Reflexiones (no futbolísticas) tras la final

Ayer lloré. Mientras mis hijos saltaban, gritaban, se tiraban a la piscina vestidos… Yo no me podía mover del asiento y lloré, de manera callada, solo, pero muy emocionado. España ha ganado la Copa del Mundo y para todos los que hemos jugado o seguido el fútbol y arrastramos frustraciones desde el no gol de Cardeñosa en 1978, el gol de Iniesta significó mucho más que un gol, fue un giro a la historia.
Hoy he visto en la calle a cientos de miles de personas a las que durante unas horas les ha cambiado la vida para bien. He visto alegría, sonrisas, optimismo… Ya lo dije hace unos días: el fútbol tiene algo mágico, capaz de transformar nuestras vidas, sumidas en una de las épocas más sombrías de las últimas década, pero puestas patas arriba gracias a nuestra selección. No es un caso único. En 1978, Argentina olvidó que estaba gobernada por uno de los regímenes más infames y criminales de la segunda mitad del siglo XX para celebrar su primer título mundial y entronizar a Kempes, Tarantimo, Housseman y compañía.
Como decía antes de la final, mi país será mañana el mismo, pero sí que creo que se pueden sacar unas cuantas lecciones de los tipos que estos días nos han llevado a un estado de felicidad enorme y que han sido capaces de poblar España de banderas, sin complejos. A saber:
Unidad. Lo he leído hoy en alguna parte: por favor, que los políticos se abstengan de opinar sobre la selección española, porque seguro que ni en eso se ponen de acuerdo. Una de las muchas imágenes que ayer me llamó la atención fue el enorme y sentido abrazo que se dieron ayer nada más acabar el partido Iker Casillas y Carles Puyol. Son los capitanes del Real Madrid y del Barcelona, irreconciliables enemigos durante la liga, pero un bloque indestructible cuando defienden a la selección. Casillas fue cuestionado antes de comenzar el Mundial y fue su suplente Víctor Valdés el primero en defenderle y reivindicar su puesto en la portería de la selección. Cesc, capitán del Arsenal, ha aguantado sin decir una palabra más alta que otra su suplencia. Como Fernando Torres en los dos últimos y definitivos partidos. Y como Arbeloa, Albiol, Marchena, Mata, Javi Martínez, Llorente... Y todos los que no han jugado apenas minutos, pero eran los primeros en hacer grupo en pos de un fin común. Trasladar eso a la vida pública o, simplemente, a la idiosincracia de los españoles –pensad cada uno en vuestro trabajo– parece una labor titánica.
Humildad. Los jugadores de esta selección nos han conquistado, no sólo por su indudable calidad, sino porque, como dice mi amigo Carlos Martínez, son exactamente lo que parecen: buenos tipos. Tipos que se paran ante cada periodista que les quiere entrevistar, tipos que no se olvidan de los que ya no están, tipos liberados de la purpurina y el eterno glamour que rodea a otros divos del fútbol. Respetuosos con el rival, serenos en la derrota y generosos en la victoria, como demostró ayer Sergio Ramos, que acudió al vestuario de Holanda para consolar a sus ex compañeros Sneijder y Robben. Vicente del Bosque sea quizás el mejor ejemplo de esto: un hombre que lo primero que hace es apartarse de los focos al acabar cada partido para dar la mano a su colega rival, un tipo que lo que aporta en cada una de sus apariciones es sentido común y humildad. Un modelo que, evidentemente, a Florentino Pérez –amante de los oropoles y de las vacuidades–, le parecía ya en 2003 que estaba “anticuado”.
Trabajo. En la selección hay un enorme talento, pero hay una ingente cantidad de trabajo detrás de ese triunfo. Los 23 futbolistas que componen la selección española son grandísimos profesionales, dedicados en cuerpo y alma a su trabajo. Entrenan, comen, se cuidan y viven como lo que son, deportistas de élite. Lejos quedan ya los tiempos de los supuestos genios que tenían que salir por la noche para meter goles y frivolidades parecidas… Nuestros jugadores se sacrifican y se dedican al cien por cien a su profesión. Trabajan para ser los mejores. Transmitamos los valores del esfuerzo, el sacrificio y el trabajo a nuestros hijos. Que tengan claro que a ser campeón del mundo se llega trabajando.
Por último, me gustaría añadir algo. ¿Por qué a alguien le parece mal que Xavi y Puyol lleven una senyera y no le parece igual de mal que Villa lleve una bandera del Principado de Asturias? Me voy a contestar yo solo: porque hay mucho imbécil deseando abrir debates donde no los hay.
Enhorabuena a todos y a todas los que estos días se han sentido tan orgullosos como yo de todos los jugadores de la selección. Sin excepciones.

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Publicado por

manuelmarlasca

Reportero, jefe de Investigación de La Sexta. Copresentador de Más Vale Tarde (La Sexta), Territorio Negro (Onda Cero) y colaborador de Espejo Público (Antena 3). Lector y corredor.

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