Periodistas y vedettes, algunas diferencias

periodista El salvaje asesinato del reportero James Foley ha sobrecogido, no solo a la comunidad periodística, sino al mundo entero. Foley era uno de esos tipos que dignifican este maltrecho oficio, uno de esos héroes inexistentes de los que hablaba Ramón Lobo en un libro imprescindible. En España tenemos muchos y buenos ejemplos: Javier Espinosa, Mikel Ayestarán, David Jiménez, Mayte Carasco... Ellos y otros muchos son magníficos reporteros y tienen algo en común: se sitúan siempre fuera del foco de la noticia, nunca son los protagonistas de sus historias. Hace más de veinte años, en pleno cerco de Sarajevo, tuve la oportunidad de compartir varias semanas de trabajo con Javier Espinosa. Visitamos una residencia de ancianos en las afueras de la capital bosnia. El lugar era pasto diario de los francotiradores, que habían asesinado a un buen número de residentes. Ellos y los trabajadores nos recibieron con cariño y nos contaron sus terribles historias. Cuando estábamos saliendo de allí, Javier me hizo una reflexión que jamás he olvidado: “A ti y a mí nos pagan por venir aquí. Pero nos iremos, volveremos a nuestras confortables vidas y ellos seguirán aquí no sé cuánto tiempo más, atrapados en una guerra que a nosotros, en Madrid, nos queda muy lejos. Por eso ellos deben ser los protagonistas, nunca nosotros ni ningún otro periodista”.

Aquella reflexión de Javier cobra aún más valor porque desde entonces, él ha pasado por dos secuestros y sigue fiel a esas palabras. Nunca se ha puesto en el centro de las noticias que ha escrito. Aquellas guerras de la antigua Yugoslavia y la primera guerra de Irak fueron los escenarios en los que detecté los primeros síntoma de un vedettismo en mi oficio que hoy reina en muchos medios: lo importante no era contar lo que le pasaba a los habitantes de Sarajevo, Vukovar o Bagdad, sino que los reporteros gastaban páginas o minutos de televisión y radio en narrar lo complicado que le fue llegar hasta tal o cual lugar o cómo se las habían ingeniado para permanecer en una ciudad. Como decía Javier Espinosa, te pagan por ir o estar allí, así que no has hecho más que tu trabajo.

Tengo el privilegio de conocer de primera mano a otra generaciones de periodistas. Mi padre fue reportero y yo me crié en la redacción del diario Pueblo, donde ejercían de reporteros tipos como Arturo Pérez Reverte. Además, comparto todos los viernes plató en La Sexta con otro periodista enorme, Miguel Ángel Aguilar. Me gusta escuchar las historias de esos viejos reporteros. Sirven para conocer mejor este oficio y, sobre todo, para poner en su sitio a las vedettes. Aguilar nos contó una tarde como pudo llegar a escuchar las detonaciones junto al cuartel de Hoyo de Manzanares que acabaron con las vidas de los últimos fusilados del franquismo después de una odisea que incluyó persecuciones casi suicidas por la carretera; recuerdo cómo mi padre me contaba sus crónicas del terrible terremoto que destruyó Managua en 1972 y cómo logró llegar hasta allí; Aguilar cuenta de vez en cuando los problemas que le trajeron sus crónicas de la intentona golpista del 23F; hace ya muchos años escuchaba a Pérez Reverte hablar sobre la guerra del Chad o la marcha verde y las penurias que pasaban los reporteros para poder trabajar… Pero ninguno de ellos transmitía estas dificultades a sus lectores en sus crónicas, contaban lo qué ocurría, no lo qué les ocurría a ellos. A ellos les pagaban por llegar, ver y contar. Sin más.

No cabe ninguna duda de que el declive y el desprestigio de mi profesión, el periodismo, tienen muchas razones: la crisis económica ha precarizado nuestro trabajo y ha puesto el kilo de periodista a precio de saldo. Pero también hay que mirar hacia dentro. Hoy, los periodistas vedettes son una invasión: cubrir una manifestación para algunos es poco más o menos como acudir al peor de los escenarios bélicos. Palos siempre hubo en las manifestaciones. Los más viejos nos llevamos ya alguno en las que hicieron célebre al cojo Manteca. Y los aún más viejos recordarán los que se repartían en las manifestaciones de los primeros años de la democracia. En los primeros años 90 visité Euskadi con frecuencia, cuando las protestas se constaban por número ce autobuses quemados y los palos llovían desde los dos lados. Era la época en la que acudir como reportero a ciertos lugares de Guipúzcoa o Vizcaya y andar preguntando era como sacudir un avispero. Pero muchos profesionales lo hacían y lo contaban.

Nunca fue fácil ejercer este oficio. Casi nadie se hace millonario con él, ahora incluso hay que madrugar para ejercerlo, pero sigue siendo la profesión más fascinante del mundo, siempre y cuando nos dediquemos a su esencia: a ir a los sitios, ver, escuchar y contar lo que pasa. Nunca lo que nos pasa. Lo otro es puro vedettismo, algo muy alejado del periodismo.

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Publicado por

manuelmarlasca

Reportero, jefe de Investigación de La Sexta. Copresentador de Más Vale Tarde (La Sexta), Territorio Negro (Onda Cero) y colaborador de Espejo Público (Antena 3). Lector y corredor.

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