Garzón sin forofismo

Carlos Alsina lo resumió perfectamente ayer en La Brújula, el programa que dirige en Onda Cero y que trató de manera ejemplar la noticia: el juez Garzón siempre ha sido objeto de pasiones encontradas. Su trayectoria está jalonada de esas pasiones: su irrupción en la política, su vuelta a la Audiencia Nacional y las ganas con las que reabrió episodios de la guerra sucia, su persecución a dictadores y criminales de guerra… En los últimos años, la causa contra el franquismo y la instrucción de la operación Gürtel convirtieron esas pasiones en munición para poder sentarle en el banquillo y, finalmente, acabar con su carrera de magistrado.
Me sorprende el forofismo con el que se aborda la sentencia del Tribunal Supremo, pero no solo desde la inmediatez de las redes sociales. “Expulsado por actuar como los jueces de los ‘regímenes totalitarios’”, “La trama del caso Gürtel logra que el juez sea condenado”, “Justicia para el justiciero”, “Garzón sí paga por Gürtel”, “Inhabilitado por sus métodos totalitarios”, “Ajusticiado”… Son los titulares de hoy de varios periódicos nacionales, que me han recordado –por su indubitada toma de postura– a los diarios deportivos de Madrid y Barcelona tras un partido entre merengues y culés.
He leído la sentencia para comprenderla y poder hablar o escribir sobre ella y he llegado a varias conclusiones, todas ellas muy alejadas del forofismo, quizás porque he conocido bien la labor de Baltasar Garzón en los últimos veinte años; he leído muchos sumarios instruidos por él, trato casi a diario con policías que han trabajado con él de manera muy estrecha, he apreciado sus luces y sus sombras y en esta sentencia están reveladas unas y otras.
El apartado de hechos probados del fallo del Tribunal Supremo se detiene y reproduce el auto de Garzón que dio inicio a todo el proceso y que ha sido, a la postre, el que le ha quitado la toga. Es uno de esos autos garzoniano, que en una lectura completamente leguleya se puede traducir como: “intervengan comunicaciones a discreción y ya veremos luego cuáles nos sirven”. Además, se hace mención a la fluida relación de los policías que investigaban la trama con el instructor y a las frecuentes comunicaciones, muchas veces verbales, que mantenía agentes y magistrado, algo común en el juez y que las fuerzas de seguridad siempre han puesto en valor. Los que conozcan los sumarios del Juzgado Central 5 instruídos por Baltasar Garzón saben que se ha hecho algo parecido en operaciones antiterroristas, de narcotráfico… Y que algunas veces, esta falta de rigor procesal se ha traducido en el derrumbe de todo el edificio sumarial.
La sentencia, en sus fundamentos jurídicos, invoca una y otra vez, el derecho de defensa, que considera vulnerado por Garzón. Las comunicaciones que se intervinieron eran de abogados que –a diferencia de los del entramado etarra– no estaban ni fueron imputados después; incluso algunos de ellos fueron designados cuando los pinchazos estaban ya en marcha. Se trataba de emplear el contenido de esas conversaciones para seguir acumulando pruebas contra los imputados y eso, ciertamente, vulnera el derecho de defensa.
Garzón abusó, se equivocó y por eso ha sido condenado. A mí me intranquiliza y hasta me revuelve el estómago leer que haya sido condenado tras la denuncia de personajes tan poco honorables como Francisco Correa o Pablo Crespo, pero esos personajes –o más bien, sus carísimos abogados– han empleado bien las herramientas que les da el Estado de Derecho, algo que esta vez no hizo Garzón.
Pero en este procedimiento no se juzgaba a la trama Gürtel, que tendrá su juicio. Los responsables de esta gigantesca red de corrupción no se han ido de rositas, como parecen querer decir algunos titulares. Esas comunicaciones intervenidas de manera ilegal por Garzón ya habían sido eliminadas del procedimiento, que continúa su curso y que mantiene en prisión al principal imputado.
Tampoco se juzgaba en este procedimiento la actuación de Garzón en toda la instrucción del caso Gürtel, que ha posibilitado el hallazgo de muchos millones de euros. Se juzgaba una decisión. Y por eso la condena de once años de inhabilitación me parece excesiva, máxime cuando a diario se dictan autos y resoluciones, cuanto menos, tan discutibles como la que le ha costado a Garzón su carrera.
Pero el Tribunal Supremo tampoco juzgaba la carrera de Garzón. Muchos de los que ayer se alegraron por el fallo eran los mismos que alabaron su valentía cuando el juez se atrevió a poner en negro sobre blanco que Batasuna y ETA eran lo mismo, cuando cerró las herriko tabernas que financiaban a la banda o cuando encarceló a dirigentes socialistas por su participación en la guerra sucia.
Garzón sentó las bases, mediante sus resoluciones, de la lucha contra el terrorismo etarra e islamista; inició el camino de la persecución de criminales universales; y enseñó las vías con las que atacar al crimen organizado. Ha sido una de estas vías las que ha acabado con su carrera, pero en la que habrá que profundizar y legislar. El derecho a la defensa debe ser sagrado porque eso garantiza la eficacia del Estado de Derecho, pero ese mismo Estado debe impedir que sirva para ocultar la participación de los abogados en las actividades delictivas de sus clientes o la construcción de complejos edificios jurídico-financieros encaminados a camuflar dinero y de la que son cooperadores necesarios algunos letrados. En esas herramientas debe trabajar el Estado. Con ellas, Garzón hoy seguiría siendo juez.

La sentencia del caso Tous

Luis Corominas, el yermo de los joyeros Tous, ha sido absuelto de la muerte de un ladrón, al que mató en diciembre de 2006, cuando intentaba cometer un robo en casa de sus suegros. Según el tribunal popular, Corominas actuó en “legítima defensa” y movido “por un miedo insuperable”. Seis de los nueve componentes del jurado han creído a Carlos Bueren, el ex juez convertido en abogado, que hizo un alegato final digno de la mejor película de juicios de Hollywood. Los otros tres consideraban que Corominas mató a un hombre desarmado, sin posibilidad de defensa y estaban de acuerdo con las tesis del fiscal, que pedía siete años de prisión para el yermo de los Tous.
Desde que se supo que este asunto lo dirimiría un tribunal popular supe que la absolución sería posible, algo seguramente impensable si el destino de Corominas hubiese estado en manos de tres magistrados. Nos guste o no –y yo no soy un defensor del jurado–, las personas que forman un tribunal popular tiran del sentido común antes que de los manuales de Derecho para condenar o absolver. El contexto en el que se produjo el suceso –en esa época los ladrones kosovares se estaban empleando con una inusitada violencia en los robos a chalés–, el hecho de que la víctima fuese un delincuente profesional y que el procesado siempre ha mantenido que quiso defender a su familia ha pesado más que cualquier argumento puramente jurídico, como la proporcionalidad de la respuesta o cualquier otro matiz de índole procesal. El jurado ha querido decir con su fallo que el acusado se limitó a proteger su propiedad y a sus seres queridos de la agresión de una de las cientos de bandas de delincuentes internacionales que campan a sus anchas por nuestro país. Y que nadie puede ir a la cárcel por eso. Cualquier otra interpretación del fallo del jurado es hacer buenismo.
Sigo sin entender la confusión de nuestro sistema judicial. ¿Por qué a Corominas le pueden juzgar un jurado y, por ejemplo, a Francisco Correa, no? Si creemos en la justicia popular, creemos y, si no creemos, dejemos que apliquen la ley los jueces.

Los que echarán de menos a Garzón… y los que no


Al juez Baltasar Garzón le echarán de menos en la Audiencia Nacional policías y guardias civiles dedicados a la lucha antidroga y antiterrorista. Para ellos, el magistrado era una garantía de buena disposición, voluntad de trabajo y colaboración. No le echarán de menos terroristas, narcotraficantes y sus abogados, para los que Garzón era poco más o menos que un justiciero que abusaba de las medidas extraordinarias que la ley pone a su alcance como la prisión preventiva, las intervenciones de las comunicaciones o los registros domiciliarios.
A Garzón le echarán de menos los buenos funcionarios y fiscales de la Audiencia Nacional, aquellos que se involucraban en el trabajo del juzgado, que le robaban horas a sus familias para sacar adelante los macrosumarios instruidos por el juez. No le le echarás de menos algunos de sus compañeros, a los que sacaba los colores con su casi enfermiza capacidad de trabajo, que contrastaba con los atascos de otros juzgados centrales.
A Garzón le echarán de menos los familiares de las personas asesinadas en la Guerra Civil y en la posguerra que aún están enterradas en cunetas, que no han podido aún ver cumplido un deseo tan legítimo como poder dar una digna sepultura a los suyos. A Garzón no le echarán de menos los intelectuales-firmantes-habituales, los cainítas deseosos de encontrar cualquier excusa para partir en dos el país y ajustar cuentas que no consideran saldadas en la transición, aquello para los que el más largo periodo de paz y justicia en la historia de España es una traición a sus caídos. Garzón y su linchamiento era un casus belli estupendo con el que avivar fantasmas del pasado.
A Garzón le echarán de menos los ministros del Interior honestos y serios, como Pérez Rubalcaba, que sabe que su éxito depende, en gran medida, de jueces con osadía, con arrojo y capaces de lanzar órdagos como la ilegalización de HB, la clausura de las herriko tabernas o el cierre de Eguin. No le echarán de menos los políticos que hacen de su profesión una tapadera con la que delinquir robando dinero o encargando atentados al otro lado de la frontera.
A Garzón le echarán de menos muchos abogados penalistas, que se han hecho ricos con los endiablados y muchas veces mal instruidos macrosumarios del juez. No le echarán de menos los jueces del Supremo o de la Sala de lo Penal de la Audiencia que tantas veces tiraron por los suelos sus instrucciones con absoluciones por defectos de forma o por falta de motivación en alguna de las restricciones de derechos dictadas por Garzón.
A Garzón le echarán de menos aquellos que creen que el derecho no tiene fronteras y que los dictadores y los criminales deben ser perseguidos allí donde se encuentren. No le echarán de menos los policías que, gracias a la idea del derecho universal de Garzón, pasaron meses buscando los certificados de defunción de Franco, el general Moscardó y compañía…
A Garzón le echarán de menos los periodistas, el perfecto complemento de un hombre vanidoso, capaz de forografiarse con turistas españoles cuando coincidía con ellos fuera de nuestras fronteras, como si de una celebridad del fútbol o de la canción se tratase. No le echarán de menos todos aquellos que ahora han decidido ajustar cuentas con él, encontrar un agujero en sus debilidades por el que colarse y por el que meterle una carga de profundidad que ha reventado hoy su carrera.
No creo que sea casualidad que a Garzón se le hayan juntado tres causas en el tiempo. Tampoco creo que sea una operación política orquestada por maquiavélicos estrategas de partido. Creo que cuando un juez lleva casi un cuarto de siglo en un destino tan delicado como la Audiencia Nacional deja muchos cadáveres. Y alguno de ellos no debió quedar bien muerto.

El juez Garzón del que me han hablado


Hace año y medio, cuando Baltasar Garzón decidió abrir una causa contra el franquismo y las críticas comenzaron a arreciar, escribí este post:
“Quiero escribir del juez Garzón del que yo he oído hablar desde hace dos décadas a policías y guardias civiles.
Recuerdo el entusiasmo con el que en 1990 los agentes de la Brigada Central de Estupefacientes me hablaban del juez que inició el primer macroproceso contra el narcotráfico, cuando las rías gallegas eran, poco más o menos, que Sicilia. El entusiasmo era tal que la operación no se llamó Nécora –como fue conocida por la prensa–, sino Mago, en honor del rey mago Baltasar (Garzón). Aquella macroinstrucción, como tantas otras del juez, no acabó en unas condenas demasiado duras y muchos de los procesados fueron absueltos. Pero abrió un camino por el que hoy se continúa andando. El mismo juez abrió el camino para golpear a ETA en sus estructuras civiles, mediáticas y económicas y hoy ETA está como está gracias a estos golpes.
Policías y guardias civiles dedicados a la lucha contra el narcotráfico, sobre todo, y el terrorismo me han hablado infinidad de veces de Garzón. Saben que es una estrella, que le encantan los medios, que los turistas españoles que se encuentran cuando viaja al extranjero se hacen fotos con él… Pero también es un juez con una inmensa capacidad de trabajo, con una visión global de problemas como el crimen organizado que ningún otro magistrado tiene… Me han contado como en interminables madrugadas ha estado al pie del cañón, dando mandamientos de entrada a horas intempestivas, cuando la mayoría de sus colegas ni siquiera se ponen al teléfono. Ese es el juez Garzón del que yo he oído hablar. Con sus luces y sus sombras, pero no es ningún imbécil, como se han empeñado en hacernos creer algunos.”

Esta semana he hablado con muchos policías. Policías de distintas unidades y de distintas ideologías. Todos están dolidos con la decisión del Tribunal Supremo. Todos quieren que el juez siga en su despacho. Ninguno me ha hablado de los crímenes del franquismo, ni de la Ley de Amnistía… Todos me vuelven a recordar que Garzón siempre ha estado cuando ellos lo han necesitado. Uno de ellos me contaba ayer mismo una anécdota: “Hace muchos años, tuvimos que registrar la sede de un gran banco en busca de los depósitos que tenía un tipo allí en A y en B. El responsable nos dio la contabilidad A, pero no la B. Llamamos a Garzón y se lo contamos. Nos dijo que le comunicásemos al director que si no colaboraba, se presentaba él allí, cerraba el banco y nos daba un mandamiento de entrada y registro con el que podíamos poner patas arriba todo el banco”.
Otro policía, veterano de la lucha antiterrorista, me decía hace unos días: “Si hoy ETA está como está no es por ningún ministro del Interior, es por el coraje del juez, que se atrevió a cerrar periódicos, herriko tabernas y a ilegalizar partidos etarras”.
No soy jurista y, por tanto, no puedo analizar con profundidad la decisión del magistrado Varela. Simplemente, quería compartir con vosotros lo que a mí me han dicho del juez Garzón.

Jueces sancionados


Un lector de este blog y oyente de nuestro Territorio Negro en Onda Cero me ha pedido que recuerde unos datos que facilitamos allá por el mes de abril en el programa Julia en la Onda. Hacían referencia a los jueces sancionados durante el pasado año, 2007. Para él y para todos vosotros, os repito esas cifras. Como dijimos en nuestro espacio de radio, o nuestros jueces son los mejores del mundo o las inspecciones no tienen demasiado rigor:
– En España trabajan 4.756 jueces y magistrados.
– En 2007 fueron sancionados 27. Sólo dos fueron apartados de la carrera judicial, cinco fueron suspendidos y el resto fueron sancionados con multas.
– En 2008 sólo tres jueces han sido suspendidos.