Milo, sereno en el peligro

miloLa operación antiterrorista de París dejó solo una baja entre las fuerzas de seguridad: una perra pastor belga llamada Diesel, especialista en la detección de explosivos, adscrita a la unidad táctica de la Policía Nacional francesa. Unos días antes, murió Milo, un perro de la Guardia Civil, dedicado a la misma especialidad que Diesel. Sirvan estas líneas, publicadas originalmente hace un año, como homenaje a esos dos perros y al resto de miembros caninos de las fuerzas de seguridad del Estado.

(publicado originalmente el 07.11.2014 en zoomnews)


Milo nació hace ocho años y medio en un criadero de Hungría, de los que habitualmente surtía de perros al Servicio Cinológico de la Guardia Civil, cuando el Instituto Armado aún compraba sus animales fuera de España. Milo, pastor alemán de trabajo, negro como el azabache, no llegaba a los dos años cuando conoció a su guía, Raúl. Llegado de los Grupos Rurales de Seguridad (GRS) y del puesto de Pinto (Madrid), guardia civil por convicción y pasión al cuerpo, Raúl descubrió que su vocación era ser guía canino y desde 2011 forma parte de la Unidad Cinológica Central (UCICE), tras haber prestado servicio en Algeciras (Cádiz). En esa unidad, guías y perros componen binomios de precisión, capaces de encontrar dinero, cadáveres, restos biológicos, cuerpos bajo el agua, drogas, supervivientes de una tragedia, personas que tratan de esconderse, armas y explosivos.

Lo de Raúl y Milo debió ser un flechazo, porque aún hoy sigue el romance: “Un guía veterano me dijo que el primer perro de un guía es como el primer amor… Y así es”. Por las manos de Raúl han pasado unos cuantos perros más –Mala, Jara, Kala Aarón…–, a los que ha adiestrado en la búsqueda de armas y explosivos, pero Milo se sigue llevando los parabienes del guía como ningún otro. Juntos, guía y can han hecho servicios en Málaga, en Jerez de la Frontera, en Algeciras, en Mallorca, en Madrid. Y Milo nunca falla: “Es capaz de encontrar cualquier explosivo o componente de un explosivo que haya olido antes”, dice Raúl con orgullo. Tan fino es el hocico del perro que algún tedax –desactivadores de explosivos– solo quiere ver a Milo cuando se barruntan problemas: “Es del único del que me fío”, le confesó a su guía uno de ellos.

Milo, como todos los perros que prestan servicio en Policía y Guardia Civil, no es una mascota, no es un animal de compañía, es un perro de trabajo y eso es lo primero que interioriza su guía: “No soy de los que humanizo a los perros –dice Raúl–, pero el vínculo que he creado con Milo es enorme. He pasado meses enteros fuera de casa, con él como única compañía. Cuando estaba mal, lo pagaba con él, le he hablado mucho, me he desahogado…” Y Milo, siempre sereno, siempre fiel y siempre paciente, porque se ha convertido en el principal aliado de su guía para enseñar a otros perros: “A los perros de trabajo hay que socializarlos y para eso es ideal. Se deja hacer de todo por los cachorros, nunca ha mordido a un perro, cuando alguno no le gusta, levanta las orejas y lo evita”.

Ver trabajar a Milo es un espectáculo. En lo más hondo de sus genes tiene grabada su condición de perro de trabajo y el adiestramiento de Raúl ha hecho el resto. A la orden del guía, sale de la perrera en tensión, sabe lo que tiene que hacer y lo hace de manera impecable. Por pequeño que sea el pedazo de pentrita, de cordón detonante o de dinamita que el guía haya escondido, Milo lo encuentra. Al detectarlo, lo marca simplemente sentándose. No puede ladrar para evitar la vibración que podría hacer estallar un artefacto, ni ir a buscarlo. Se sienta a la espera de la felicitación de su guía.

Raúl habla con pasión, no solo de Milo, sino de muchos otros K9, perros de trabajo de la Guardia Civil. Habla de los que se han incorporado más recientemente, capaces de hallar cadáveres bajo el agua, o de los que se han convertido en azote de chorizos de guante blanco por su capacidad para encontrar fajos de billetes por escondidos que estén, o de Elton, un fenómeno que detecta restos biológicos invisibles a la vista y a cualquier luz forense…

El año pasado, tras centenares de servicios protegiendo puertos, aeropuertos, grandes premios de motocicleta, actos de la Familia Real, etc., Raúl jubiló a Milo, al Negro, como le llama cariñosamente. Una lesión en la columna vertebral acabó con su carrera y le llevó a un tranquilo retiro. El perro ya no pertenece a la Guardia Civil, sino que es propiedad de su guía y vive con él en su casa. Lleva vida de jubilado, con sus tres paseos diarios, durmiendo bajo techo, comiendo buen pienso. Incluso pasa temporadas en un centro de hidroterapia para reforzar su musculatura y paliar sus problemas de espalda. Pero su ADN sigue siendo el de un perro de trabajo. “De vez en cuando le hago hacer algún ejercicio y sigue sin fallar. Hace poco, fue el único perro que detectó un explosivo que habíamos colocado en lo alto de una torreta eléctrica”, dice su guía, henchido de orgullo.

Ahora, mientras pasea por su barrio, disfrutando de su retiro, Milo se cruza con frecuencia con chavales que juegan con un balón. El pastor alemán mira a su guía buscando su complicidad, su aprobación para lanzarse a por la pelota… Y cuando Raúl le lleva a la escuela de la Guardia Civil, en El Pardo, donde hay quince perros dedicados a encontrar explosivos, Milo les mira con la suficiencia del veterano y con la seguridad que da saberse el favorito, el mejor.

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Publicado por

manuelmarlasca

Reportero, jefe de Investigación de La Sexta. Copresentador de Más Vale Tarde (La Sexta), Territorio Negro (Onda Cero) y colaborador de Espejo Público (Antena 3). Lector y corredor.

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