La última oportunidad de Jon Venables

Leo en elmundo.es que Jon Venables, uno de los dos niños que en 1993, cuando sólo tenía diez años, asesinó en Liverpool al niño de dos años James Bugler, está encarcelado desde el pasado mes de febrero por posesión de pornografía infantil. La noticia me ha entristecido. Siempre he creído, y así lo he manifestado, que la Justicia británica tuvo una actuación ejemplar con Venables y su cómplice en el crimen, Robert Thompson. Los encerró, los trató y los educó hasta que cumplieron dieciocho años y cuando estaban a punto de regresar a la sociedad, impuso a los medios de comunicación unas restricciones que les facilitarían comenzar una nueva vida, con nuevos nombres y con todas las oportunidades a su alcance. Y todo ello con un coste económico altísimo y pasando por encima del dolor insuperable de la madre de la víctima.
La detención de Venables, que tuvo lugar en febrero, no es un fracaso del sistema. El libre albedrío es el que, finalmente, decide el destino de las personas. Venables era un hombre libre y decidió bajarse de internet 57 imágenes pornográficas infantiles en el transcurso de un año. Es, evidentemente, un delito mucho menos grave que por el que fue encerrado cuando tenía diez años, pero es un delito y él lo sabía.
A él se le dieron todas las oportunidades y no quiso aprovecharlas. En España, a muchos de nuestros menores delincuentes ni siquiera se les da la oportunidad de cambiar, ya no de nombre, sino ni siquiera de domicilio y se les expone bajo los focos públicos desde que recuperan la libertad.

Las imágenes del crimen de Seseña


Es ya una costumbre. Cuando hay un crimen protagonizado por adolescentes o por jóvenes, todos los periodistas buceamos en la red, convertida en un gigantesco banco de imágenes de gente anónima. Cuando esa gente deja de ser anónima, sus rostros aparecen en álbumes virtuales, perfiles de redes sociales… Y a los periodistas nos viene muy bien. El crimen de Marta del Castillo fue un buen ejemplo de lo que quiero decir. Marta estaba muerta, pero seguía viva en Tuenti y sus fotos y las de sus asesinos fueron difundidas gracias a la popular red social.
Con el crimen de Seseña ha pasado algo similar, pese a la que la Guardia Civil retiró rápidamente el perfil de la presunta asesina en muy pocas horas. Pero ponerle puertas al campo es casi imposible. Desde hace 48 horas, en un perfil de Facebook creado para homenajear a Cristina Martín, algunos de sus compañeros están colgando fotos de la presunta autora del crimen. Era inevitable y difícilmente nadie va a poder actuar judicialmente, más allá de cerrar una y otra vez las páginas que se creen y en las que aparezcan esas imágenes.
Es labor de los que nos dedicamos a la información preservar la imagen de la menor detenida. No sólo porque así lo dice la ley, sino porque no debemos ser responsables de cerrar la puerta a una posible rehabilitación de quien con 14 años ha sido capaz de cometer un crimen tan cruel. Recuerdo a las niñas de San Fernando (Cádiz). Dos adolescentes asesinaron en el año 2000 a una compañera de instituto. Esta misma semana me han llegado noticias de que se encuentran absolutamente rehabilitadas. Han pasado diez años, ellas están cerca de los 30 años y su reinserción ha sido posible. Ese éxito se debe en parte a que han estado protegidas, se han preservado sus identidades y nadie conoce sus rostros.
Una cosa es que los compañeros de Cristina cuelguen fotos de su asesina movidos por un comprensible deseo de venganza y otra es, como ya he visto hoy, que algún periódico las publique, por mucho que tapen su rostro. Es tan irresponsable y, sobre todo, tan absurdo, como ligar las aficiones góticas de la joven homicida con un supuesto perfil criminal. Vestirse de negro, leer novelas góticas, ver Crepúsculo o dibujar muñecas con cortes y heridas no convierte a nadie en asesino potencial. Es una simplificación casi infantil.