La fina piel de los musulmanes


Los propietarios de la discoteca La Meca anunciaron ayer que realizarán reformas en su local de Águilas (Murcia) y que cambiarán el nombre del establecimiento, que pasará a denominarse La Isla. No tengo dudas de que es lo más sensato que pueden hacer los dueños de la discoteca, después de observar atónitos, imagino, cómo la ira de los musulmanes se extendía por el mundo digital y el real y las amenazas de los islamistas se multiplicaban.
Incluso un responsable de la comunidad musulmana de Murcia ha revisado los cambios arquitectónicos –que costarán 100.000 euros– para asegurar que, tras la reforma, ningún miembro de la umma se sentirá ofendido. Los clientes podrán volver tranquilamente a divertirse sin temor a que ningún iluminado deseoso de encontrarse con las vírgenes que le esperan en el paraíso se inmole y se lleve por delante el blasfemo local y, de paso, a algún infiel…
Siempre me ha llamado la atención lo fina que es la piel de los musulmanes, lo sensibles que son a caricaturas, artículos periodísticos, libros –no sé si el bueno de Rushdie puede circular ya tranquilamente sin miedo a que le liquiden gracias a la fatwa de Jomeini–, perros –me contaba un oficial español que pasó tiempo en Afganistán y en Irak que allí no podían llevar a sus imprescindibles unidades caninas para no ofender a la población, que lo considera una especie de animal del diablo–, películas –en mi mente aún está el recuerdo del crimen de Theo Van Gogh y las amenazas a Ayman Hirsi Ali…– y ahora, también a discotecas. De la misma forma me llama la atención lo comprensiva que es gran parte de la sociedad con esta fina piel, que para mí no es más que pura intolerancia. Enseguida se recurre a palabras como sensibilidad, conciliación, colectivos… Siempre hay que comprender al de enfrente, sobre todo cuando a lo primero que recurre es a la amenaza explícita. Y raros son los que se posicionan a favor de los amenazados. Recuerdo el vergonzoso silencio de los dibujantes españoles –bastante proclives a la movilización– cuando sus colegas daneses estuvieron en el punto de mira de los radicales islámicos.
Y me llama la atención que esa misma tolerancia, esa misma sensibilidad no la haya cuando otros colectivos se sienten heridos. Lo digo desde mi profundo agnosticismo y laicidad. Pero no entiendo por qué hay que comprender al sensible musulmán y no al católico que se siente ofendido cuando se estrena una obra que se llama Me cago en Dios o cuando un artista hace una escultura que representa una rana crucificada –ocurrió hace un par de años en Italia– o cuando, como este mismo año en Granada, se exponen una serie de estampas en las que la Virgen María es prostituta, conoce en una carretera de Jaén a un camello –San José– y de la unión de ambos nace un Jesús gay, naturalmente. Cuando alguien muestra su enfado por alguna de estas manifestaciones, la sociedad no es tan comprensiva y el ofendido es tildado siempre de reaccionario –cuando no de ultra– y de cercenar la libertad artística. Si el colectivo ofendido es el judío, entonces es cuando aparece el coro de abajofirmantes con el pañuelo palestino puesto para pedir –aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid– la vuelta a las fronteras de 1967 y, si se tercia, la desaparición del estado de Israel…
Me encantaría saber qué pasaría si a alguien se le ocurriese estrenar una obra de teatro en la que Mahoma fuese un camello de hachís que decide irse de putas a un club de carretera llamado La Meca. Allí, en mitad del globo que se agarra, le parece ver a Alá en una tableta de costo y decide fundar sobre esa piedra el lugar sagrado del Islam. Qué transgresor, ¿verdad?

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Publicado por

manuelmarlasca

Reportero, jefe de Investigación de La Sexta. Copresentador de Más Vale Tarde (La Sexta), Territorio Negro (Onda Cero) y colaborador de Espejo Público (Antena 3). Lector y corredor.

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