Mahoma doblega a South Park


Una de las series más brillantes e irreverentes de la televisión norteamericana, South Park, ha reemplazado con pitidos todas las menciones a Mahoma y ha cubierto de negro las imágenes en las que salía el profeta en su último capítulo. Quiero pensar que la burda autocensura de la cadena Comedy Central lleva implícita una protesta contra las amenazas vertidas por un grupo de fanáticos musulmanes tras la emisión de un capítulo anterior, en el que se podía ver al profeta Mahoma disfrzado de oso de peluche.
Un grupo denominado Revolution Muslim amenazó explícitamente a los creadores de la serie, que lleva trece años en antena: “Debemos advertir a Matt y Trey (creadores de South Park) que lo que hacen es estúpido y que probablemente terminen como Theo Van Gogh por difundir ese programa”. También facilitaron la dirección de las oficinas donde trabajan los autores de la serie, por si alguno de sus acólitos quería darles el mismo castigo recibido por el cineasta holandés, asesinado por un fanático marroquí.
South Park se ha burlado en estos trece años de mandatarios mundiales –sobre todo, de los norteamericanos–, de Jesús, de Lucifer, de los cienciólogos… Hasta Buda ha aparecido esnifando cocaína. Hasta que han topado con Mahoma y sus intolerantes seguidores.
Estoy harto de las equidistancias, de que las lupas siempre apunten hacia los mismos lugares, de que me hablen de respeto a los demás, cuando son los demás los que no respetan mi democracia, mi separación de poderes, mi laicismo, mi lucha por la igualdad entre hombre y mujer y mi libertad de expresión. Y estoy harto del cobarde silencio cómplice de todos aquellos que en mi país salen a la calle para defender a los sátrapas de América del Sur o para denunciar todos los crímenes cometidos por EEUU, Israel y el Reino Unido y esconden la cabeza cuando un dibujante danés tiene que huir de su ciudad y vivir protegido por las amenazas de unos nihilistas. O cuando un cineasta muere asesinado por un fanático. Claro que, según los equidistantes, Teo Van Gogh se lo había buscado.
Menos mal que siempre nos quedará el ingenio de un genio, Matt Groening, que homenajeó con la imagen que ilustra este post a sus compañeros de South Park.

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El peluche Mahoma y la joven violada condenada a prisión


Gillian Gibbons, una profesora británica de 54 años, ha sido condenada en Sudán a quince días de prisión por “ofender a las creencias religiosas e incitar al odio”. ¿Su delito? Llamar a un oso de peluche Mahoma, el nombre que eligieron para la mascota los alumnos de su clase, niños sudaneses de siete años. La presión diplomática británica ha debido ser fundamental para librar a la profesora de las penas que le podían haber impuesto los tribunales sudaneses: 40 latigazos y un año de prisión.
Hace unos días, conocimos que una chica saudí de 18 años fue condenada a seis meses de cárcel y 200 latigazos. Y eso después de haber sido violada por siete hombres. Se la condena porque, en el momento de la violación, la joven estaba hablando con un hombre del que no era familiar, algo que en Arabia Saudí, el poderoso aliado de Occidente en el Golfo, es delito.
Los dos casos apenas han ocupado espacio en los periódicos de esta semana, pero éste último sí dio pie a un magnífico artículo de Rosa Montero publicado el pasado martes por El País, del que me permito reproducir parte: “Me pregunto qué opinan del caso todos esos individuos que abogan por el relativismo cultural. Aquellos que dicen que no podemos juzgar las sociedades islámicas desde Occidente. Y que los nigerianos e iraníes que lapidan a las adúlteras, por ejemplo, tienen sus razones culturales para hacerlo, razones que no podemos entender y que debemos respetar. Aunque parezca mentira, hay personas cultivadas que sostienen tal cosa, y el argumento se utilizó en la crisis de las viñetas de Mahoma. Esta falacia finge ser respetuosa con el contrario, pero en realidad es paternalista y cobarde: desdeña la capacidad ética del otro y evita ayudar al oprimido. En todas las sociedades ha habido individuos que supieron denunciar los abusos del entorno.
Ni una palabra más. Sólo que espero que algún día, como leía hace poco a Ayman Hirsi Alí, la Ilustración llegue a las sociedades islámicas.