Gitanos y policías


Leyendo este reportaje de Francisco Javier Barroso en El País no he podido evitar un pequeño ataque de melancolía. Un grupo de gitanos impartió un seminario de cuatro horas Academia de Policía. Allí, los calós dieron a los agentes unas mínimas normas sobre cómo comportarse ante este colectivo y de allí salieron consejos como que, en caso de duda, hay que acudir al gitano viejo, al hombre de respeto.
Mientras leía el reportaje retrocedía en el tiempo muchos años, cuando estaban en pie en Madrid Los Módulos y Los Focos, los dos primeros grandes supermercados de la droga de la capital, allí donde algunos gitanos comenzaron a cambiar la chatarra por el caballo, allí donde –como me decían en aquella época algunos viejos gitanos del lugar– empezaron a cambiarse las leyes ancestrales gitanas por las leyes de la droga. En esos años, los policías destinados en la comisaría de San Blas aprendieron a distinguir al gitano bueno del malo y al traficante del yonqui. Y nadie les dio seminarios. Cuando se producía un crimen en esa zona, los inspectores de Homicidios sabían bien dónde ir. Hablaban con el patriarca y le pedían que le entregasen al asesino… Aquello funcionó hasta que esos poblados comenzaron a ser lugares sin ley, donde la heroína era el único código válido.
Unos años más tarde, en la eclosión de La Celsa y La Rosilla, recuerdo a un hoy comisario, entonces inspector destinado en la comisaría de Vallecas Villa, paseando como un sheriff del oeste por esos poblados –verdadero territorio comanche– y llamando a cada gitano por su nombre. “Anda que vaya fregoneta que te has comprado, ¿de dónde has sacado el parné?”, le decía a un conocido traficante. “De la fruta, señor comisario, de la fruta”, le contestaba el caló, sabedor de que el inspector sabía perfectamente que hacía muchos años que no vendía ni un melón.
A La Celsa y La Rosilla le siguieron Las Barranquillas. Recuerdo a los policías de Vallecas Villa vigilando las chabolas desde apostaderos hechos sobre vertederos, donde las ratas pasaban por encima de ellos. Y a los niños gitanos, a bordo de potentes motos, subir para comprobar si había policías y dar el agua. Los tiempos ya habían cambiado y ni siquiera se podía entrar en el poblado sin grandes dosis de ingenio. Como aquella ocasión en la que unos policías se metieron en cajas de televisores y así, en ese singular caballo de Troya, simulando una entrega a domicilio, lograron acceder a un punto de venta de droga.
A Las Barranquillas le ha sucedido La Cañada Real Galiana como escenario de esa desigual guerra de la policía contra los traficantes. Aunque, como dice uno de los protagonistas de la imprescindible serie The Wire, “no es una guerra, porque las guerras se acaban”.
Los tiempos han cambiado para todos. La inmensa mayoría de los gitanos son personas integradas completamente en la sociedad y la inmensa mayoría de los policías no sólo no tienen perjuicios raciales con los gitanos, sino que son los que mejor conocen sus, a veces, incomprensibles códigos. Eso no tiene nada que ver con la guerra contra las drogas, que no es una guerra contra los gitanos. Tanto han cambiado los tiempos que me viene a la memoria una imagen que viví hace poco. En la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid, en Tres Cantos, habían hecho reformas y habían comprado mobiliario nuevo. Los mandos llamaron a los gitanos de la zona para que se llevasen el mobiliario antiguo. La imagen de los calós entrando en el cuartel y llevándose en volandas escritorios, mesas, sillas y hasta alguna figura de la Virgen del Pilar –patrona del Cuerpo– fue impagable.

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La Chávez Connection, en INTERVIÚ


El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, sigue con sus bravatas, amenazando los intereses de las empresas españolas en su país, pero Venezuela es desde hace unos años –casi los mismos que el bolivariano está en el poder– el país más caliente de Sudamérica en relación al tráfico de cocaína. Interviú revela esta semana que los servicios antidroga españoles calculan que el 80 por ciento de la droga que tiene por destino Europa sale de las costas venezolanas. Además, los tripulantes de un barco interceptado con tres toneladas de cocaína manifestaron al juez que la droga fue cargada en su buque por naves de la armada venezolana; los narcos colombianos detenidos en España portan sistemáticamente pasaportes venezolanos; la DEA –el Gran Satán de Chávez– ha difundido informes que aseguran que el ejército venezolano colabora con el negocio del narcotráfico que sostiene económicamente a la guerrilla colombiana de las FARC; Chávez indultó a Walter del Nogal, un traficante detenido en Italia y condenado en Venezuela por asesinato… Para muchos –algunos de ellos ya han escrito a Interviú– todos son intoxicaciones interesadas que sólo tratan de criminalizar al gran caudillo bolivariano…
Pero Chávez no sólo irrita a los servicios antidroga. Los servicios antiterroristas también tienen mucho que echar en cara al presidente venezolano. Si bien es cierto que hay etarras en ese país desde los años ochenta, antes de la llegada de Chávez al poder, eran empresarios privados y ahora algunos están integrados en la administración venezolano. Alguno de ellos, incluso, como Arturo Cubillas, acusado de tres asesinatos en España, ha llegado a director de Bienes y Servicios del Ministerio de Agricultura. Su esposa, Goizeder Odriozola, es directora general del Despacho de la Presidencia, un órgano muy cercano a Chávez. Otros cuarenta activistas de ETA viven cómodamente bajo el manto protector del gobierno de Chávez, que incluso les da trabajo para aleccionar a los Círculos Bolivarianos, la guardia pretoriana del presidente, encargada de reventar las manifestaciones contra el todopoderoso caudillo. Toda la información, esta semana en Interviú.