Culpable

20130712-180205.jpg No ha habido piedad ni resquicio para las dudas. Siete mujeres y dos hombres –los componentes del jurado popular– han decidido por unanimidad que José Bretón asesinó a sus dos hijos y los quemó en su finca. Y que lo hizo por venganza a su mujer. Y que empleó fármacos para dormir o matar a sus hijos. Y que hizo acopio de gasóleo para preparar la hoguera en la que ardieron –no se puede establecer si aún con vida o ya muertos– los dos niños. Así de frío y de terrible a la vez será el relato de hechos probados que elabore el juez Pedro José Vela cuando redacte las sentencia, basada en el veredicto conocido hoy.
No quiero hablar de vericuetos jurídicos, de la cadena de custodia, de la muestra número ocho o de los huesos que se fueron de copas (Josefina Lamas dixit)… Los recursos del abogado de Bretón hablarán de todo eso. Hoy he visto a José Bretón por última vez. Su mirada no era hoy la que taladraba testigos, la que intimidaba… Hoy era una mirada perdida, la mirada con la que miraba su futuro, un futuro de casi dos décadas entre rejas, que es lo que le esperará cuando el juez redacte la sentencia que casi con seguridad le condenará a 40 años de prisión.
Hoy también hemos visto a Ruth Ortiz, la madre de los niños. Los focos se han dirigido a ella por última vez. Y he pensado qué ocurrirá cuando todos nos vayamos de Córdoba, cuando las luces se apaguen aquí y todos apuntemos hacia otra tragedia, cuando este juicio sea un recuerdo, cuando Bretón se está pudriendo en una cárcel… Cuando ocurra todo eso, el dolor de Ruth Ortiz seguirá siendo difícil, imposible de imaginar.

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El padre

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Ha llegado a la silla con dificultades, apoyándose en un bastón y en el brazo de una funcionaria. Se ha sentado y solo ha pronunciado una frase, que ha descosido la sala: “No voy a declarar ná”. Ha salido por la misma puerta que ha entrado esquivando la mirada de su hijo, que no le ha quitado ojo y que ha lanzado su mano derecha en busca de una caricia frustrada.
Dicen los psiquiatras que José Bretón está muy marcado por el autoritario carácter de su padre, el mismo anciano que hoy le ha negado la mirada y una caricia pero que, eso sí, ha seguido al pie de la letra el prietas las filas al que les llamó José el 8 de octubre de 2011, cuando desaparecieron sus hijos. Ni el padre, ni la madre ni ninguno de sus hermanos ha querido declarar. La ley les ofrecía esa posibilidad y así lo han hecho.
José y Leticia, los cuñados, no han tenido más remedio que prestar declaración y han pasado muy malos ratos. Bajo la atenta mirada de Bretón, los cuñados del procesado han procurado no apartarse de la doctrina oficial, aunque cuando recordaban a sus sobrinos, se quebraban y rompían a llorar. “¿Cree capaz a su cuñado de matar a sus hijos?” José Ortega ha tenido que contar hasta cinco para responder: “No“.

La mirada

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Metido en una camiseta, en lugar de la camisa que ha lucido en las sesiones anteriores, José Bretón resulta aún más escuchimizado. Destacaba hoy su insignificante aspecto, esos ojos saltones que sobresalen de una tez que hoy lucía algo más descuidada porque no se ha afeitado hace días. Pese a ese aspecto esmirriado, hoy Bretón ha hecho lo posible por intimidar a las mujeres que han pasado por la Audiencia de Córdoba. Madres de los compañeros de clase de sus hijos, a las que solicitaba amistad en Facebook mientras llamaba puta a su mujer; profesoras y la directora de la guardería, que no ha aguantado la mirada de Bretón y se ha quebrado mientras decía que José, el menor de los hijos de Bretón, era un niño feliz.
Más que la mirada, asusta la autoestima de José Bretón. Mientras media España buscaba a sus hijos, él estaba cerrando una cita con Conchi, una vieja amiga que quince años atrás no le quiso dar un beso porque tenía un flemón. Conchi ha pasado hoy por la sala y ha relatado con todo lujo de detalles las llamadas que le hizo Bretón el día previo a la desaparición de sus hijos y los días posteriores: Bretón flirteaba descaradamente con ella, aunque no pudo acudir a su deseada cita. Le dijo a sus pretendida que “estaba colaborando con la policía en un caso muy importante”, cuando lo cierto era que no pudo acudir porque ya estaba detenido por el asesinato de sus hijos.

Adiós a una jefa de prensa excepcional

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Los periodistas tenemos que lidiar casi a diario con los gabinetes de prensa.También los que nos dedicamos a esto de los sucesos. Policía, Guardia Civil, Ministerio del Interior, policías municipales, Tráfico, Instituciones Penitenciarias… Todas las entidades con las que tratamos en nuestro trabajo cuentan con esos departamentos de prensa y comunicación, que forman un universo peculiar, tan peculiar como los organismos para los que trabajan. Me intentaré explicar.
Hay gabinetes de prensa formados por agentes o funcionarios del cuerpo que corresponda; policías en el de la policía, guardias en el de la Guardia Civil y así sucesivamente… En los gabinetes civiles hay funcionarios o periodistas que han accedido de una u otra forma a la plaza. Eso, en cuanto a su composición. Sus funciones, sobre el papel, están claras: difundir el trabajo que haga su cuerpo o institución y facilitar el trabajo de los periodistas, es decir, intermediar –por ejemplo– entre un reportero y el responsable de la unidad policial que ha hecho una brillante operación anti-drogas sobre la que el periodista quiere más información que la que ofrece la, por lo general, escueta nota de prensa.
Los jefes de prensa están obligados a mantener un muy difícil equilibrio entre la lealtad a la entidad a la que pertenecen y que les paga y los intereses de los periodistas. Eso lo sabemos todos los profesionales de la información, que conocemos bien la idiosincracia de estos departamentos y que convivimos con la mayoría de ellos respetándonos y colaborando… en la medida que se pueda. A veces, el varapalo es inevitable, la exclusiva revienta la rueda de prensa prevista para el día siguiente y se pone en evidencia que los intereses de unos y otros son difíciles de conciliar.
Como entre los periodistas o entre los policías o entre cualquier colectivo, hay jefes de prensa malos, regulares, buenos y unos pocos excepcionales. Excepcionales por su visión periodística aún estando al otro lado, por la agilidad con la que tramitan las peticiones de los medios, por la profesionalidad con la que mantienen el equilibrio entre la lealtad a su institución y la colaboración con los periodistas, por la habilidad para parar los golpes y por la deportividad para encajar los que son justos, por la capacidad de entresacar lo mejor del trabajo que hace su organismo y darlo a conocer, por su sentido de la justicia para no favorecer a uno o a otro medio al margen de su adscripción ideológica… Créanme. Hay muy pocos jefes de prensa así. Una de ellas llevaba dos décadas prestando unos magníficos servicios a la Administración –fuese del color que fuese– y a los periodistas con honestidad y profesionalidad. La han despedido. La Secretaría General para la que trabajaba es hoy un poco peor.