Tres años del asesinato de Vanessa Lage

El 28 de noviembre de 2014, la policía de la UPR Vanessa Lage murió asesinada por un atracador en Vigo. Su compañero de patrulla, Vicente Allo, resultó gravemente herido en el tiroteo. Escribí estas líneas hace tres años. Sirvan hoy como recuerdo y homenaje a los dos policías.  

Cuando salga del coma inducido y recupere la consciencia, el subinspector Vicente Allo Barona se hará una y mil veces las mismas preguntas: ¿Por qué no disparé antes?, ¿por qué no le pegué dos taponazos nada más verle?, ¿por qué dejé a mi compañera salir del coche antes que yo? De poco servirá que sus colegas, sus amigos, su familia… todos le digan que hizo lo que tenía que hacer, que es un héroe, que, aún con varios plomos en el cuerpo, acabó con la vida de esa escoria sin alma que mató a la policía Vanessa Lage en un atraco… Pero, una y mil veces, Vicente volverá a hacerse las mismas preguntas, y una y mil veces se dirá que hubiese cambiado su vida por la de Vanessa.

Cuando un policía muere en la calle siempre deja una víctima colateral: el compañero que cree que pudo haber hecho algo más. Así ha sido y así seguirá siendo en un trabajo en el que uno pone a diario su vida en manos de su pareja de patrulla, aunque muy pocas veces se sea consciente de ello.
Vanessa salió de su casa el pasado viernes a cumplir con su trabajo en la Unidad de Prevención y Reacción (UPR) de la comisaría de Vigo. Como tantas otras mujeres policía, Vanessa había dejado claro hace tiempo que era capaz de trabajar en la calle, que no era una carga para su compañero, sino que era un policía más. Cuando ella y el subinspector Vicente Allo recibieron el aviso de la emisora y comprobaron que estaban muy cerca del banco donde se estaba produciendo un atraco, no dudaron ni por un instante lo que había que hacer.

Vanessa, 36 años recién cumplidos, salió del coche y se topó de frente con Enrique Lago Fariñas, ‘El Escayolista’, un veterano delincuente que llevaba a una empleada del banco como rehén y una pistola Llama de 9 milímetros. Emociona e indigna a partes iguales saber que las últimas palabras de la policía fueron para el atracador –“Cálmate, no pasa nada”–, intentando un atisbo de negociación, pensando que esa basura iba a prestarse al diálogo y que no iba a ser necesario para reducirle y salvar su vida nada más que buenas palabras. ‘El Escayolista’, enfermo de cáncer, decidió en ese momento que su vida valía lo que costasen los cartuchos que acabarían con ella instantes después de que él matase a Vanessa e hiriese de gravedad a Vicente.

El subinspector, que había pasado por el Grupo Especial de Operaciones (GEO), y dos agentes del GAC (Grupo de Atención al Ciudadano) acabaron a tiros con el miserable que se llevó por delante la vida de Vanessa. Cuando el olor a pólvora y el retumbar de los disparos desaparezca de los sentidos y de la mente de los policías implicados en el tiroteo, todos ellos se preguntarán si pudieron hacer algo más por su compañera. Y todos los componentes de la UPR de Vigo –entre los que está el novio de la policía fallecida– se preguntarán por qué no fueron ellos los que acudieron a la llamada. Y muy lejos de Vigo, algunos compañeros de Vanessa, alejados de la calle, se mordían los labios al hablar: “Hoy me siento muy poco policía, hoy quiero estar en la calle”.

Solo esa escoria llamada Enrique Lago Fariñas, que acabó su miserable vida tirado en una acera, perforado por varias balas y con 120.000 euros recién robados encima, es responsable de la muerte de Vanessa Lage. Esa escoria y el sentido del deber de su víctima, la vocación de servicio que le llevó a vestir un uniforme durante sus últimos diez años de vida y a elegir siempre destinos en la calle, donde sentirse útil. Vanessa, igual que sus compañero de la UPR Francisco Díaz –asesinado en Málaga el pasado mes de mayo–, murió para que todos nosotros nos sintiésemos más seguros, murió cumpliendo con su trabajo, un trabajo en el que muchas más veces de lo que parece, las vidas se ponen en juego.

Hoy, cuando aún está muy reciente el asesinato de Vanessa, las reuniones previas a los turnos de servicio en todas las comisarías de España se llenan de espesos silencios, de nudos en la garganta, de ojos vidriosos y de advertencias sobre los peligros que hay “ahí fuera”. Pero el tiempo pasará y los policías que trabajan en la calle volverán a pensar, como pensaba Vanessa, que su profesionalidad bastará para que nadie salga herido. Pero en la calle hay más escoria como Lago Fariñas, dispuestos a llevarse por delante la vida de cualquier policía. Es la obligación de la sociedad y de la administración protegerles y cuidar de ellos como ellos cuidan de todos. Con chalecos antibalas o con protocolos de actuación distintos. Se lo debemos.

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Publicado por

manuelmarlasca

Reportero, jefe de Investigación de La Sexta. Copresentador de Más Vale Tarde (La Sexta), Territorio Negro (Onda Cero) y colaborador de Espejo Público (Antena 3). Lector y corredor.

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