Lo que aprendí con Antonio Muñoz Molina

Imagen Pocas veces me he alegrado tanto al enterarme del ganador de un premio literario. Antonio Muñoz Molina ha ganado hoy el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y al contarlo en Más Vale Tarde, confieso que hasta me he emocionado. Tengo el placer de conocer a Antonio: he pasado dos buenas veladas con él, en compañía de su mujer y la mía, en Madrid y en Nueva York, y es de esas personas con las que yo estaría hablando, debatiendo y, sobre todo, aprendiendo, hasta caer desmayado de agotamiento. Muñoz Molina está muy alejado del dogmatismo que suele corresponder a personas como él: escritor, académico e intelectual en el mejor y más amplio sentido de la palabra. Antonio escuchaba atento mis historias sobre criminales, policías… con la atención de un alumno aplicado. Hablamos sobre periodismo, literatura, asesinatos… Pero yo, sobre todo, aprendí, como he aprendido siempre que he leído palabras que han salido de su pluma.
Aprendí de jazz y de literatura cuando cayó en mis manos la primera novela que leí de él, El invierno en Lisboa; aprendí cómo se puede hacer la mejor de las literaturas contando las andanzas de un asesino en serie leyendo Plenilunio; aprendí a mirar de una manera distinta mi adorada Nueva York con Ventanas de Manhattan; aprendí que las historias de la mili pueden ser una obra maestra con Ardor guerrero; y aprendí mucho, muchísimo, de la condición humana en la que para mí es una de las mejores novelas de la literatura contemporánea en castellano, Sefarad. Hace poco, dedique este post a su última colección de ensayos, Todo lo que era sólido, una joya imprescindible para comprender los tiempos en los que estamos.
Sus colaboraciones semanales en Babelia es lo primero que leo los sábados y con ellas he aprendido a escuchar música, a mirar cuadros, fotografías y hasta ciudades y he descubierto decenas de autores, como Alice Munro o Victor Klemperer; las anotaciones de su blog son orfebrería de la palabra… Pero, sobre todo, Antonio Muñoz Molina da ejemplo y enseña a diario con su postura vital, con su independencia, con su compromiso con la libertad, la concordia y con su frontal oposición a cualquier totalitarismo y a cualquier comportamiento sectario, como el de los que le atacaron por ir a recoger un premio que le concedió la ciudad de Jerusalén el pasado mes de febrero. Este artículo que escribió a raíz de esos ataques es el mejor ejemplo de quién es Antonio Muñoz Molina. Por esas palabras y por todas, muchas gracias, Antonio.

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Lista de lecturas recomendables para un uso correcto del lenguaje

PP-COSPEDAL

2013_2_16_9vdcxk41tllmwwkt8od0s2Vaya por delante que no me gusta que nadie vaya a casa de nadie a protestar por nada. El domicilio de cada uno es inviolable, así lo dicen las leyes. Y en los domicilios hay hijos, padres, esposas… que poco tienen que ver con la actividad que se trata de recriminar con esos escraches, acosos, piquetes informativos o como le queramos llamar. Como dijo mi ‘hermano’ Luis Rendueles en Más Vale Tarde, no me gusta ni siquiera que se vaya a casa de José Bretón, el asesino de Ruth y José.
Una vez dicho esto, que la presidenta de Castilla-La Mancha y secretaria general del Partido Popular, María Dolores de Cospedal, haya dicho que los escraches son “nazismo puro” me parece una ofensa a las verdaderas víctimas del nazismo, que fueron millones de personas en toda Europa. Y, además de ofensivo, es una estupidez. Tan ofensivo y tan estúpido como cuando las plataformas de afectados por la hipoteca hablan de genocidio para definir la tragedia de los desahucios e incluso encabezan manifestaciones con pancartas que emplean esa palabra. Imagino a kurdos, judíos, armenios, ruandeses, bosnios musulmanes, camboyanos, indios guatemaltecos… revolviéndose ante el alegre uso de la palabra que nació para designar crímenes contra la humanidad.
Me voy a permitir recomendar a los que emplean una y otra palabra con alegría y sin ser conscientes de su verdadero significado una lista de lecturas, con la seguridad de que no la harán ni caso, porque el mal uso de las palabras nazismo y genocidio radica en la supina ignorancia, un mal que se suele paliar con las lecturas. Ahí van:
El infierno de los jemeres rojos, de Denise Afonço.
Si esto es un hombre, de Primo Levi.
Quiero dar testimonio hasta el final, de Victor Klemperer.
Bajo una estrella cruel, de Heda Margolius Kovaly.
Crónica del gueto de Varsovia, de Emanuel Ringelblum.
Una temporada de machetes, de Jean Hatzfeld.

Hay chicos malos

El título de esta entrada está copiado de un libro de mi colega y amigo Alfonso Egea dedicado al caso Marta del Castillo. En él, Egea dejaba claro que, ciertamente, hay malvados de 15, 16 o 18 años, que la maldad no tiene edad y que la joven sevillana tuvo el infortunio de tener entre sus amigos a un grupo de desalmados.
La novela de Lionel Shriver ‘Tenemos que hablar de Kevin’ aborda desde la ficción la misma temática: desde casi la primera página sabemos que el protagonista del libro, Kevin, es un adolescente que ha cometido un horrendo crimen. Nos lo cuenta su madre, Eva, que a lo largo de las 600 páginas del libro, le va contando a su marido y padre del niño y a todos los lectores, lo ocurrido con Kevin desde su concepción a los hechos que le tienen confinado en un centro de reclusión.
Lo impactante de esta novela –verdaderamente brillante, bien narrada, de estructura perfecta y con un final que lees una y otra vez– es que la maldad y la crueldad de Kevin son percibidas por su madre desde el primer momento. La relación de Eva con su hijo hace saltar por los aires esa especie de sacrosanto vínculo de la maternidad, que supuestamente está por encima de cualquier cosa. Eva sabe que Kevin es malvado y que desde la cuna disfruta con el sufrimiento ajeno.
Lionel Shriver traza el perfecto retrato de un psicópata: alguien incapaz de ponerse en el lugar de los demás, para quien el resto del mundo no son más que herramientas de las que valerse para obtener su propia satisfacción –especialmente acertado el dibujo de la relación de Kevin con su ‘mejor amigo’–; un manipulador excelente, un mentiroso compulsivo, un narcisista y egocéntrico gigantesco y poseedor de una crueldad sin límites.
El libro hace reflexionar también sobre la dejación de funciones de los padres, sobre la falta de asunción de responsabilidades que permitimos a nuestros hijos, un mal presente en las sociedades más avanzadas desde hace un tiempo. ‘Tenemos que hablar de Kevin’ es, probablemente el libro que mejor refleja la maldad de cuantos he leído. Ni siquiera autores como Robert K.Ressler –que ha entrevistado a decenas de asesinos– plasman con tanta fidelidad y brillantes el retrato de un criminal.

Una ‘gran novela americana’

Críticos literarios que leen y saben mucho más que yo llevan décadas detrás de eso que llaman “la gran novela americana”. De Lillo, Roth, Ford y últimamente Franzen han sido candidatos a este título, pero nadie se aclara sobre el merecedor de ese galardón. Hace meses, leí a Carlos Boyero en Babelia un artículo en el que decía que lo mas parecido a ese santo grial de las letras estadounidenses era ‘Cualquier otro día’, de Dennis Lehane.
No había leído nada del autor, conocido por sus novelas adaptadas el cine ‘Mystic River’ y ‘Shutter Island’, pero el aval de Boyero me pareció suficiente para atacar la voluminosa (730 páginas) de Lehane en las vacaciones de verano. Y en apenas cinco días di cuenta de ella.
El libro nos lleva hasta el Boston de 1918, el final de la Primera Guerra Mundial. Boston no era, ni mucho menos, la ciudad que conocemos hoy, sino un estercolero en el que italianos e irlandeses luchaban por cada palmo de tierra y en el que la segregación racial estaba tan presente como en el profundo sur. El arranque y el cierre del libro están protagonizados por un personaje real, Babe Ruth, la primera celebridad que dio el béisbol. Y entre medias, por ese Boston de principios de siglo desfila una galería de personajes colocados por Lehane en hechos reales, como la huelga protagonizada por el cuerpo de policía de Boston, los disturbios que arrasaron la ciudad y la aparición de los primeros movimientos anarquistas.
El policía Danny Coughin y el negro Luther Laurence son los protagonistas de una novela casi coral. Sus destinos se unirán en la convulsa ciudad y en una historia de amor que sirve de fondo a esta novela histórica de un periodo muy poco conocido fuera de Estados Unidos.
Lehane se sitúa en ‘Cualquier otro día’ casi más cerca de los cánones de la gran novela rusa que de la narrativa norteamericana. Los detalles históricos, la construcción de personajes y el devenir de los mismos son más propios de Tolstoi que de Faulkner. Las relaciones familiares –Danny Coughin, su padre, su hermano…– y la violencia como marchamo vital –en la trayectoria de Luther– son dos de los grandes ejes sobre los que gira el libro, que pone el foco en un asunto tan de actualidad como los derechos y las condiciones laborales de los funcionarios públicos –policías– y la utilización que de ellos hacen los políticos.
En definitiva, no sé si ‘Cualquier otro día’ es, como sugería Boyero, ‘la gran novela americana’, pero sí es, desde luego una gran novela.

‘Dura la lluvia que cae’ y la importancia de un librero(a)

Los que seguís este blog ya habéis leído la devoción que profeso a la librería Negra y Criminal, un templo del género situado en el barrio de la Barceloneta, regentado por dos libreros de verdad, Paco y Montse. En mi última visita allí, me dejé asesorar por ellos, como hago siempre, y Montse me recomendó Dura la lluvia que cae, una novela de un autor del que nunca había oído hablar, Don Carpenter. El libro, editado por Dumo, estaba avalado por un prólogo de George Pelecanos, uno de los artífices de esa obra de arte de la televisión, The Wire. Y, naturalmente, ni Pelecanos ni Montse fallaron. Me he devorado las 350 páginas de la novela en un par de días, en los que he tenido esa extraña e infrecuente sensación que tenemos los lectores cuando estamos avanzando por las páginas de un libro, con el convencimiento de que tardaremos mucho en volver a leer algo que nos sorprenda y nos guste tanto.
Vaya por delante que, tal y como de advirtió Monste, Dura la lluvia que cae no es una novela negra. Pelecanos dice en el prólogo que es “literatura popular de la mejor especie”. Yo no me atrevo a etiquetarla, tan solo aseguro que es un libro extraordinario. Carpenter cuenta la historia de dos tipos entre 1947 y 1960, un blanco y un negro, igual de inadaptados que comienzan siendo delincuentes juveniles y buscan cada uno una difícil redención.
La vida en los salones de billar, en los penales más duros de California, en los tugurios de Seattle y Portland… Jack y Billy nos acompañan en un recorrido plagado de personajes amorales, despiadados, pero que rezuman realismo y humanidad en el peor sentido de la palabra. A lo largo de la historia percibimos el fatalismo y la falta de escapatoria para los dos personajes. No hay tabúes para Carpenter, que se atreve a ser políticamente incorrecto con el sexo, las diferencias raciales, el sistema de justicia norteamericano…
No quiero destripar más un libro, al que merece la pena enfrentarse casi desnudo, solo con las referencias de una librera y de Pelecanos.

‘Así son, así matan’ y ‘Una historia del 11-M que no va a gustar a nadie’, a la venta en edición digital


Se cumplen diez años de la publicación de, ‘Así son, así matan’ (Temas de Hoy), el primero de los tres libros escritos por la sociedad periodística-editorial que formamos Luis Rendueles y yo. La obra tuvo un éxito arrollador, llegamos a los ocho ediciones convencionales y a la de bolsillo y nos dio muchas alegrías, que continúan una década después, porque ahora nuestra editorial acaba de publicar ‘Así son, así matan’ en edición digital.
Aquel primer libro, que contaba con un excepcional prólogo de Lorenzo Silva, recogía veinte asesinatos cometidos en los diez años anteriores (1992-2002). Por las páginas de ‘Así son, así matan’ desfilan monstruos como Antonio Anglés –el asesino de las tres niñas de Aclásser–, Joaquín Ferrándiz –autor de cinco asesinatos de mujeres en Castellón–, Petru Arcan –el moldavo que mató a un abogado irrumpiendo en su casa de Pozuelo de Alarcón (Madrid)–, los secuestradores de Anabel Segura…
En aquel momento –2002– habían aparecido muy pocos libros que tratasen los crímenes de esa manera. En los veinte casos trabajamos con los sumarios judiciales, hablamos con los policías o guardias civiles que intervinieron en cada uno de ellos… Se trata de un trabajo periodístico de profundidad y en el que contamos con la ayuda generosa de muchos profesionales de las fuerzas de seguridad, el derecho… El esfuerzo tuvo su recompensa. AL margen de las ventas del libro, que nos dieron la oportunidad de seguir trabajando con Temas de Hoy, la obra se incluyó en muchas bibliografías de escuelas de Criminología y Psicología y las críticas que recibimos fueron espectaculares. Temas de Hoy da ahora una nueva oportunidad a los que quieran hacerse con ‘Así son, así matan’, descatalogado desde hace tiempo.

También nuestro tercer libro, ‘Una historia del 11-M que no va a gustar a nadie’, cuenta ahora con la oportunidad de comprarlo en formato de libro electrónico. El caso de este volumen es bien distinto y muy curioso. Invertimos en él un esfuerzo enorme, que pasó por la lectura detallada de todos y cada uno de los volúmenes del sumario instruido tras los atentados de Madrid, entrevistas con decenas de policías, confidentes, guardias civiles, abogados, víctimas… Sin embargo, las ventas fueron muy discretas. Al margen de la calidad del libro, nuestra obra tenía la cualidad y a la vez el defecto que no estaba alineada en ninguno de los dos frentes vergonzosamente abiertos tras los atentados. Nos alejamos de cualquier trinchera, como bien indica el título, y nos limitamos a narrar los hechos anteriores y posteriores a los atentados de Madrid, de los que unos y otros obtuvieron réditos políticos y comerciales.
En ‘Una historia del 11-M que no va a gustar a nadie’ recogemos los perfiles y las trayectorias de los asesinos del 11-M, contamos la historia de Helena y Raquel –las mujeres españolas de dos mandos de Al Qaeda, Mustafa Setmarian y Amer Azizi–, ponemos de manifiesto todos los errores y descoordinaciones que hicieron posible la tragedia y dedicamos la última parte del libro a las teorías conspiratorias. Me sigo avergonzando de lo ocurrido tras el 11 de marzo de 2004 en mi país y en mi profesión. Por eso, estos días que he releído parte de nuestro libro, me siento orgulloso de compañeros que se mantuvieron firmes, lejos de las trincheras, dedicados solo a intentar informar.
Tenéis los dos volúmenes en las principales tiendas de e-books: Amazon, iBooks, Casa del Libro… No dejéis de darme vuestra opinión si compráis alguno de los dos.

‘El club de los pringaos’, un libro con el sello del mejor periodismo

Estos días se pone a la venta El club de los pringaos, el nuevo libro de Daniel Montero. Tengo el privilegio de trabajar en la redacción de Interviú junto a Daniel e incluso he firmado varios reportajes con él. Así que he tenido la posibilidad de leer algunos capítulos de su nuevo libro mientras el volumen se acababa de cocinar. La lectura me ha confirmado lo que ya sabía: Daniel Montero lleva en su ADN profesional las células de una especie en extinción, el reportero, ese profesional de la información cuya única servidumbre es la de buscar la verdad, sin hipotecas ni ataduras de ninguna clase, sin ninguna carga ideológica, solo con la obsesión de contar la realidad para brindársela a los únicos ante quien responde: sus lectores.
Hablaré algo de El club de los pringaos, aunque sin destripar el libro. Daniel presenta en estas páginas un panorama que da toda clase de motivos para la indignación de los que, por lo civil o por lo criminal, pagamos religiosamente nuestros impuestos. Daniel pone sobre en negro sobre blanco los privilegios de las grandes empresas, de la clase política –de los que ya dio debida cuenta en La casta, su primer libro–, la hipocresía de quienes dicen perseguir el dinero negro y le abrieron las puertas y le pusieron alfombra roja para financiar servicios básicos. Daniel no tiene reparos en hablar de España como un paraíso fiscal para las multinacionales o de señalar a ilustres titulares de SICAV, ese invento para que las grandes fortunas apenas tributen y entre cuyos tenedores hay hasta miembros de la familia real española… En fin, el libro es más que recomendable, aunque las conclusiones que saquemos sirvan para tratar de ser los próximos protagonistas de un Españoles por el mundo...
Decía al principio que tengo el privilegio de trabajar con Daniel Montero y no es una frase hecha. Montero es un periodista enorme, uno de esos tipos que entiende este oficio casi como un sacerdocio, en el que solo tienen cabida, además del periodismo, sus citas con el rock and roll. Dani es capaz de encontrar el dato preciso en una montaña de papeles o de analizar un balance de cuentas en lo que para el común de los mortales no es más que una ilegible ensalada de números. He visto a Dani perseverar como pocos en sus búsquedas, perseguir a sus presas, ir de despacho en despacho o llamar a cientos de teléfonos hasta que ha dado con quien buscaba. He comprobado como Daniel ha encontrado los datos registrales de una casa en el último confín del planeta o como ha seguido el rastro de una sociedad mercantil por Liechtenstein, Bahamas, Gibraltar… hasta acabar en un despacho madrileño. Me he reído cuando he visto los cuestionarios de imposibles respuestas que envía a aquellos a los que va a hacer un traje antes de publicar la información para darles la oportunidad de rebatir sus irrebatibles informaciones. Su tenacidad, sus conocimientos y su dedicación a este oficio me abruman –a mí y hasta a los profesionales dedicados a la lucha contra la delincuencia económica, que alguna vez le han pedido ayuda–, pero confieso que de cuando en cuando le observo desde mi mesa y veo en él aquellas viejas reglas y aquellos códigos que los maestros de esto me enseñaron que tenía que cumplir un reportero.
Así que, creedme. Cualquier trabajo de Daniel Montero tiene el sello de eso que, como dice Cruz Morcillo, llamaban periodismo. El club de los pringaos no es una excepción.