La última noche en el Zeta

Llegó al control de radiopatrullas de Madrid después de haber pisado mucha moqueta. Pero pronto el Zeta Sierra 20 se convirtió en un guía indiscutible para un grupo de jóvenes agentes que patrullan las noches de la capital, una “camada” que conforma el primer frente de batalla del 091.

(publicado originalmente el 24.10.2014 en zoomnews)


Alguien que estuvo bajo su mando, a bordo de un coche zeta, y que ahora anda en un destino bien distinto, me habló de él hace tiempo con un enorme cariño: “Es el mejor jefe que he tenido nunca. Le sigo echando de menos cada día”. A las 21 horas del pasado sábado, RicardoZeta Sierra 20– inició su último turno como coordinador de noche de los radiopatrullas –los zetas– de cinco comisarías de distrito de Madrid. Ha ascendido a inspector y pasará una temporada en la escuela de Ávila antes de ir a un nuevo destino. Me avisó de que iba a ser una noche de lágrimas y de emociones a flor de piel. Antes de empezar su turno recibió un mensaje de uno de los suyos que le provocó el primer nudo en la garganta: “Creo que jamás volveré a tener a mi lado a un líder como tú, buena persona, coherente, cercano y, sobre todo, un jefe que se preocupa de su camada. Como tú no hay otro”. El mensaje es de un tipo hecho y derecho, uno de sus cachorros, un patrullero que recorre cada noche los rincones más oscuros de Madrid y que convive en cada turno con lo peor de la ciudad. Pero también con lo mejor, con la hermandad que forman los que, como él, se suben en un coche policial e inician una jornada que no saben dónde les va a llevar con un escueto: “en servicio”.

La última noche quería que fuese como una más, movidita, porque era sábado, pero una más, aunque endulzada por los profiteroles que le había preparado su mujer. Pero al llegar a base y cruzar su mirada con la de Rafa, su compañero, su hermano, supo que no iba a ser una noche más: “La sonrisa y mirada cómplice de Rafa me dice que sí pero no, me dice que trabajaremos igual que siempre, pero que nada será igual que siempre”.

Ricardo llegó a los zetas procedente de un destino en el que casi siempre se está pisando moqueta, lejos de la mugre de la calle: “Diez años en protocolo de la Dirección General, así que decidí volver al barro, a los centauros o a los zetas, donde hubiese sitio”. Y cayó en los radiopatrullas. Como subinspector, le tocó coordinar las comisarías de Latina, Carabanchel, Usera, Arganzuela, Moncloa y Centro. Es decir, medio Madrid. Media ciudad que por las noches patrullaban 90 policías en sus zetas, los que estaban bajo el mando de Ricardo: “Todos chavales jóvenes, la mayoría recién jurados, con mucha ilusión, pero sin experiencia y sin un guía. Esos 90 chavales se convirtieron en 90 hijos”.

El panorama no era fácil: algunos de los distritos más complicados de Madrid al cargo de policías novatos que hasta la llegada de Zeta Sierra 20 no habían tenido un guía, un referente, algo imprescindible en cualquier oficio, también en el de policía: “Me dije que esto había que levantarlo y para eso era necesaria empatía, trabajo, trabajo, trabajo, vista larga y que me viesen trabajar como yo quería que trabajaran ellos”.

Un enorme baño de realidad

El baño de realidad, tras dejar las moquetas y los despachos, fue enorme. “Mi trabajo consistía en coordinar todas las actuaciones de las intervenciones que se generan en el turno por las llamadas al 091. Somos los primeros que actuamos ante amenazas de bomba, homicidios, todo… El primer frente de batalla“. Un frente cubierto por reclutas: “Al principio, ardían el teléfono y la emisora, todo eran dudas hasta que los chicos fueron creciendo. La obsesión era motivar y que hubiera calidad, ante todo calidad”.

Y pronto llegaron los primeros momentos complicados, en los que se mide la calidad, no del servicio, sino del mando. “Cuando uno de los zetas tenía un accidente, iba al hospital con la máxima de que esa soledad que te da ir en un zeta, no fuera tal, y que en todo momento se sintieran arropados y respaldados. Así veía yo la labor de un jefe”.

Los 90 hijos fueron creciendo y haciendo un equipo pétreo, rocoso, impermeable, con su líder. Y desde esa fortaleza veían a diario lo peor de la ciudad, de la sociedad, la primera capa de basura que ellos, los componentes de los zetas, retiran antes que nadie: “Asesinatos, suicidios, muertes solitarias, mucha violencia de género, muchas reyertas, amenazas de bomba, incendios, robos con fuerza, atracos…, pero también muchos servicios humanitarios gratificantes o servicios en los que, por ansia e ilusión, nos hemos extralimitado haciendo las primeras investigaciones”.

La última noche dio para algún respiro: “Recorrido por todas las comisarías en las que en los pequeños periodos de calma llamo a los chicos y chicas para despedirme de ellos. Risas, recuerdos, anécdotas y, sobre todo, miradas cómplices y cabezas bajas, los guardias no lloran, a uno se le escapa que han organizado una cena de despedida y más risas y abucheos para él”.

Pese a luchar con monstruos y mirar cada noche al abismo, Ricardo y sus 90 hijos mantienen limpia la mirada. “De lo que más orgullosos estamos es de que tanta miseria no nos deshumanice y tengamos siempre la capacidad de empatizar”.  Los peores momentos llegan cuando por la emisora uno de ellos pide apoyo: “Ese nudo en el estómago y el coche a toda velocidad cada vez que un compañero ha pedido  auxilio y esa impotencia y la obligación de mantener el tipo cada vez que han agredido a alguno de los chicos”.

Su última noche, Ricardo quiso mantener los rituales. El café a las tres de la madrugada, “donde siempre, por supuesto, un lugar céntrico pero discreto, en un sitio especialmente escogido en el que no estás a la vista de todos, ya que para mí la imagen del guardia en el bar se malinterpreta aunque estés diez minutos”. Lo sirve María, que le recuerda que no es una noche más: “¿El último café?” “Siempre es el penúltimo, María”. Y la camarera recuerda la de veces que han dejado la cena por salir corriendo, la de veces que se la habrá recalentado. Y Ricardo piensa que a lo mejor hasta alguna vez se ha ido sin pagar.

La despedida

Un comunicado de Usera rompe la calma: acaban de apuñalar a un tipo y dan descripción del autor y lugar. “Llegamos los primeros, ya sabemos qué hacer”. El malo anda por ahí cerca. Trincado, otro palote. A esperar a los de amarillo, al verdadero cuerpo hermano de los zetas, los del Samur, que se unen a una noche de despedidas.

A las seis y media del domingo, el turno y un ciclo de seis años se termina para Ricardo. Coge la emisora y habla para todos los zetas:

– H50 para ZS20.
– Adelante, ZS20.
– Para comunicar a todos los zetas que este indicativo se disuelve, ha sido un placer trabajar con todos ustedes, gracias por su profesionalidad y por hacer tan fácil mi trabajo, gracias también a todos los operadores de esa sala por estar siempre pendientes de nosotros.

Aunque los guardias no lloran, aunque las retinas de Ricardo han almacenado en estos seis años escenas terribles, esta vez la voz se le quiebra y las lágrimas asoman cuando los zetas van respondiendo:

– Jefe este turno no será lo mismo sin usted.
– Este turno será igual mientras estéis vosotros.

Al fin, el zeta en el garaje. La mirada cómplice entre Ricardo y Rafa mientras saca la llave de contacto. Una despedida sencilla –”¿sabes que eres como mi hermano, verdad?”– y la mirada al suelo del compañero, que solo puede asentir. Fin de trayecto en la taquilla. Toca recoger las cosas: “Cambio la funda del arma antirrobo que siempre llevo, por la oficial, en Ávila nadie querrá quitármela, como sí me ha pasado alguna vez aquí en la jungla”.

Camino de casa, ya libre de servicio, Ricardo sigue pensando en todos esos hijos que deja huérfanos. “Pienso en todos esos amigos que dejo atrás, en lo mucho que dan a diario por tan poco, incluso a veces no se llevan ni un gracias de la gente, pienso en si podría haber hecho algo más por agradecerles yo su trabajo, pero he hecho lo único que podía y sabía hacer: estar con ellos”.

El domingo por la mañana se acabó una etapa para Ricardo. “Ahora toca forrar libros e hincar codos con el fin de hacernos mejor, para hacer mejor las nuevas misiones y responsabilidades que quedan por venir”. Pero esta etapa es como esas mujeres que no puedes olvidar aunque vivas cien vidas, esas que dejan cicatrices en la piel, en el alma y en el corazón. “Después de haber pasado por científica, infiltrado en policía judicial, policía en el transporte, protocolo… Me quedo con la esencia de la policía, con lo que visualiza la gente cuando nombran a la policía: los zetas”.

El último pensamiento de Ricardo su último día en los zetas es para su familia: “Jamás piensas en ellos cuando trabajas, pero ahora pienso en la de fines de semana, festivos y noches que les he dejado solos. Ellos saben que estaba donde tenía que estar y de paso mi hijo aprovechaba para ocupar mi lado de la cama”. Al llegar a casa, a Ricardo le recibió su hijo en pijama: “¿Ya no trabajas más verdad papi?” “No cariño, pero dentro de un tiempo, volveré“.

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Publicado por

manuelmarlasca

Reportero. Se me ve por La Sexta y se me oye en Onda Cero.

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