No es Robin Hood, es un atracador

He recibido media docena de cartas de Francisco del Moral Espinosa en la redacción de Interviú. En todas me decía que era el preso que llevaba más años en España, que quería que una televisión contase su historia… Quería, interpretaba yo, su minuto de gloria. Nunca le hice mucho caso, porque no me parecía un tipo con interés periodístico. Al fin y al cabo, no era más que un viejo atracador, de esos que van desapareciendo por razones de edad. Pero hubo una época en la que sí que tuvo sus momentos de fama. Varios periódicos se hicieron eco de su historia porque, según decía, era un atracador que no usaba la violencia y que, además, mandaba el producto de sus robos a sus compañeros de prisión, lo que le valió el apodo de Robin Hood. Los policías de la Sección de Atracos de la Brigada de Madrid sonreían cuando alguien les hablaba en esos términos de Francisco del Moral. Ellos le conocían bien y sabían que no era más que un atracador, sin mucho ánimo altruista.
Ahora, con sesenta años cumplidos, ha vuelto a prisión. Los agentes del Grupo XII de la Brigada le han detenido acusándole de tres atracos a bancos. Pero, además, el supuesto Robin Hood hirió de un balazo a una persona que se resistió a un robo en su casa. En el domicilio había un matrimonio con su hijo y Francisco disparó al hombre. ¿Robin Hood? No, un atracador más.

Domingo. San Blas. Atraco. Una mujer muerta


Una imagen parecida a ésta (obtenida de la web de El País) ha merecido la portada de ABC. Es una joven china ante el cadáver de su madre, asesinada en un atraco a las dos de la tarde de ayer en el madrileño distrito de San Blas. Puedo imaginar las peripecias de esa familia hasta que hace quince días logró tener su local, el local en el que ayer asesinaron a esta mujer de 49 años e hirieron a su marido, de 62. Puedo imaginar el interminable viaje desde China, en manos de las mafias que comercian con personas. Lo largos que debieron ser los años que tardaron en saldar su deuda trabajando a destajo, en un taller textil o en un restaurante. Y, naturalmente, la alegría de toda la familia al poder tener su negocio propio. Un negocio en el que no hay horarios. En el que lo mismo te liberan un teléfono móvil, que te venden un refresco o que, incluso, puedes encontrar fideos chinos… Imagino las interminables jornadas. Sin sábados por la tarde. Sin domingos. Sin fiestas. Hace unos años, Ru Long Li, uno de los comerciantes chinos más prósperos de Madrid, me dijo: “Si un local no funciona, dáselo a un chino, el chino lo hará funcionar. ¿Sabes por qué? Porque nadie trabaja como los chinos. Y si trabajas, funciona”. Ayer, dos atracadores decidieron que cien euros –el dinero que había en la caja– era lo que costaba la vida de esta mujer china.
En estos días que tanto se habla de inmigración, que unos y otro cuentan medias verdades y alimentan la demagogia, vendría bien pararse a reflexionar en torno a este crimen. Protegamos a quienes trabajan y luchan cada día por tener una vida mejor. Sean españoles o extranjeros.