Señal de alarma


Cada lunes acudo al colegio Liceo Europeo a impartir un Taller de Periodismo a alumnos de 4º de la ESO. Llevo haciéndolo varios años y es uno de los trabajos más gratificantes y, sobre todo, más enriquecedores de cuantos hago. Procuro empatizar todo lo posible con los chicos y ganarme su confianza. El hecho de que mi materia sea muy distinta al resto hace que todo sea más sencillo y que los alumnos se abran y me permitan conocerles mejor. Por eso, sucesos como el ocurrido ayer en Lorquí (Murcia), que tan bien cuentan hoy los compañeros de La Verdad –la semilla de Ricardo Fernández lleva tiempo floreciendo– me parecen una señal inequívoca de que algo muy grave está pasando.
¿Qué puede llevar a un chaval de 16 años a reventar con una plancha la cabeza de una chica de su edad? ¿Es posible que no hubiese dado señales previas? Si es cierto que había amenazado a un profesor, ¿por qué seguía en el colegio? Estremece aún más leer que el motivo de la brutal agresión es que se sentía acosado por la chica, que quería seguir manteniendo una relación con él. ¿Qué valores le han enseñado en casa a este tipo? ¿Con cuánta violencia ha convivido para desencadenar una reacción así? Conozco bien a los alumnos con los que trabajo; los tengo buenos, malos y muy malos, pero todos se rigen por una escala de valores que hace imposible comportamientos parecidos al del cafre de Lorquí.
El Estado se está gastando millones de euros en proteger a las mujeres para erradicar la violencia de género: pulseras, programas de tratamiento en prisión, refuerzo y creación de juzgados especiales, más medios para las fuerzas de seguirdad… De nada van a servir si nuestra sociedad deja pasar, sin un mínimo análisis, sucesos como el de Lorquí. No se trata de violencia de género. Se trata de violencia.

La matanza de los inocentes

Juan Pablo Viciano asesinó a su hijo en Denia (Alicante).
Este martes, 28 de diciembre, es el día de los santos inocentes. Por eso, en Territorio Negro, nuestro espacio en el programa de Onda Cero Julia en la Onda, decidimos tratar el tema de los niños asesinados por sus padres este año que ahora acaba. Elaborar el guión ha sido terrible. No nos habíamos dado cuenta de la gravedad de lo ocurrido este año hasta que nos hemos puesto a contar víctimas: son, al menos, veinte niños y niñas víctimas de sus propios padres.
Una de las cosas más sorprendentes del tema es que nadie lleva esta estadística. Nosotros hemos ido recopilando informaciones de prensa para hacer el programa. No hay ningún organismo oficial que se encargue de contabilizar estos crímenes, probablemente los más incomprensibles de cuantos ocurren. Mientras, por ejemplo, el extinto Ministerio de Igualdad –hoy rebajado a Secretaría de Estado– contabiliza hasta los huérfanos que deja la violencia machista, ninguna entidad cuenta los menores asesinados por sus padres.
Os invito a que escuchéis mañana, a partir de las 17.30, Territorio Negro. Será un espacio duro, pero necesario. Creo que una sociedad capaz de aguantar que 20 niños sean asesinados por sus padres sin ni siquiera prorrumpir un grito de alarma, es una sociedad gravemente enferma. Esa cifra es tan intolerable –o más– que la de las 71 mujeres víctimas de la violencia de género.