Al Qaeda sigue desmintiendo a sus jaleadores occidentales


Los atentados del 11 de septiembre de 2001 sirvieron, entre otras muchas cosas, para echar por tierra los argumentos de todos aquellos que decían no justificar, pero sí entender las razones de los terroristas islamistas. El mantra repetido hasta la saciedad era el siguiente: “La situación de pobreza y desamparo a la que Occidente –especialmente Estados Unidos e Israel– ha conducido a esa gente no les ha dejado otra salida que el terrorismo”. Eso, en el mejor de los casos. Otros, directamente, decían que las familias que disfrutaban de una pizza en cualquier restaurante de Jerusalén y morían despedazadas por la bomba que llevaba adosada a su cuerpo algún mal nacido motivado por las vírgenes que le esperaban en su paraíso, merecían esa muerte por el trato que Israel da a los palestinos. Estos mismos son los que, tras los atentados del 11-S, decían aquello de que Estados Unidos había probado su propia medicina y muchos de ellos son también los que opinaban que la única razón por la que un grupo de seguidores de Al Qaeda provocó una matanza de inocentes en Madrid fue nuestra presencia en la guerra de Irak.
Atentado tras atentado, Al Qaeda ha ido quitando razones a todos estos amantes de la relatividad y la equidistancia. Los crímenes del 11-S fueron obra de egipcios, saudíes y yemeníes con estudios y de un nivel socioeconómico alto y ninguno de ellos había pasado por un campo de refugiados ni nada parecido. Todos, en especial, Mohamed Atta, tenían en la cabeza un batiburrillo de ideología islamista radical, que iba de Sayid Qutb a Al Zawahiri, mezclado con una frustración personal y sexual que describe perfectamente Martin Amis en El segundo avión.
Los autores del 11-M eran marroquíes, sirios, tunecinos y argelinos perfectamente integrados en nuestro país o delincuentes de poca monta. Alguno habían llegado a España con una beca, otros tenían sus propias empresas… Ni rastro de marginalidad, de experiencias traumáticas, de hambre o de malos tratos por parte de los occidentales.
Ahora, un nigeriano llamado Umar Faruk ha querido volar un avión. Al Qaeda ha reivindicado hoy mismo la acción. Resulta que Umar tampoco ha salido de un campo de refugiados, ni siquiera ha vivido en Suiza y decidió su acción al sentir la opresión de los suizos tras el referéndum que ha desterrado de aquel país los minaretes de las mezquitas. Resulta que es el hijo de un adinerado nigeriano. Otra vez, Al Qaeda empeñada en desmentir a sus jaleadores, que jamás van a terminar de entender sus razones: simplemente, quieren destruir nuestro sistema de vida porque no les gusta. Porque odian ver conducir y estudiar a las mujeres, porque aborrecen que todos podamos votar, porque no entienden que nuestras leyes no emanen de ninguna piedra ni de ningún libro sagrado, sino del pueblo, porque abominan aquello de que “todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Unas palabras que alguien escribió en 1776 y que hoy siguen vigentes no sólo donde fueron escritas sino en eso que muchos llaman el mundo libre, del que, afortunadamente, yo formo parte.

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26-N en Bombay


Bombay, la capital financiera de India, ha sido el escenario elegido por Al Qaeda para dar una nueva muestra de fuerza y para horrorizar al mundo. A esta hora, según escucho en la radio, un buen número de terroristas siguen en varios hoteles de la ciudad, donde han tomado rehenes. La elección de los objetivos, como siempre, no es gratuita. Los terroristas han elegido lugares poblados por turistas occidentales, que representan la esencia de lo que ellos odian: la pútrida civilización con sus valores como la democracia, la igualdad entre sexos, la libertad.
La cadena de atentados, que a esta hora ha costado ya un centenar de vidas, llega después de dos graves amenazas. Una, la recogida por el FBI, que avisaba del alto riesgo de un atentado en suelo norteamericano. Y otra, procedente de Bélgica, en la que se amenazaba a ese país si continuaba con su presencia en Afganistán. Sin embargo, Al Qaeda ha decidido golpear en el corazón turístico y financiero de un fiel aliado de Estados Unidos, India, y de un país fronterizo con la nación que alberga el mayor número de nidos de serpientes islamistas fundamentalistas, Pakistán. La nueva estrategia exterior norteamerica de Barack Obama parece que apunta directamente hacia allí. Y no parece que vaya a errar el tiro.

La agenda de Al Qaeda, esta semana en Interviú


Irak ha sido para las nuevas generacilones de yihadistas lo que para las anteriores fue Afganistán o Bosnia. Allí, en la antigua Mesopotomaia y gracias a la incapaz administración política y militar de la invasión aliada, ha brotado como en ningún otro lugar la semilla de Al Qaeda. Centenares de mujahidines han llegado de muchos países para acabar sus días en Irak, inmolándose bajo el manto de Al Qaeda. El ejército aliado encontró a finales del año pasado en Sinjar un agenda en la que se anotaban minuciosamente todos los datos de los voluntarios que llegaban dispuestos a morir por la guerra santa.
Interviú publica esta semana parte de esas fichas. Son curiosas. En ellas se anota el lugar de procedencia del candidato a morir, los efectos que entrega (teléfonos, mp3, dinero…) y el número de su familia, supongo que para avisarla cuando cumpla su misión. Entre todas las fichas de Sinjar hay una perteneciente a un marroquí de Casablanca que dice haber llegado desde España. Se llama Badr Shuri y en los archivos policiales no hay ni rastro de él. Policía y Guardia Civil le buscan. Por si ha vuelto de Irak con los galones de veterano, lo que le convertiría en un tipo muy peligroso.