Honrar a los muertos

No es España un país acostumbrado a honrar a sus muertos, al menos a los muertos que llevan uniforme. Durante décadas, los guardias civiles y los policías asesinados por ETA eran enterrados en la clandestinidad; sus cadáveres salían de los cuarteles amparados por la oscuridad de la noche y viajaban hasta sus lugares de origen, donde –solo allí, nunca antes– sus familiares podían llorarles. Esa dinámica se rompió cuando ETA decidió ampliar sus objetivos y asesinar a personas sin uniforme, sobre los que, para un sector de la sociedad, pesaba siempre la sombra de la sospecha y, por tanto, había, si no justicia, sí un mal inevitable en sus muertes. Jamás habría soñado un guardia o un policía muertos el fervor con el que la ciudadanía se echó a la calle tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco o unas exequias como las del concejal del PP. Afortunadamente, esos años pasaron y ya –creo– no hay víctimas de ETA de primera y de segunda.
No honramos, sino que humillamos y vilipendiamos a los 62 militares que fallecieron en el accidente del Yak 42 en mayo de 2003. Aquellos militares regresaban, recordemos, de una misión en Afganistán, uno de los lugares más peligrosos del mundo, y se subieron en el avión al que les obligaron subir. Eran profesionales y los profesionales hacen eso: obedecen órdenes. El pago a esa profesionalidad y a esa obediencia fue reírse de sus familias, entregándoles unos restos elegidos al azar.
No solo obedecía órdenes, sino que asumió la responsabilidad de estar en primera línea, Francisco Javier Torronteras, el subinspector del GEO que murió asesinado el 3 de abril de 2004 en Leganés por los terroristas responsables de la matanza del 11-M. Torronteras fue honrado en un funeral más que digno y luego vilipendiado, no solo por los mal nacidos que profanaron su tumba –la policía tiene la certeza de que los responsables fueron familiares de alguno de los terroristas muertos en Leganés, pero nunca pudo acumular pruebas–, sino también por un sector de la prensa y hasta por algún político, que llegaron a decir que la explosión que mató al policía no fue provocada por los islamistas y que los cadáveres fueron trasladados allí tras la deflagración. Así que el geo no era más que una baja colateral para que la conspiración funcionase.
Leía ayer a mi compañera Cruz Morcillo dar cuenta en ABC del vergonzoso traslado del policía Antonio Cejudo, muerto en Yemen a consecuencia de un disparo realizado por él mismo, según todos los indicios, aunque a España aún no ha llegado ni siquiera el informe de autopsia, como cuenta el hermano del agente en su blog. Cejudo pertenecía a la Unidad de Intervención Policial (UIP) y estaba destinado en la embajada española en Yemen. Es decir, estaba allí –perdón por la expresión, pero no he encontrado otra más acertada– para salvar el culo del embajador, el agregado, el secretario y todo el personal de la delegación diplomática. Yemen es un lugar complicado, peligroso, en el que Al Qaeda se hace cada día más fuerte, así que imagino que Antonio Cejudo y sus compañeros debían de trabajar en condiciones bastante complicadas.
Viendo la foto que acompaña este post –y que ha sacado del blog de Javier Cejudo– no me explico cómo ninguno de esos a los que el policía salvaba el culo a diario en Yemen ha sido capaz de plantarse y decir: “Vamos a devolver a España a Antonio en un ataúd digno. No permitamos que su madre vea esto al bajar del avión”. En Yemen, país musulmán, no hay ataúdes. Pero en los seis días que han tardado en repatriar el cadáver había tiempo más que suficiente para comprar uno. No sé si el máximo responsable de esta tropelía es el ministro del Interior o el de Asuntos Exteriores, pero de lo que estoy seguro es que si el embajador –ese al que Antonio Cejudo salvaba el culo a diario– o cualquiera de sus muy bien pagados empleados hubiesen puesto la mitad de la profesionalidad y el cariño con los que el agente hacía su trabajo a diario, el cuerpo del policía no habría llegado a España como un paquete postal. No hay justificación posible. A los muertos que nos han servido hay que honrarlos.

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Publicado por

manuelmarlasca

Reportero, jefe de Investigación de La Sexta. Copresentador de Más Vale Tarde (La Sexta), Territorio Negro (Onda Cero) y colaborador de Espejo Público (Antena 3). Lector y corredor.

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