El 11-S y el 11-M

Hoy es 11 de septiembre. En 2010 y en 2011 hice aquí reflexiones que son igual de válidas en este undécimo aniversario de los atentados. Sigo dedicando buena parte del día de hoy a recordar aquellos momentos, a rememorar mis visitas posteriores a Nueva York, a emocionarme con el dolor, pero también con la grandeza de Estados Unidos a la hora de afrontar un desastre así. El mismo dolor y la misma emoción me llega cada 11 de marzo o, simplemente, cuando paso por la estación de Atocha.
Pero hay grandes diferencias entre las consecuencias y las reacciones a las dos matanzas, perpetradas con el mismo fin: acabar con un sistema de vida que odian unos tipos que nos quieren devolver a la oscuridad de la Edad Media. Los objetivos eran los mismos en Madrid, en Nueva York, en Dar el Salam, en Londres, en Bali, en Bombay… Sembrar el terror, declarar una guerra a todo un sistema de valores y de vida, a eso que rige Occidente y que, aunque ahora parezca lo contrario, nos ha permitido el mayor periodo de paz y prosperidad de la historia a los países que formamos parte de él.
Tras los atentados del 11 de septiembre, todo el país se unió en torno a su presidente, aunque un inepto como George W. Bush ocupase ese cargo y el de comandante en jefe. Los norteamericanos entendieron que aquello estaba muy por encima de la política y de cualquier interés partidista. Se multiplicaron los alistamientos voluntarios para acudir a Afganistán a combatir contra los responsables de aquel horror. Una comisión puso al descubierto centenares de fallos y errores de coordinación entre las agencias estatales, que hicieron posible el atentado, pero a nadie con un mínimo de notoriedad pública se le ocurrió hablar de conspiración, más allá de unos cuantos friquis que dieron rienda suelta a su antisemitismo o a su antiamericanismo, como el payaso francés que escribió un libro asegurando que ningún avión cayó en el Pentágono y que en España fue publicado –oh, sorpresa– por la editorial que pertenece al mismo grupo que el periódico que lideró la conspiranoia en España. Aquí, tras el 11-M ya sabemos lo ocurrido. Los que en EEUU eran friquis aquí se convirtieron en peones negros e incluso tenían sus portavoces en radios y periódicos. El gobierno del Partido Popular mintió o, cuanto menos, ocultó la realidad de lo que estaba pasando para ganar tiempo hasta las elecciones del 14 de marzo, empeñándose en responsabilizar a ETA de los ataques, cuando las investigaciones de su propia policía iban por un lado muy distinto y acertado, el del atentado yihadista. Y la oposición vio un filón en la torpeza de la gestión de la crisis y alimentó manifestaciones en las que se acabó por culpar de los casi 200 muertos al presidente Aznar, algo inaudito. Tan inaudito como aquella retirada por la puerta de atrás de las tropas españolas de Irak anunciada con solemnidad por el presidente Zapatero, que hizo perder a nuestros militares una buena parte del prestigio ganado con su profesionalidad y su sangre.
El 11-S sirvió para que la sociedad norteamericana se reconciliase con el periodismo, después del affaire Clinton-Lewinsky y de la Guerra del Golfo, en la que los medios estuvieron demasiado adocenados, según el punto de vista norteamericano. Del desastre del 11-S nacieron reportajes brillantísimos, verdaderas obras de museo del oficio, algunas de ellas recogidas en un maravilloso libro, Nueva York 8.45 am (Errata naturae), del que hablo aquí. Tras el 11-M se vivió el momento más vergonzoso para la prensa en la historia de nuestro país. Los medios y los profesionales se plegaron a bastardos intereses partidistas o incluso personales. Muchos periodistas fueron sacrificados en el ara del servicio a la causa. Se crearon dos bandos irreconciliables y la línea divisoria no era la verdad, sino los intereses de uno u otro. Hubo víctimas en los dos lados: desde aquella periodista que buscó desesperadamente el terrorista suicida que había en los trenes después de anunciarlo en un boletín al veterano reportero que pasó meses en busca de agujeros negros, como el de la cinta de la Orquesta Mondragón convertida en pista definitiva que conducía a ETA… Fueron tiempos en los que muchos nos ruborizamos, nos avergonzamos de ejercer un oficio que nunca estuvo más prostituido. Unos pocos, como muchos compañeros de Telemadrid y los irreductibles amigos de ABC, se mantuvieron firmes en su profesionalidad, no sin un coste personal a veces gigantesco.
Las víctimas del 11-S son recordadas año tras año con un respeto y una solemnidad que parte el alma. El presidente siempre encabeza el acto y se recitan los nombres de las 3.000 víctimas. Si vais a Nueva York no podéis dejar de visitar el sobrio pero bellísimo memorial erigido junto al lugar en el que estaba el World Trade Center y en el que están todos los nombres de los muertos aquel infame día. Bomberos, policías, civiles, soldados y hasta los perros de salvamento –como me recuerda Mayka Navarro, estos días en Nueva York– son considerados héroes y como tales se les rinde honores. En España ni siquiera somos capaces de rendir homenaje a nuestras víctimas de manera conjunta. Cada asociación monta su acto y en ninguno de ellos hay presencia de altas autoridades, para no herir las sensibilidades del resto de asociaciones. Lo ocurrido después del 11-M me avergüenza como periodista y como español.
Un subinspector de policía, Francisco Javier Torronteras –a cuya memoria dedicamos nuestro libro sobre el 11-M, murió el 3 de abril de 2004 cuando entraba en la guarida de los asesinos del 11-M. Casi nadie, salvo todos sus compañeros, le recuerda como lo que fue: un héroe. Muy al contrario, su memoria se sigue pisoteando cada vez que algún mal nacido –algunos de ellos periodistas de muchos galones– dice que en Leganés no murió ningún terrorista, que colocaron los cadáveres allí o sandeces similares.
Estados Unidos reaccionó como lo que es: un país imbatible a la hora de permanecer unido, a la hora de enfrentarse a las amenazas y a la hora de honrar la memoria de sus héroes. Con sus luces –muchas– y sus sombras –también muchas–. En EEUU, once años después, los acusados del 11-S siguen en el limbo jurídico de Guantánamo, mientras que en España, el trabajo de la policía y de los jueces posibilitó el procesamiento y la condena a un buen puñado de yihadistas.

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Hoy es 11 de marzo

Hoy es 11 de marzo, una fecha que para mí está marcada en el calendario. Cada año vuelvo a esa mañana, a esas imágenes, a la tristeza que me dejó paralizado. Recuerdo perfectamente que esa noche lloré cuando acosté a mis hijos, pensando que ahí fuera había gente dispuesta a hacernos un enorme daño. Recuerdo los días siguientes, las primeras detenciones, el trabajo sin descanso de la policía, la sarta de mentiras lanzadas desde Moncloa, la jornada de Liga que nunca debió celebrarse, las nada espontáneas manifestaciones cercando la sede del PP, las elecciones, el 3 de abril, el asesinato del geo Javier Torronteras, la satisfacción de ver muertos a los terroristas… Pero, por encima de todo, recuerdo la tristeza de aquellos días que vuelve cada 11 de marzo. O que vuelve cada vez que regreso en AVE a Madrid y veo las flores de la calle Téllez. O que vuelve cuando corro por el Retiro y se me hace un nudo en la garganta cuando paso por el Bosque del Recuerdo…
Ocho años después, sigo teniendo motivos para la tristeza. Ocho años después, mi país es incapaz de mantenerse unido en la conmemoración de una tragedia como la del 11 de marzo, el peor ataque terrorista sufrido jamás en Europa. Las víctimas siguen divididas, solo un miembro del Gobierno –Alberto Ruiz-Gallardón– ha anunciado su presencia en los actos que recuerdan los atentados, los sindicatos han elegido el día de hoy para manifestarse contra el Gobierno y el atentado sigue siendo usado como herramienta política. Mi tristeza hoy aumenta porque soy periodista y creo que mi profesión dio lo peor de sí misma con ocasión del 11-M. Muchos profesionales fueron represaliados por negarse a mantener doctrinas oficiales y a otros, su postura de firmeza les supuso un alto coste. En Telemadrid y en ABC saben de lo que hablo. El 11 de marzo sirvió para que algunos pseudoperiodistas que en otros países no serían más que friquis hayan tenido tribunas en periódicos de tirada nacional, solo porque servían para alimentar las teorías conspiranoicas. Todavía hoy me he encontrado alguna portada destinada a sembrar la duda, basándose en una irrisoria encuesta que pregunta, por ejemplo, si ha quedado claro qué explosivo se utilizó en los atentados. Estoy seguro de que en EEUU la mayor parte de la población no sabe qué modelos de aviones se estrellaron contra el World Trade Center el 11 de septiembre de 2001 y no por eso se quiere echar por tierra todo lo investigado.
Aquel united we stand que surgió tras el 11 de septiembre en EEUU me sigue provocando una enorme envidia. El país entero se unió en torno a las víctimas, los atentados –pese a que, como en España, estuvieron precedidos de muchos errores de los servicios de información– no sirvieron como arma arrojadiza política y todos los norteamericanos tuvieron claro quién era el enemigo: unos tipos que, como hicieron luego en Madrid y en Londres, querían acabar con el sistema de valores en el que vivimos en esta parte del mundo. Unos tipos que, como Jamal Zougam –ese terrorista al que ahora se nos quiere presentar como un pobre inmigrante, víctima de una conspiración pergeñada, entre otros, por dos mujeres que sufrieron las consecuencias de las bombas–, aborrecen nuestro modo de vida, odian la democracia, la igualdad entre hombres y mujeres, la separación entre las leyes divinas y las del hombre…
Siento tristeza cuando pienso en Laura, una mujer que está en coma irreversible desde hace ocho años y que un periódico, el mismo de siempre, osó fotografiar y enseñar en su cama en una repugnante muestra de pornografía del dolor; siento tristeza al recordar a Javier Torronteras, el geo asesinado en Leganés, al que los amigos de los terroristas profanaron su tumba y al que algunos mal nacidos profanaron su memoria, insinuando que en el piso de Leganés nunca hubo terroristas vivos y que el inspector Torronteras fue una baja necesaria para que la conspiración cuadrase; siento tristeza al ver vapuleados a todos aquellos –policías, guardias civiles, funcionarios judiciales, jueces, fiscales– que se dejaron una parte de su vida para que España pudiese juzgar a los terroristas que participaron en la matanza y a los que se les paga con portadas como la que antes he recordado; siento tristeza cuando veo germinar la semilla del islamismo más radical en mezquitas de toda España y soy rápidamente tildado de islamófobo por los amantes de la alianza de civilizaciones cuando aviso de ello… Hoy es 11 de marzo. Y hoy, más que nunca, me gustaría vivir en un país que hoy solo recordase a sus víctimas.

Siete años del 11-M


En unos días se cumplirán siete años de los atentados del 11 de marzo de 2004. Volverán los emocionados recuerdos a las víctimas y continuarán las mentiras propagadas por los que intentan hacer buena la máxima de que una mentira, a fuerza de repetirla, se convierte en verdad. No es cierto. No lo ha sido nunca y no lo será en esta caso. Estas últimas semanas nos hemos dedicado en Interviú a revisar todo lo que, judicial y policialmente, se ha hecho desde los atentados, los procedimientos que se han abierto, los juicios que se han celebrado en España y en otros países… El trabajo, para el que ha resultado imprescindible la ayuda que nos ha prestado María Ponte García, una abogada comprometida de verdad con las víctimas, ha servido para conocer la auténtica dimensión de esas mentiras cacareadas siempre desde el mismo lugar, por aquellos que se erigen en portavoces de las víctimas –de todas, cuando representan solo a un grupo de ellas, que merece, por supuesto, todos mis respetos– y que mercadean siete años después con la masacre terrorista. Son los que dicen que “el 11-M se cerró en falso” o “hay que seguir investigando el 11-M”. ¿Saben esos que aún hoy, en los laboratorios de la policía, se siguen identificando huellas de los escenarios claves de la matanza o que se le continúa poniendo nombre a los restos biológicos hallados en Leganés, en Morata de Tajuña, en los coches relacionados con los terroristas?.
Si lo saben, evidentemente no les interesa, no se ajusta a su verdad, a la de esa extraña y poliédrica conspiración que aún no han acabado de explicar. Como tampoco les interesa conocer que siete años después la policía busca aún a los terroristas fugados tras el 11-M. Como contamos esta semana en Interviú, Said Berraj, al que los servicios de información apuntan como uno de los organizadores de la matanza, se ha escondido en Indonesia, tras pasar varios años en Turquía. Él es el único fugitivo del 11-M que sigue con vida, después de que Daoud Ouhnane y Mohamed Afalah se inmolasen en Irak y que Mohamed Belhadj, Abdelillah Hriz e Hicham Ahmidan fuesen condenados en Marruecos, gracias a las investigaciones de la policía española.
En los próximos días se celebrarán dos juicios contra personas relacionadas con los terroristas que perpetraron la masacre. En uno de ellos se sentará en el banquillo Moutraz Almallah Dabas, para quien el fiscal pide ocho años por adoctrinar a algunos de los autores del 11-M, como a El Tunecino. En el otro, serán juzgados los integrantes de una red de ayuda y financiación a los fugados tras la matanza. Otros dos grupos similares, componentes de la Red Tigris, han sido ya juzgados y condenados.
Nada de esto servirá para acallar a los que ya tienen su verdad. Esperemos que sí sirva para que las víctimas –todas, sin excepción– sepan que hay policías, guardias civiles, jueces, fiscales, seceretarios, funcionarios, abogados… dedicados a tratar de perseguir y castigar a todos aquellos que provocaron hace siete años tan insoportable dolor. Gracias a todos ellos.

La muerte de Amer Azizi es una gran noticia


La sombra de Amer Azizi, Othman el Andalusi, está presente a lo largo del vasto sumario de los atentados del 11-M. Él fue el inspirador de los principales autores de aquellos atentados. Amer Azizi aleccionó a la primera célula de Al Qaeda instalada en España, la que dirigió, hasta su detención en 2001, Imad Eddin Barakat Yakras, Abu Dahdah. De Azizi era discípulo Serhane Ben Abdelmajid, El Tunecino, el terrorista que aportó la carga ideológica y religiosa el 11-M. Por eso, la noticia que desvela hoy El País es una excelente noticia: Azizi murió en un bombardeo de la CIA en 2005 en Pakistán, como ya anunció hace tiempo Fernando Reinares, el hombre que más sabe en España de Al Qaeda. Se había convertido en un alto operativo de Al Qaeda y, posiblemente, tras su muerte, nuestro país está más tranquilo.

Su fuga de Madrid, en 2001, fue posible gracias a la torpeza de los servicios secretos españoles y a la mala suerte de la policía. Azizi está estrechamente ligado a España, tal y como contamos en nuestro libro Una historia del 11-M que no va a gustar a nadie: traductor de la mezquita de la M-30, se casó con Raquel Burgos, una joven del barrio de Ciudad Lineal, con la que ha tenido tres hijos, y aleccionaba a sus seguidores tras ganar galones en el siniestro escalafón de Al Qaeda después de su paso por Afganistán y Bosnia.

Una vez confirmada la muerte de Azizi queda por desvelar el destino de Raquel y sus hijos. El pasaporte español de la mujer fue hallado hace unos meses en la misma región en la que murió su marido, aunque no hay ningún dato que haga pensar que corrió su misma suerte. Su familia no la ve desde el año 2001 –su madre murió hace poco tiempo–, cuando salió escondida en un contenedor gracias a Mustafa Maymouni, otro dirigente de Al Qaeda, cuñado de El Tunecino y encarcelado en Marruecos por su relación con los atentados de Casablanca. Sería una noticia casi tan buena como la muerte de su marido que Raquel regresase al barrio de Ciudad Lineal, del que un día se marchó para cambiar su imagen –llevaba el pelo recortado casi como un chico y pasó a llevar las vestimentas más rigoristas del Islam– y su vida.

Supervivientes del 11-M, víctimas de la burocracia, esta semana en Intervíu


Francisco Bermúdez, José Almeda, Manuel Cárdenas y Hernán Sánchez. Son víctimas del 11 de marzo, supervivientes del mayor atentado de la historia. En Interviú hemos hablado con ellos, nos han contado cómo, tras sobrevirir a las bombas de los trenes, han sido víctimas de las trabas de médicos, jueces y, sobre todo, de burócratas. Han tenido que pasar innumerables exámenes para demostrar la veracidad de sus secuelas, han sufrido la arbitrariedad de los tribunales médicos, que valoraban sus minusvalías de una manera dispar… Y mientras, tienen que vivir con lo que vieron ese 11-M, “algo que no se va nunca”, como nos dijo uno de los supervivientes.
Todos ellos han encontrado ayuda, consuelo y refugio en la Asociación 11-M Afectados por el Terrorismo. Allí, personas como Reyes, una trabajadora social que nos atendió, trata de atender a centenares de personas cuyas historias rozan lo grotesco: víctimas reconocidas e indemnizadas en la sentencia a las que un juzgado multa por simulación de delito, es decir, por inventarse que estuvieron en los trenes.
Otras veces he contado aquí que lo mejor de nuesto trabajo es conocer a mucha gente con un valor, una dignidad y un coraje estraordinarios. Marisol, José, Francisco y Hernán son de esas personas a las que me refiero. Y, por supuesto, Reyes .

Qué pereza volver de vacaciones…


Regreso tras unas cortas vacaciones en el Pirineo de Huesca. Vuelvo y ayer me encuentro en el quiosco una portada de El Mundo con una entrevista a Rosa, la viuda de Jamal Ahmidan. Qué cansancio. Las declaraciones de la testigo protegido R-22, que ni mucho menos, pese a los que nos quiere hacer creer Antonio Rubio, autor de la entrevista, fue testigo clave del proceso, no aportan absolutamente nada. El Mundo vuelve a hacer lo que ya hizo con Cartagena, Suárez Trashorras, Zouhier, Lavandera…; destaca las declaraciones o las lagunas que le cuadran con sus teorías y deja de lado las que no cuadran. Una vez más. Pero algo ha cambiado. Ya, al menos, parece que se acepta que Jamal Ahmidan tuvo alguna participación en los atentados del 11-M y que murió en Leganés. Ya hemos avanzado algo. La viuda de Jamal, que ha estado protegida celosamente por su madre y por algunos policías que han cuidado de ella, muestra su sorpresa por el estado del cuerpo del terrorista, haciendo sembrar la duda sobre si accionó o no los explosivos que llevaba adosados en su cuerpo. No, Jamal no tenía explosivos.l Fueron Abdennabi Kounjaa y Allekema Lamari los que accionaron las cargas que llevaban pegadas a sus cuerpos. Eso está en el sumario, pero, naturalmemte, no interesaba decirlo. Qué pereza da volver de vacaciones. Parece que el tiempo se ha detenido.

11-M, cuatro años después


Apenas falta una hora para que se acabe este 11 de marzo. Hoy se cumplen cuatro años de la masacre, de la matanza que cambió nuestro país, nuestra ciudad. Hoy, los de siempre se preguntaban una vez más por la marca de la dinamita y bla, bla, bla… Os confieso que ya ni siquiera me molesto en leer ese tipo de cosas. El 11-M yo me acuerdo de las víctimas, de las vidas rotas, de los que ya no están porque aquella mañana se subieron a aquellos trenes, de Francisco Javier Torronteras –el geo que murió en Leganés cumpliendo con su deber–… Para todos ellos, mi cariño, mi admiración y mi máximo respeto. Para los de siempre, los de la marca de la dinamita, los que dicen que la policía falsificó pruebas… Para todos ellos, mi más absoluto desprecio… El mío y, por cierto, el de los millones de españoles que le han dado la espalda a un partido en el que muchos de sus dirigentes se apuntaron a las tesis conspiranoicas por un puñado de votos y por tener contentos a sus paladines mediáticos.