Especie en vías de extinción

Corría 1987. Yo acababa de cumplir veinte años y acababa de incorporarme a la sección de sucesos del diario Ya, después de pasar el verano haciendo prácticas en el suplemento de verano y en la sección de Cultura. Jesús Duva había dejado el diario Ya unos meses atrás y para fichar por El País. No sé si por fidelidad al que había sido su periódico o porque yo le di mucha pena –yo no sabía nada de este oficio–, Jesús se convirtió en mi maestro en el sentido más amplio de la palabra. Cada mañana, nos llamábamos a casa –no había móviles– y, en función de las noticias que nos daban Hernández, Nunci, Quiroga o Daniel Herrero, del gabinete de prensa de la Jefatura Superior de Policía de Madrid –tampoco había Internet–, decidíamos dónde ir. Así, casi sin darme cuenta, fui aprendiendo esos códigos –algunos explícitos, otros no– que solo los viejos reporteros son capaces de transmitir y me fui convirtiendo poco a poco en periodista. Aprendí la manera de pedirle a una mujer que acababa de enterrar a su marido o que ni siquiera había podido inhumarle aún una foto de su esposo; aprendí los nombres de los empleados del Instituto Anatómico Forense; aprendí que a un madero o a un pico hay que ir a verle casi a diario, sin esperar a que necesites algo de él, porque si no lo haces, nunca te dará nada; aprendí que no hay exclusiva que merezca la pena por traicionar a una fuente; aprendí a no decirle a los jefes lo que tenía que callar por fidelidad a las fuentes; aprendí que uno se hace periodista en la calle y que siempre es mejor ir a los sitios que llamar por teléfono; aprendí lo que es hacer vecindeo; aprendí que los fotógrafos de bodas, bautizos y comuniones te sacaban de muchos apuros para conseguir la imagen de un muerto; aprendí que había que ir a los entierros de las víctimas de los asesinatos porque muchas veces allí están los asesinos; aprendí que un madero larga más en la cantina que en su despacho; aprendí a leer papeles al revés mientras hablaba con los policías que se dejaban atestados sobre su mesa; aprendí a memorizar qué familia tenía cada guardia o cada policía para preguntar por ellos…
Así, semana a semana, mes tras mes, Jesús Duva me fue convirtiendo en reportero. Los crímenes de Sainz de Baranda, los asesinatos de El Lobo Feroz, los primeros grandes alijos de cocaína, las redes turcas de la heroína… Fui escribiendo de todos aquellos sucesos, siempre guiado en la calle por Jesús, que tenía una infinita paciencia conmigo y que me dejó bien claro que los que trabajamos en la calle somos competencia, pero nunca enemigos. En aquella extraña comunidad de reporteros de sucesos estaban Ángel Colodro, José Luis Guardia, Ricardo Domínguez…, todos mucho mayores y más sabios que yo. Me bebía las crónicas de todos ellos con pasión, subrayaba, recortaba y me convencía de que yo no sería, ni por asomo, la mitad de bueno de lo que eran Jesús y sus colegas de la hermandad de reporteros de sucesos. Fue uno de ellos quien me habló de unos tipos que escribían en La Vanguardia y que escribían de términos desconocidos para mí por aquel entonces: mafia, camorra, crimen organizado… Aquellos tipos eran Santiago Tarín, Jordi Bordas y Eduardo Martín de Pozuelo. Todos ellos contaban historias magníficas, llenas de detalles, de colorín –como nos gustaba decir–, relatos vibrantes en los que se describía con precisión de cirujano un cuchillo, un casquillo, la ropa que llevaba un cadáver o el aspecto de un criminal…
Han pasado muchos años de aquello y esa distancia me ha servido para apreciar en su justo término lo que Jesús Duva hizo por mí: me transmitió unos códigos, no de un oficio, sino de una forma de vida. No en vano, Jesús es el destinatario de la primera dedicatoria de mi primer libro, Así son, así matan. Ayer, en la presentación de España Negra, estuve con Duva. Y con Bordas y Martín de Pozuelo, con quien Luis Rendueles y yo hemos compartido hoy media hora de radio en Julia en la Onda. Esa reunión me ha producido sentimientos encontrados: compartir un libro y una mesa con ellos es el sueño de cualquier reportero y ha sido un honor y un privilegio. Pero, como dijo ayer Eduardo Martín de Pozuelo, el reportero de sucesos es una especie en extinción y durante esas horas esa percepción se ha convertido casi en una absoluta certeza. Ya no hay sitio en los periódicos para aquellas historias trufadas de detalles. Ni los diarios, ni mucho menos las webs, tienen ya espacio para describir los casquillos o detenerse en las ropas que llevaba el cadáver. Y ya nadie transmite esos códigos de los que hablaba antes. ¿Verdad, Cruz?

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‘España negra’, ya a la venta


Ya está en las librerías España Negra, un libro editado por Planeta en el que participo, junto a otros diez periodistas de sucesos y el hasta hace bien poco portavoz de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona, Rafael Jiménez. Fue Jiménez quien hace unos meses me propuso colaborar en el proyecto: se trataba de elegir un éxito policial y escribir un reportaje amplio sobre él. Los derechos del autor irían a parar a la Fundación Colegio de Huérfanos del Cuerpo Nacional de Policía. No tardé ni diez segundos en aceptar la propuesta, sobre todo tras conocer con quienes iba a compartir las páginas del libro. Los nombres de Jordi Bordas, Eduardo Martín de Pozuelo, Jesús Duva, Jesús María Zuloaga o Cruz Morcillo eran un argumento suficientemente convincente para considerar qeu el esfuerzo nos merecía la pena a mí y a mi compañero Luis Rendueles, también coautor del libro.
Elegí para mi capítulo la operación Kova, que acabó con la caza de Nanysex, Tod y Aza, los pederastas más peligrosos detenidos nunca en España, una increíble operación de la Brigada de Investigación Tecnológica, que reviví con sus artífices para poder escribir mi aportación al libro. Luis Rendueles eligió un caso del que se habló muy poco, porque coincidió en el tiempo con la desaparición de Marta del Castillo, pero que es un ejemplo del buen hacer de la policía y del mal hacer de nosotros, los periodistas: el asesinato de María Socorro da Silva, una prostituta brasileña, madre de un niño, a la que nadie, salvo un grupo de profesionales del Grupo de Homicidios de la UDEV Central, buscaba.
He leído gran parte del libro y es un placer, por ejemplo, revisar de nuevo la operación Cuba –la que sirvió para recuperar los cuadros robados en casa de Esther Koplowitz–, de la mano de Cruz Morcillo, que no puede ocultar su cariño por la Brigada de Policía Judicial de Madrid, esa escuela de policías… y de periodistas de sucesos. El maestro Jesús Duva cuenta el secuestro y la liberación del empresario gaditano Rafael Ávila en un relato plagado de emoción, tensión y, sobre todo, de información precisa y datos novedosos… La mejor pareja de reporteros de investigación que ha dado el periodismo español, Jordi Bordas y Eduardo Martín de Pozuelo, abordan la irrupción en España de las mafias italiana y francesa. Jesús M. Zuloaga desvela los secretos de las operaciones policiales que han llevado a ETA a su peor momento… El cuadro se completa con otros compañeros – Mavi Doñate, Antonio Baquero, Pere Ríos y Xiana Siccardi–, que abordan desde el desmantelamiento del histórico comando Madrid de ETA al 11-M vivido en Marruecos, pasando por el asesinato de Ernest Lluch o la mayor operación contra las mafias rumanas de la prostitución.
El libro está prologado por el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, que la semana que viene lo presentará en Madrid. Para mí, al menos, ha sido un placer participar y compartir proyecto con mis compañeros. Ahora, disfrutad vosotros de nuestro trabajo.

Estaré con Misha Glenny y Luis de la Corte en Getafe Negro


Lorenzo Silva y David Barba, los artífices de este certamen, han completado en la tercera edición de Getafe Negro un programa de grandísimo nivel. Por el festival de novela policiaca pasarán personajes tan interesantes como los escritores Antonio Muñoz Molina y Philip Kerr o los periodistas Eduardo Martín de Pozuelo, Jordi Bordás y Misha Glenny. Jordi y Eduardo son dos de los mejores reporteros que he conocido. Sus trabajos en La Vanguardia durante las dos últimas décadas han sido una obligada referencia para cualquiera de los que nos dedicamos al periodismo. A Misha Glenny le conocí gracias a la recomendación que me hizo Lorenzo Silva. Me habló de su libro, McMafia, y me dijo que era imprescindible para entender mejor las tramas del crimen organizado en todo el mundo. Como tantas otras veces, la recomendación de Lorenzo dio en el blanco. El libro de Glenny es fascinante, riguroso y destila buen periodismo.
La gentileza de sus organizadores ha hecho posible que participe por segundo año en Getafe Negro. El próximo jueves, 21 de octubre, estaré moderando la mesa redonda El crimen sin fronteras, en la que participarán Misha Glenny y Luis de la Corte, un profesor de psicología de la Universidad Autónoma que aborda desde la perspectiva científica fenómenos como el terrorismo o las mafias organizadas. Podéis descargar aquí el programa completo de Getafe Negro, que es un auténtico disfrute. Allí os espero.

Un sensacional proyecto editorial con un objetivo aún mejor

La amabilidad del emprendedor Rafael Jiménez, el jefe de prensa de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona, me va a permitir participar en un proyecto de lujo. En unos cuantos meses, Planeta lanzará a la calle un libro en el que un puñado de periodistas de sucesos abordaremos distintos casos criminales resueltos por el Cuerpo Nacional de Policía en los últimos tiempos. El libro tiene el antecedente de Barcelona Negra, un proyecto del mismo Rafael Jiménez, publicado en 2009, que logró reunir en un volumen historias de Carles Quílez, Andreu Martín, Mayka Navarro… Lo mejor del periodismo de sucesos de la Ciudad Condal reunido en un volumen cuyos beneficios fueron a parar a El Casal de niños del Barrio Chino barcelonés.

En esta ocasión, todos los beneficios irán a parar al Colegio de Huérfanos de la Policía. Para mí y para mi compañero Luis Rendueles –que también estará en el proyecto– es un honor y un orgullo participar en este libro. Además, en mi caso tengo razones poderosísimas para estar encantado con la invitación de Jiménez. En el volumen habrá historias de varios de los periodistas que más admiro: Jesús Duva, Jordi Bordás, Eduardo Martín de Pozuelo, Jesús María Zuloaga… Todos ellos primeros espadas de un género que sobrevive gracias, casi exclusivamente, a profesionales como ellos. Trataré de estar al nivel. Próximamente os contaré de qué escribiremos cada uno.