Un país enfermo

El pasado viernes, la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, fue increpada por unas decenas de manifestantes, que protestaban frente a la sede del PP en la calle Génova por los brutales recortes anunciados el día anterior por el presidente, Mariano Rajoy.
Lo dije el viernes en Espejo Público y lo escribí en Twitter: no me gustan esas medidas que meten en el mismo saco a tanta gente. Conozco funcionarios –especialmente policías y guardias civiles, pero también profesores– que se dejan la piel en sus trabajos, dedicándoles muchas más horas que las que tienen por obligación, sacrificando a sus familias y mostrando una profesionalidad que raras veces he visto en la empresa privada, en la que trabajo yo desde hace 26 años. Por eso no me gustan esas medidas. Soy un firme defensor de la meritocracia, de los sistemas que premian al que más y mejor trabaja, de que el mejor y el que más aporte sea siempre el que más gane. Siempre he creído en ello. Así que vaya por delante que los funcionarios tienen todo el legítimo derecho al cabreo y, por supuesto, a la reunión y a la manifestación. Aunque muchos de los que yo conozco –que lucen placa y uniforme– ni siquiera tienen ese derecho.
Vaya por delante también que no conozco de nada a Cristina Cifuentes y que discrepo con ella respecto, por ejemplo, a sus mandos policiales. El oscuro episodio en el que un policía sindicalista y los periodistas con los que trataban han sido vigilados por Asuntos Internos me reafirma en lo anterior. Sin embargo, al leer la crónica de mi compañero Carlos Hidalgo en ABC sobre lo ocurrido a Cristina Cifuentes, me hizo escribir el siguiente tweet el sábado por la mañana:
“El derecho a manifestarse y al cabreo legítimo no tiene nada q ver con acorralar a una mujer. Eso es cobardía”
Conozco el lado oscuro de Twitter, ese en el que se refugian los insultadores profesionales –llamados trolls en el metalenguaje de la red–, amparados en el anonimato de Internet y en la sensación de impunidad que ello provoca. Viendo lo ocurrido en mi timeline a raíz de mi tweet imagino el de la delegada y debe ser tremendo. Os dejo unas cuantas perlas recibidas en mi timeline, ocultando, eso sí, a los remitentes por aquello de no darles visibilidad y corrigiendo faltas ortográficas por higiene:
“Es lo mínimo que la podían hacer a esta lista cuando está enviado a policías a dar palizas, decirla lo que piensan a la cara!!”
“Nadie acorrala a Cristina. Solo vamos acompañándola en su camino por el barrio. Por si necesita que le lleven la compra. En cambio Cristina sí que nos acorrala y nos agrede y nos secuestra con sus matones de juguete”
“Sabía perfectamente dónde se metía y a qué. Hombre por favor”
“Si hubiera ocurrido hace 100 años o menos estaría muerta.. Pero no queremos una guerra… Ella sí”
“Es una provocadora… En serio… No veas la tele que destroza el cerebro”
“Se te está olvidando que no es una mujer cualquiera, es la que manda a los que acorralan a los manifestantes”
“A una mujer q manda a policías a pegar indiscriminadamente incluido niños. Merece bastante más que eso”
“La delegada, o provocó o es tonta por meterse en el recorrido de la manifestación”
“Perdona pero lo de esta tía es provocación”

Es solo una selección de lo recibido en las últimas horas. El silogismo es aplastante: Cristina Cifuentes es la delegada del Gobierno, la que manda a los policías encargados de reprimir manifestantes, así que lo que merece es eso… o mucho más.
El suceso y lo ocurrido después me ha hecho reflexionar acerca de lo enfermo que está este país. Un país en el que una representante de la soberanía popular se permite –en los tiempos tan duros que corren– insultar (a quién sea, me da igual) desde su escaño, dando muestras evidentes de la mediocridad de los que ocupan puestos en las cortes; o un país en el que se legitima lo ocurrido con la delegada del Gobierno, empleando aquella vieja trampa de “iba provocando” o “se lo merecía”.
Ya no soy joven. Peino canas y llevo en esto más de dos décadas y conservo una buena memoria. Por eso, al leer todo esto he pensado en aquellos concejales del PSOE y del PP que eran sistemáticamente acorralados, insultados y amenazados –en el mejor de los casos– en los pueblos de Euskadi. Y en el silencio cómplice o la justificación de los “no violentos”. Eso era fascismo, disfrazado con discursos nacionalistas o pamplinas sobre las opresión, pero fascismo al fin y al cabo. Totalitarismo en estado puro.
Vivimos en democracia. Cada cuatro años cambiamos a nuestros representantes. A mí tampoco me gusta la ley electoral. Creo que los políticos no atesoran más mérito para hacer carrera que su docilidad y su lealtad a eso que llaman aparatos. El que me lea o me escuche habitualmente sabe lo que pienso de nuestra clase política, salvo honrosísimas excepciones que no suelen ser demasiado visibles. No me gustan los políticos ni el sistema que han creado para mantener sus prebendas y privilegios. Pero, pese a todo ello, vivimos en democracia y en un estado de derecho que tiene unas reglas que todos debemos cumplir. Las democracias a la medida de cada uno acaban degenerando en totalitarismos. Así que no creo que nada legitime algo como lo ocurrido con Cristina Cifuentes, igual que nada legitima las agresiones verbales y físicas sufridas por otros políticos en la universidad o en la calle. Me da igual el bando.

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Publicado por

manuelmarlasca

Reportero, jefe de Investigación de La Sexta. Copresentador de Más Vale Tarde (La Sexta), Territorio Negro (Onda Cero) y colaborador de Espejo Público (Antena 3). Lector y corredor.

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