La mirada

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Metido en una camiseta, en lugar de la camisa que ha lucido en las sesiones anteriores, José Bretón resulta aún más escuchimizado. Destacaba hoy su insignificante aspecto, esos ojos saltones que sobresalen de una tez que hoy lucía algo más descuidada porque no se ha afeitado hace días. Pese a ese aspecto esmirriado, hoy Bretón ha hecho lo posible por intimidar a las mujeres que han pasado por la Audiencia de Córdoba. Madres de los compañeros de clase de sus hijos, a las que solicitaba amistad en Facebook mientras llamaba puta a su mujer; profesoras y la directora de la guardería, que no ha aguantado la mirada de Bretón y se ha quebrado mientras decía que José, el menor de los hijos de Bretón, era un niño feliz.
Más que la mirada, asusta la autoestima de José Bretón. Mientras media España buscaba a sus hijos, él estaba cerrando una cita con Conchi, una vieja amiga que quince años atrás no le quiso dar un beso porque tenía un flemón. Conchi ha pasado hoy por la sala y ha relatado con todo lujo de detalles las llamadas que le hizo Bretón el día previo a la desaparición de sus hijos y los días posteriores: Bretón flirteaba descaradamente con ella, aunque no pudo acudir a su deseada cita. Le dijo a sus pretendida que “estaba colaborando con la policía en un caso muy importante”, cuando lo cierto era que no pudo acudir porque ya estaba detenido por el asesinato de sus hijos.

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El pueblo contra José Bretón

imageJosé Bretón ha llegado a la sala perfectamente peinado, con un corte de pelo reciente y una camisa blanca de rayas. Más delgado que en las últimas comparecencias, con ese aspecto casi insignificante. Se ha sentado y cuando su abogado ha pedido que le retirasen los grilletes, ha levantado sus pequeñas y huesudas manos, esas con la que la fiscal y la abogada de la acusación han asegurado que quitó la vida de sus hijos, Ruth y José el 8 de octubre de 2011. Hoy ha comenzado el juicio, una vista que finalizará con la lectura del veredicto que deben dar los nueve componentes del jurado seleccionado hoy y que, como bien ha dicho el defensor de Bretón, José María Sánchez de Puerta, es muy difícil que no estén contaminados por lo visto, leído u oído desde que ocurrieron los hechos.
Bretón encarnará estos días en el imaginario popular la figura del perfecto villano. Así lo ha pintado hoy la abogada de la acusación y así lo ve “el pueblo“. En España no se pronuncia al inicio del juicio –como sí se hace en Estados Unidos– aquello de “el pueblo de Córdoba contra José Bretón”, pero en pocos casos como éste la frase estaría más cerca de la realidad. Y es que no se me ocurre ahora mismo peor trabajo que el de abogado defensor de José Bretón. El letrado José María Sánchez de Puerta –en un buen alegato– ha pedido hoy al jurado que no vean a su cliente como un ser diabólico, que se trata de un hombre incapaz de hacer daño a nadie. Ha aprovechado esta primera sesión para sembrar la duda sobre la integridad de la familia de Ruth y ha anunciado la que será su baza principal: agarrarse al primer dictamen de la antropóloga de la policía que aseguró que en la hoguera de las Quemadillas solo había huesos de animales. Ese será el trabajo del abogado del villano, el peor trabajo del mundo.

Pala en mano

Captura de pantalla 2013-06-12 a la(s) 23.47.09 Antonio del Castillo lleva más de cuatro años queriendo enterrar a su hija Marta. Sabe que murió asesinada. Sabe quién o quiénes la mataron, quién o quiénes hicieron desaparecer su cadáver, pero no tiene un lugar al que llevarle flores. Hoy hemos visto al padre de Marta pala en mano, en la finca La Majaloba, removiendo la tierra, hombro a hombro con los policías que están haciendo lo posible y lo imposible para cerrar para siempre el caso.
La imagen de Antonio del Castillo intentando desenterrar el cuerpo que aún no ha podido enterrar es la imagen del fracaso de un sistema. No es momento de repetir todos los desastres de los primeros momentos de la investigación, los fallos de la instrucción, la desidia de la fiscalía, la incomprensión de los jueces, el hecho de que haya dos sentencias contradictorias, la calaña moral de Caracaño y toda la pandilla basura… Es el momento, al ver la imagen del padre de Marta pala en mano, de reflexionar y de pensar que esta vez el sistema no ha respondido, ha fallado. Y ha fallado con las víctimas, precisamente con quien nunca debe fallar.

El insoportable dolor de la familia de Marta del Castillo

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Los padres de Marta del Castillo son víctimas. Probablemente son las víctimas más víctimas de cuantas he conocido en estos años de ejercicio. Hace más de cuatro años que les arrebataron a su hija Marta y desde entonces, una pandilla de niñatos no ha hecho otra cosa que jugar con su dolor de manera repugnante, con el único objetivo, primero, de salir lo mejor parados posibles y ahora, de ajustar cuentas. Y como víctimas que son, están en todo su derecho de decir lo que les dé la gana. Antonio del Castillo publicó ayer un comunicado en el que le pregunta al juez si ya no está interesado en conocer la verdad. Él y Eva Casanueva, su mujer, se habían aferrado a la nueva versión de Miguel Carcaño como a un clavo ardiendo. Querían creer que Francisco Javier Delgado había matado a su hija y que estaba enterrada en La Rinconada. Insisto, como víctimas que son, están en su derecho de creer y de decir lo que les venga en gana. Sobre todo en un país que se caracteriza por el penoso trato que se da a las víctimas, ya sea de crímenes o de accidentes como el del metro de Valencia, un paradigma perfecto de lo que se puede esperar de las autoridades políticas en estos casos.
En el crimen de Marta del Castillo muchos no hicieron bien su trabajo desde las primeras horas. La policía gestionó mal esos primeros momentos, claves en cualquier pesquisa. Las rencillas entre la Brigada de Policía Judicial de Sevilla y la Comisaría General provocaron agujeros que luego no se pudieron tapar. La Fiscalía y la acusación particular cometieron errores de bulto durante los procesos, sobre todo en el de El Cuco. Esos errores fueron abriendo aún más la herida de la familia de Marta, que no ha dejado de sangrar y a la que el juez echó sal el pasado viernes con el auto que archivaba la supuesta implicación de Javier Delgado en el crimen. En un auto un tanto sobreactuado, el juez Francisco de Asís Molina repartía estopa a diestro y siniestro, especialmente a la policía. Sorprendente que el primer varapalo a la policía llegue cuando, precisamente, están haciendo todo lo posible por encontrar el cuerpo de Marta y cerrar esa herida. El magistrado abroncaba a la policía por haber dado crédito a la nueva versión de Carcaño y, eso sí, les decía que busquen por su cuenta el cuerpo de la víctima. Estoy seguro de que los agentes de Sevilla no cejarán en ese empeño.
No sé si había demasiada base para creer a Carcaño. Aunque lo cierto es que el fiscal no se tomó ni una molestia por comprobarlo –el interrogatorio a Delgado no llega ni siquiera a la categoría de trámite– pero lo cierto es que Miguel Carcaño es un tipo que fue capaz de decir que había violado a Marta con el único propósito de evitar a un jurado. Y esa versión fue la que se creyó y recogió en su apartado de hechos probados la acusación particular, es decir, la familia de Marta. La misma familia que ha querido creer que Marta murió por defender a Carcaño. Y que creerá cualquier cosa en la que vean la posibilidad de paliar el insoportable dolor que arrastran desde hace cuatro años.

Ser víctima en España

¿Son 21 años de cárcel castigo suficiente para alguien que viola y mata a una niña de nueve años? Hay quien dirá que sí, que nuestro Código Penal y nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal están entre las más duras de nuestro entorno, que 21 años sin pisar la calle es una condena suficientemente dura para que hasta el peor asesino pueda regresar a la sociedad; otros dirán que no, que la única condena posible para alguien que viola y mata a una niña es la cadena perpetua o la pena de muerte…
No sé cuál de las dos posturas está más cerca de la estricta justicia, pero sí tengo claro que 21 años de prisión para José Franco de la Cruz, alias El Boca, no son condena suficiente. El Boca violó y mató en 1991 en Huelva a Ana María Jerez Cano, una niña de nueve años, amiga de una familiar del propio asesino. Esta semana salió de prisión, ya que la Audiencia de Huelva estimó que en su caso no se podía aplicar la doctrina Parot –consistente en aplicarle los beneficios penitenciarios descontando desde la totalidad de los 44 años de su condena y no desde los 30 años, el tiempo máximo que alguien puede pasar en prisión– y que, por tanto, no pasaría nueve años más entre rejas. Seguramente ayudó a esa absurda e injusta decisión que el fiscal –representante del Ministerio Público y encargado de velar también por usted y por mí– presentase su recurso contra la puesta en libertad del criminal exactamente un día antes de la fecha fijada para su salida de prisión. Está claro que alguien no hizo su trabajo. Hay criminales de corte muy similar a El Boca a los que sí se les aplicó la doctrina Parot: Valentín Tejero –asesino de Olga Sangrador– o Miguel Ricart –culpable de las muertes de las niñas de Alcásser– son los dos casos que me vienen a la cabeza.
Jose Franco no ha salido ni un solo día de permiso durantes estos 21 años, lo que indica que no ha tenido una buena evolución. De hecho, no se ha sometido a ninguna terapia ni tratamiento para dejar atrás al depredador sexual despiadado que era cuando entró en la cárcel. Pero si había alguna duda, las imágenes y las declaraciones de Franco saliendo de prisión dejan claro que ese individuo necesita unos cuantos años más de prisión, seguramente más de los nueve que iba a estar en el mejor de los casos. Salió negando su culpabilidad, diciendo que no se tenía que arrepentir de nada porque no había hecho nada, altanero y desafiante con los periodistas que le esperaban, hablando de que había estado encerrado 21 años “por la cara”. Posiblemente, El Boca hubiese merecido esa cadena perpetua (revisable) que propuso el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón.
Al margen de su tratamiento penal y penitenciario, quiero fijarme en el tratamiento que la sociedad entera damos a las víctimas de José Franco y de criminales similares. El viernes coincidí con Adoración Cano, la madre de Ana María Jerez. Es una mujer que se siente, con toda la razón, maltratada. Maltratada por unos jueces que se han permitido el lujo en alguna ocasión de echarla de sus despachos; maltratada por un fiscal que no ha hecho su trabajo como debía; maltratada por una justicia que, como toda reparación a la puesta en libertad del hombre que mató a su hija sin haber cumplido ni la mitad de la condena, dicta una irrisoria orden de alejamiento y a la vez le cita en la Audiencia de Huelva para que informe de su paradero…
Se tardó muchos años en España hasta que las víctimas del terrorismo tuvieron el lugar que merecían en nuestra sociedad: respeto, reconocimiento, justas reparaciones, atención de todo tipo… Salvo excepciones, como el vomitivo trato que algunos medios de comunicación dan a las víctimas del 11-M o la repugnante actitud de los herederos de Batasuna con las víctimas de ETA, los que han sido golpeados por el terrorismo no están desamparados ni maltratados ni amenazados. Aún no he entendido la razón por la que ese enorme avance que se hizo con las víctimas del terrorismo no ha ido paralelo al de las víctimas de delitos violentos, que siguen siendo la gran asignatura pendiente de nuestra sociedad.
La opinión pública conoce unos pocos caso al año de estas víctimas maltratadas. Se convierten en caras conocidas y todos empatizamos con ellos. Incluso los políticos se reúnen y se fotografían con ellos y hasta les nombran asesores, como a Juan José Cortés, el padre de Mariluz, la niña asesinada por Santiago del Valle. Él, los padres de Marta del Castillo, la madre de Sandra Palo… Son los rostros de una tragedia que es mucho mayor. En los más de veinte años que llevo dedicados al periodismo de sucesos he conocido a muchas familias arrasadas por la pérdida de un familiar en un crimen. Los medios nos acercamos a ellos mientras dan lectores, audiencia… Pero cuando los focos se apagan, nadie se ocupa de ellos. Ni los medios, ni las administraciones, ni la sociedad. Y cuando llega el día –siempre llega– en el que tienen que ver a los que les privaron de ver crecer o envejecer a sus familiares se impone esa sensación de maltrato, de desamparo. Y por mucha fotografía que se hagan los políticos con ellos, ninguno de esos representantes de la soberanía popular se ha puesto a legislar de verdad para proteger a las víctimas.
Vivimos, afortunadamente, en un sistema de libertades con una justicia garantista, en la que nadie puede ser detenido, procesado o condenado sin las garantías suficientes. Y así debe seguir siendo. Cualquier reo debe gozar de todos los derechos posibles. Pero hace tiempo que tengo la sensación de que ese mismo garantismo debía llegar hasta las víctimas, que hoy carecen, cuanto menos, del trato adecuado. Eso no es ningún recorte de libertades, el mantra al que permanentemente se agarran los talibanes del garantismo.
José Franco está en la calle desde hace unos días. Es un hombre libre. Salvo en Huelva, puede vivir donde quiera. También junto a su casa, aunque usted tenga niñas menores. Nadie puede evitarlo, si siquiera usted tiene derecho a saberlo. Eso sí sería un recorte de libertades. De las del asesino, claro.

Caso Marta del Castillo: el peor de los supuestos

El juicio por el asesinato de Marta del Castillo va tomando el peor de los rumbos posibles. A medida que pasan los días y van escuchándose testimonios en la Audiencia de Sevilla, va cobrando fuerza el temor expresado desde hace tiempo por los familiares de Marta y reforzado la semana pasada, con la ratificación de la sentencia de El Cuco –tres años por encubrimiento–, un fallo tan enrevesado como populista: reconoce el sinsentido de juzgar dos veces el mismo hecho criminal y hace un brindis al sol condenando al menor y a su familia a pagar las costas de la búsqueda de Marta. Pensemos por un momento que a los condenados por narcotráfico se les obligue a pagar el coste de la patrullera que asalta su barco cargado de cocaína en alta mar o las dietas de los Geos que abordan su nave. ¿Absurdo, verdad? Pues algo muy parecido es lo que ha hecho la Audiencia de Sevilla, sumando un despropósito más a una lista ya demasiado larga.
Precisamente, esta mañana ha pasado por la Audiencia de Sevilla uno de los personajes centrales de este caso, Francisco Javier García Marín, El Cuco, para añadir más dolor a la familia de la víctima y más confusión a un procedimiento casi maldito. Yo pensaba que El Cuco iba a tener un perfil bajo en su declaración. Pensaba que, sabedor de que lo peor para él ya ha pasado con la ridícula condena con la que se saldó su participación en los hechos, iba a estar discreto. Yo, como tantas otras veces, estaba equivocado: El Cuco, como todo el mundo en este asunto, ha querido tener hoy su minuto de gloria y que los focos le apuntasen a él y a su ridícula melena. Ha negado su testimonio inicial, en el que admitía haber visto el cadáver de Marta en casa de Miguel y haber ayudado a hacerlo desaparecer. Ha dicho que esa versión, que es la que recoge el apartado de hechos probados de la sentencia que le condena, la dio en sede policial, presionado… Otra retahíla de mentiras coronadas por el titular puesto en bandeja para todos los medios: “Si quieren saber dónde está el cadáver de Marta, pregunten a Miguel.”
Poco se podía esperar de un tipo de la catadura moral de El Cuco. Como poco se puede esperar de Carcaño, de Samuel y de toda esa pandilla basura que está muy cerca de salir airosa de algo tan grave como un asesinato. Porque creo que hay que prepararse para el peor de los supuestos, para que este juicio termine en condenas mínimas. Y es que lo cierto es que hay muy poca materia para poder condenar a nadie. Que todos los implicados en el caso –y no hablo de los que se sientan en el banquillo– hagan examen de conciencia y comprueben qué parte de su trabajo no hicieron bien para que el caso Marta del Castillo se convierta en uno de los mayores fracasos de nuestro sistema policial y judicial. La Fiscalía es uno de esos implicados, cuyo representante hoy también ha querido tener su minuto de gloria acorralando a El Cuco y sobreactuando con quien hoy no era más que un testigo. La misma Fiscalía fue la que durante el procedimiento en el que El Cuco era el acusado, olvidó llamar a declarar a Miguel Carcaño, haciendo posible así que el menor solo fuese condenado por encubrimiento, porque nadie le acusó de otras cosa.

Dos libros, dos joyas

Convertirse en editor en los tiempos que corren debe ser algo muy cercano al heroismo y algo que debemos de agradecer los que, como yo, tenemos como enfermedad la lectura. En mis visitas –voy un par de veces a la semana– a las librerías me gusta fijarme en las novedades de las editoriales independientes y casi siempre descubro alguna joya. De esta manera encontré hace ya unos años las novelas de Robertson Davies en Libros del Asteriode o más recientemente me topé con la sensacional y monumental Homicdio, de David Simon, en Principal de los Libros. Como una vez leí al gran Antonio Muñoz Molina, esos pequeños editores suelen tener un gusto exquisito para construir su catálogo. Así lo demuestra también Errata Naturae, una editorial que ha publicado en un breve espacio de tiempo dos de las mejores recopilaciones periodísticas que he leído jamás: Asesinato en América y Nueva York 8.45 a.m. Se trata de dos libros similares: son crónicas y reportajes periodísticos galardonados con el premio Pulitzer, el más prestigioso de cuantos se entregan en mi oificio. Asesinato en América recoje textos que hacen referencia a ocho crímenes cometidos en Estados Unidos, toda una antología de la crónica negra norteamericana. Nueva York 8.45 a.m. es otra antología de textos, todos ellos referidos a los atentados del 11-S y también todos premiados con el Pulitzer.
La lectura de los dos volúmenes es una verdadera delicia y un deleite para los profesionales del periodismo, que cuando leemos estos textos nos damos cuenta de todo lo que nos falta por aprender de nuestros colegas norteamericanos. En Asesinato en América hay reportajes de investigación tan completos y contundentes como los del Miami Herald que abordan los címenes de la secta liderada por Yahweh ben Yahweh. También podemos leer el fascinante relato que del asesinato de John Fitzgerald Kennedy hace el periodista de UPI  Albert Merriman Smith, testigo directo del magnicidio y de la toma de posesión de Lyndon B. Johnson en el Air Force One. Y, por supuesto, el libro recoje los reportajes que ocho reporteros de The Denver Post hicieron sobre la matanza de Columbine y que les hizo merecedores del Pulitzer en el año 2000. Si alguien espera algo similar a las charlotadas de Michael Moore, que se olvide: lo que hay en estos reportajes es periodismo puro, ese que da respuestas a muchas preguntas sin necesidad de coger ninguna bandera y ese que le da al lector todas las claves para que sea él quien tome posturas. Asesinato en América es un libro  imprescindible para los aspirantes a periodistas y para los que ejercemos este oficio: la pieza vintage sobre el asesinato de un chico de 14 años, Robert Franks, a manos de dos jóvenes adinerados es una joya que por sí misma justifica el libro.

El otro libro, la otra joya, Nueva York 8.45 a.m., recopila reportajes en torno a los atentados del 11 de septiembre de 2001 y sus consecuencias. Todos ellos también han sido premiados con el Pulitzer –a excepción del último, que hace referencia a la caza de Bin Laden– y son un perfecto ejemplo del trabajo de los compañeros de Estados Unidos, donde el periodismo de declaraciones apenas existe y los diarios están plagados de historias. Hay buenos textos de investigación, las estremecedoras crónicas de los ataques al World Trade Center del equipo de The Wall Street Journal, pero una pieza destaca por encima de todas, la del periodista de The New York Times C.J. Chivers, un ex marine que pasó varios días en la zona cero tras los atentados, infiltrado entre los equipos de rescate y que escribió unas crónicas memorables que, sin embargo, no le valieron el Pulitzer. Chivers es el autor de estas palabras que el libro recoge: “Los habitantes de esta suerte de pueblo que es la Zona Cero comían juntos en restaurantes abandonados y cerca de pilas de desperdicios podridos, se dormían juntos donde fuese, sollozaban y rezaban juntos y poco a poco cogían confianza con el nuevo paisaje surgido en la zona meridional de Manhattan, intercambiando información sobre dónde encontrar teléfonos que funcionasen y baños que aún no estuviesen cubiertos de vómito”. Los reportajes de Chivers desde la zona cero le permitieron acudir a Afganistán como corresponsal de guerra y allí escribió la obra maestra recogida en el libro de Errata Naturae, Dos mundos unidos por la guerra. Cuando vivir o morir es tan solo una cuestión de suerte. Memorable. Ya veréis. Y atentos a las próximas publicaciones de esta editorial. Sus responsables tienen un excelente gusto.