Morir en Kabul 



El subinspector Jorge García Tudela (sobre estas líneas)  y el policía Isidro Gabino San Martín (más arriba)  murieron en un ataque talibán contra la embajada española en Kabul (Afganistán). Cuando un militar, un guardia civil o un policía eligen un destino como la capital afgana son plenamente conscientes del riesgo que corren y deciden libremente correrlo. Así que el subinspector y el policía fallecidos y sus familias sabían a lo que estaban expuestos. Continúa leyendo Morir en Kabul 

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¿Brutalidad policial?


Una de la madrugada en Madrid. Un grupo de policías lleva varios días trabajando, sin apenas dormir, en el esclarecimiento de un secuestro. Un colombiano ha sido amarrado por unos compatriotas para saldar una deuda de cocaína. Los policías escuchan las conversaciones de los secuestradores en tiempo real gracias a Sitel –sí, sí, señores del PP, para eso sirve Sitel–. Uno de los que está con la víctima del secuestro llama a un colega: “Ven en la moto y trae el hierro”, escuchan. Ya no hay duda, va a llegar el encargado de ejecutar a la víctima y llevará el hierro, es decir, la pistola. Rodeando la casa hay un grupo de geos, dispuestos a irrumpir en la casa para salvarle la vida al secuestrado. Otros policías están atentos a que llegue la moto en la que viaja el sicario. Ven como un motorista se salta varios semáforos y va en dirección a la casa donde está el secuestrado. Le cruzan un coche, le tiran al suelo, le esposan con violencia porque creen que lleva un hierro, como han oído… Pero todo es un error. No es un sicario colombiano, es un cocinero que regresaba a casa de su trabajo, lo que comprueban cuando ven su DNI. El jefe de grupo, responsable del operativo, al darse cuenta del error, decide que se le traslade inmediatamente a un hospital, pese a que el herido no quiere… Allí se le atiende, se le cura y final de la primera parte de la historia.
La historia es real. Conozco a varios de los agentes que la protagonizaron y al jefe del operativo, uno de los tipos más profesionales y honrados que he visto en el Cuerpo Nacional de Policía. Los participantes en la detención cometieron un error, por supuesto, como los cometo yo a diario. El problema es que sus errores tienen consecuencias mucho más graves que los míos. Pero aquella detención no fue más que eso, un lamentable error por el que debían ser sancionados. No hubo brutalidad, ni ensañamiento, ni palizas… ¿Cómo habría que haber actuado? ¿Dando el alto y pidiendo, por favor, al motorista que les confirmase que era el sicario que iba a matar al secuestrado y que hiciese el favor de dejar el arma que llevaba en un lugar donde no hiciese daño a nadie?
La segunda parte de la historia se acerca a la pesadilla. El cocinero denunció a los policías. La Audiencia Provincial condenó a cada uno de los tres agentes a tres años de prisión por lesiones y detención ilegal, ya que el tribunal consideró que trasladar al herido al hospital fue eso, una detención ilegal. La sentencia fue recurrida y ahora, el Tribunal Supremo ha rectificado el fallo de la Audiencia de Madrid: no hubo detención ilegal y las lesiones han sido calificadas como falta, y no como delito. Cada uno de los agentes debe pagar una multa de 1.200 euros.
Habrá quien piense que es un castigo muy pequeño para un error como el que cometieron los policías. La víctima del error seguro que así lo cree y está en su derecho. Pero lo que era absolutamente desmesurado era castigar con penas de cárcel un error que de ninguna manera es un “caso de brutalidad policial”, como titula hoy El País. La sociedad y los tribunales deben proteger a todos los ciudadanos de los abusos policiales. Estoy convencido de ello, como también estoy convencido de que la sociedad y los tribunales deben proteger a los tipos que se juegan la vida en la calle todos los días para hacer cumplir la ley y para que todos seamos un poco más libres. Un recordatorio: se han cumplido ya siete años de la muerte de Salvador Lorente, un inspector del Grupo de Homicidios de la Brigada de Policía Judicial de Madrid. Murió porque pidió a un sospechoso colombiano que se identificase. El sospechoso le disparó y le mató. Si Salva hubiese ejercido “brutalidad policial” hoy estaría vivo.

Algunas reflexiones antes de las vacaciones

Voy a descansar del blog al menos hasta el 15 de agosto. En Interviú trabajo casi todo el mes, pero he decidido parar de escribir aquí porque necesito despejarme un poco y dedicarme a otras cosas cuando me conecte a Internet: las ligas fantásticas de fútbol americano, el blog del 25 aniversario de mi promoción del colegio, el montañismo, las carreras… Pero antes quiero dejar unas cuantas reflexiones que quiero compartir con vosotros:

LOS QUE SIEMPRE PONEN LOS MUERTOS. Durante este 2009, ETA ha matado a dos guardias civiles y a un policía. Son las únicas tres víctimas mortales de los terroristas este año. Policía y Guardia Civil siempre ponen los muertos. Ellos no llevan escoltas, ellos siempre son objetivo, ellos son la primera línea de defensa. Cuando ellos mueren nunca se habla de víctimas inocentes, pero ellos mueren para que todos nosotros disfrutemos de un poco más de libertad… Eso es lo que nunca debemos olvidar.


NUESTROS POLÍTICOS Y LA PRENSA. Llevo siendo periodista 23 años, desde que en el verano de 1986 llegué a la redacción de informativos de Antena 3 de Radio como becario. Antes, pasé varios veranos en la redacción del diario Pueblo, viendo cómo trabajan los compañeros de mi padre: Jesús Soria, Adrián Guerra, Pedro Pablo San Martín, Jaime Semprúm, Vasco Cardoso, Arturo Pérez-Reverte…. Tras pasar por Antena 3 llegué al diario Ya, donde en 1987 encontré a periodistas como Angel Gonzalo, María José Manteiga, Javier Saz, Pilar Martínez Ruipérez, Julián Redondo, Carlos Marcote… Aquel verano de 1987 llegamos al Ya Juan Carlos Serrano, Javier Espinosa, Techu Baragaño y yo, además de otros compañeros a los que no recuerdo. En 1990 llegué a El Sol. Aquella redacción era impresionante. Allí estaban Alberto Pozas, Gonzalo López Alba, Carlos Castro, Mar Hedo, José Manuel Romero, Ramón Lobo, Rafa Fernández, Berna G. Harbour, Julio Maldonado, Julio Ruiz, Arsenio Escolar, Juan Mora…
Así que con 22 años, yo había conocido a un plantel de profesionales de la información impresionante. Tipos con estrictos códigos laborales y personales, implacables en su oficio…
Hago toda esta introducción para preguntarme: ¿qué ha pasado?, ¿dónde se quebró este oficio? ¿cómo es posible que en nuestra profesión sucedan cosas como la que ocurrió esta semana en el Ministerio de Trabajo? Supongo que todos estaréis al tanto, pero os lo resumo: al acabar una rueda de prensa, un periodista de TVE le hizo una pregunta al ministro Celestino Corbacho, que a su jefe de prensa, un tal Manel Fran i Trenchs, le pareció incómoda para su patrón. Así que, el estalinista metido a jefe de comunicación de un ministerio, le dijo al profesional de la información: “Voy a quejarme. Y voy a informarme de quién eres y evitar que vengas a este ministerio en la medida de lo posible”.
Me encantaría saber qué habría ocurrido si el jefe de prensa de un secretario de Estado norteamericano o de un ministro británico hubise hecho algo parecido. No sólo habría durado en el cargo unos noventa segundos, sino que probablemente, su imprudencia y su prepotencia le habría costado el puesto a su superior. Pero, claro, ni en Estados Unidos ni en el Reino Unido se convocan ruedas de prensa en las que no se premiten preguntas; ni en esos países los periodistas se han convertido aún en correas de transmisión de los gabinetes de prensa de los ministerios…
En España, la prensa ha fracasado de manera estrepitosa. Los políticos la han domesticado y sólo la emplean a su antojo –yo mismo sufro eso en Interior–, según sus intereses. Y de lo que estoy seguro es de que ninguno de esos profesionales de los que hablaba al principio lo habrían permitido. O al menos prefiero pensar eso.

UNA SANA LECTURA. Lo he tenido que leer varias veces. Este artículo publicado hoy en El País se convierte, gracias al pensamiento único de lo políticamente correcto hoy imperante, en una verdadera pieza de museo. Imagino que casi nadie se hará eco de él, sino es para deprestigiar a su autor o para acusarle de ser agente del Mossad o de islamófobo recalcitrante. Eso, en el mejor de los casos. De ahí a genocida hay un corto camino. Pero, desde aquí, me encantaría recomendaros su lectura.

El ataque a Sara Casanovas, esta semana en Interviú


El ataque de un perturbado alemán llamado Ardnt Meyer a la actriz Sara Casanovas pudo acabar en una enorme tragedia. La actriz salvó la vida, ya que el enloquecido fan falló el disparo, pero los planes de Meyer eran aún más siniestros: pretendía secuestrar a su amada y ahorcarla con una soga para suicidarse él después. Tenéis todos los detalles en Interviú esta semana.

Un interesante comentario de ‘anónimo’, que reproduzco en su totalidad

Tengo por costumbre desde que abrí este blog –hace ya más de un año y medio– incluir todos los comentarios que me llegan a cada uno de los posts, salvo que contengan descalificaciones o insultos a terceras personas. Sin embargo, creo que el que recibí ayer merece que tenga una mayor entidad y he decidido incluirlo como una entrada más del blog.
Alguien, que se idéntifica como Anónimo, se ha sentido aludido o molesto por el último de mis posts y ha escrito un extenso comentario, que por su interés, reproduzco en su totalidad:

Aunque comparta alguna de tus afirmaciones acerca del declive del periodismo de sucesos, me veo en la obligación de recordarte los gravísimos errores que cometes, pues tú, al igual que esos individuos “pertrechados de palabrería”, eres humano, recuerda.
Yerras, Manuel, cuando denostas a periodistas que, como tu, tratan de hacer su trabajo con toda dignidad y esfuerzo. Profesionales que, como tú, tratan de llegar a su casa y sentir orgullo cuando comentan con su familia los esfuerzos del día pasado y desean que sus hijos les miren con el brillo de la admiración.
Te equivocas, Manuel cuando haces tabula rasa con todos los programas en los que se hace crónica de sucesos, entre otras cosas porque tú colaboras en uno de ellos, pero también seria bueno que recordases que todos los profesionales del periodismo pelean a diario por conseguir fuentes de las que fluyan esas noticias a las que tu pareces negarle valor. Posiblemente tú lo tienes más fácil, y dada tu dilatada trayectoria profesional atesoras suficientes contactos directos en los diferentes Cuerpos Policiales, pero no por ello debes despreciar el trabajo diario de quienes tienen que llamar a muchas puertas y penar en muchas ruedas de prensa infumables para lograr un número de teléfono que pueda ser útil algún día.
Marras, amigo Marlasca, cuando citas únicamente a algunos grandes periodistas de sucesos de este país (por cierto, te recuerdo que alguno de ellos también colabora en secciones de sucesos de algunos magazines televisivos). Como cuando alguien recibe un premio en nombre de un colectivo hay que huir de la enumeración por si la falta de memoria te lleva a la omisión. Así te has dejado en el tintero a Malena Guerra, (¿verdad?), a Mavi Doñate (¿me equivoco?), a Angel Moya (¿no?)…por citar sólo a esa televisión que tanto parece repelerte, aunque podríamos hablar de Luis Fernando Durán o de Francisco Javier Barroso, por ejemplo…¿o no?
Para terminar, Manuel, como resumen, te confundes al disparar contra compañeros. En primer lugar, como bien sabes, porque en esta profesión cambiante nunca sabes si mañana no serán tus subordinados o tus jefes, pero, además, como decía un viejo amigo, porque “ninguno somos tan buenos como pensamos ni tan malos como dicen nuestros enemigos.
Un abrazo

Tan sólo quiero dedicarle unas palabras al autor, que en primer lugar deben ser de agradecimiento por prestarme atención y dedicarme su tiempo. También quiero dejar bien claro que yo trato de ejercer mi profesión con la misma dignidad y esfuerzo que lo hace un empleado de Parques y Jardines, un obrero siderúrgico, una azafata de líneas aéreas o un perito industrial. Es decir, mi profesión no tiene nada de especial. Es, simplemente, una manera de ganarse la vida como otra cualquiera. Por eso, prefiero que mis hijos me miren con admiración en mi faceta de padre o, en todo caso, de corredor de fondo aficionado o de montañero.

Afortunadamente, las personas que me quieren cubren por completo mi cuota de vanidad, así que sé que soy humano y, desde luego, no pienso que soy bueno. Simplemente, hago mi trabajo. Y, por último, tengo una edad y un bagaje personal y profesional que me permiten escribir y decir lo que pienso sin miedo a los cambios de este oficio y a que unos u otros sean algún día mis jefes o mis subordinados. Pero, en cualquier caso, en el post que ha provocado este comentario yo sólo citaba a compañeros para hablar bien de ellos.

Una profunda tristeza


Contemplo atónito el tratamiento informativo que se está dando al asesinato de Marta del Castillo. Asisto con perplejidad, como si fuera una persona ajena a este mundo y a esta profesión, al espectáculo que dan las televisiones a diario. Mi capacidad de sorpresa aún no se ha agotado. Pero no por la repugnante exhibición de morbo o por el paseo mediático de esa niña llamada Rocío, novia del autor del crimen. Eso ha pasado siempre. Yo mismo trabajé hace muchos años en un programa vomitivo, en la época dorada de los realitys, aunque en mi descargo debo decir que no duré ni tres meses allí. Las televisiones, como muy bien dice hoy en su columna de El País Enric González, hace mucho que dejaron de hacer periodismo y se dedican al entretenimiento puro y duro, un campo en el que no hay reglas ni límites.
Pero la tristeza que me inunda estos días tiene otro motivo. Simplemente, he confirmado que el periodismo se ha terminado como tal. Que los reporteros de sucesos han muerto –quedan supervivientes tan brillantes como Mayka Navarro– y que, además, a nadie le interesa este óbito. Cuando ya ha pasado casi una semana desde la detención del asesino de Marta del Castillo, nadie se ha hecho con las declaraciones de ninguno de los detenidos, ni nadie ha publicado por qué confesó tras ser interrogado tres veces por la policía… Eso es lo que los reporteros de sucesos buscamos, eso es lo que siempre hemos perseguido, eso es lo que nos interesa. Al menos era lo que me interesaba a mí y a quienes me enseñaron este trabajo. Ellos también han muerto. Como yo.