar para qué cabecera trabaja, sino, simplemente, porque es un buen periodista.

Fue un placer


Fue un placer. Fue un placer reencontrarme después de tantos años con Ramón Lobo, compañero en aquella maravillosa aventura llamada El Sol, y, seguramente, el mejor reportero del momento. Fue un placer escucharle su sesión, en la que estuvo acompañado por Alfonso Armada –al que tuve el gusto de conocer después de haberle leído durante muchos años– y José Martí Gómez, otros dos enormes periodistas. Fue un placer conocer al director de El Periódico de Aragón, Jaime Armengol, y compartir mesa con él y con dos monstruos del periodismo de sucesos y, además, amigos, Mayka Navarro y Jesús Duva. Fue un placer tener un auditorio lleno de jovencísimos candidatos a periodistas a los que ni la crisis, ni las precarias condiciones de trabajos que les espera, ni el pesimismo que ha invadido de manera inexorable nuestro oficio les quita las ganas de convertirse en periodistas. Fue un placer hablar, discutir y confrontar opiniones con ellos. Fue un placer y un privilegio asistir al XI Congreso de Periodismo Digital y comprobar la amabilidad, la eficacia y la profesionalidad de todo el equipo que organiza el evento, encabezado por Fernando García. Gracias por contar conmigo.
En definitiva, fue un verdadero placer hablar de periodismo de sucesos. Porque parece que a algunos de los asistentes –no, desde luego, a los estudiantes– se les olvida que el congreso al que me invitaron es de Periodismo. Digital, sí, pero de periodismo. Y como dije y remarqué ayer, sólo hay dos periodismos: el bueno y el malo. Y ayer Jesús, Mayka y yo hablamos de buen periodismo. El que intento, día a día, seguir haciendo en Interviú, en Onda Cero y aquí, en mi web.